Album del Recuerdo

 

                                                                                            

     INDICE

 ¡HASTA LUEGO, AMIGOS!   A EL ROSARIO A JUGAR    AQUÉL MAZATLÁN PASADO 

AQUELLOS  TRENES URBANOS  AVES DE PASO. NADA MAS      CASOS Y COSAS QUE NO TIENEN CASO       

CUANDO LOS BOMBEROS      CUANDO EL GENERAL FLORES      DANDO UNA VUELTA POR EL PASADO     

DATOS DEL MAZATLAN DE ANTAÑO   DAVID SALAS Y SU  GUITARRA    EL CUERNO DE LA ABUNDANCIA   

DESTACADOS CICLISTAS DE ANTAÑO        EL BARCO DONDE ESPANTABAN      EL CANALES FUE EL REMEDIO  

EL CÉLEBRE POLIDOR   EL CHINO JUAN    EL EXPRESS WELLS FARGO Y SU PERSONAL                

EL MAREMOTO  EL MOCHO  DAMAS   EL PRECIO DE LA VEJEZ ES SEPULTAR A LOS AMIGOS     

GANÉ A MI HERMANO,        HASTA LUEGO, AMIGOS!  II   LA PELÍCULA “EL MURCIELAGO DEL MAR”    

LOS PRECIOS DE ANTAÑO CAUSAN RISA     MAZATLÁN DE MIS AMORES          Mazatlán de mis Recuerdos    

MAZATLÁN EN TU AYER, EN TU HOY, EN TU SIEMPRE!         MAZATLÁN SE NOS VA   

MAZATLÁN, VIVIÓ GRANDES NOCHES EN OTRA ÉPOCA…!

ME IBAN A FUSILAR   ODISEA DE DOS MUCHACHOS EN 1929

ODISEA POLÍTICA DE DON JOSÉ VASCONCELOS   YO BAILÉ CON UNA REINA

Y SIGO CON LOS PRECIOS BAJOS DE ANTAÑO                                          

SE FUERON ALGUNOS MÁS, Y ELLOS YA NO VOLVERÁN

Hablemos de basquetbol

 

 
 

 

 

 
 
 
 
 
 

 

 

 

 

 
 

 

 

 

 

 

 
 

 

 

 

Ya no estarán con nosotros; ellos se fueron para siempre.
 
 
Algunas personas me han dicho que cuando escribo sobre quienes se fueron para siempre, derraman algunas lágrimas.
Creo que debe se así, porque cuando estoy pergeñando estos artículos en los que me refiero a los amigos y familiares míos que ya no están con nosotros, yo también siento un nudo en la garganta.
Eso es natural, porque al referirme a las personas que han fallecido, lo hago no con la mente, sino con el corazón en la mano y a tal grado llega mi compenetración en esos casos, que hago míos los sufrimientos morales por los que atraviesan acaban de perder a un ser querido.
Yo no puedo –nunca he podido- enterarme de que algún amigo haya fallecido y no haya experimentado enorme pena. No importa que quién falleció haya sido solo un conocido mío, para lamentar su definitiva partida hacia el más allá. Y si se trata de amigos de mis tiempos, de aquellos que conocí e hice una verdadera amistad en mi lejana juventud, con más razón, porque como ha de comprenderse, al saber que murió alguien de sus juveniles épocas, se pone uno a considerar que se está quedando solo.
En cuanto a enterarse de quien abandonó este mundo es uno de los familiares de uno, entonces es peor la congoja.
Yo conozco gente desaprensiva que ve con indiferencia el fallecimiento de alguien y poco les importa el dolor de los familiares de quien emprendió el viaje sin retorno.
Compadezco a esas personas que no dan importancia al deceso de un amigo. Ellos, a quienes poco les importa que haya fallecido uno de sus amigos, no tienen el corazón bien puesto. Es cierto que para morir nacimos, pero también es cierto que debemos tener sentimientos humanitarios y lamentar la definitiva partida de alguien con quien cultivamos amistad y debemos, también, estar con los familiares que estén soportando el infausto acontecimiento, máxime si quien haya fallecido lo hizo en trágicas circunstancias.
Pero en fin, como no todos somos comprensivos y tenemos los mismos sentimientos para con los semejantes, habremos de aceptar que existan seres a quienes les importa el dolor ajeno.
Entonces siguiendo la costumbre de darles una última despedida a quienes se fueron de este mundo antes que nosotros, aquí hago unas semblanzas de algunos de ellos y citaré también a otros quienes emprendieron el viaje definitivo.
RAFAEL CHÁVEZ MARTÍNEZ la mañana del lunes 9 de julio del año pasado me impactó un grave suceso, pues murió trágicamente en la ciudad uno de los mejores amigos que he tenido en la vida, ya lo he escrito antes, uno debería estar preparado para recibir esta clase de noticias desagradables, pero cuando se trata de casos como el que le sucedió a Rafal Chávez Martínez, no es fácil guardar la serenidad.
Rafael Chávez vino al mundo en una habitación de una de la esquinas de las calles Libertad y Carnaval, allí en el barrio donde estuvo la tienda “Los Laureles” y desde muy chico gustó de los deportes, jugando preferentemente básquetbol en la cancha “Lírico” y ya hecho un joven, entró a formar parte de aquel Club Rayos que tuvo su asiento en la plazuela Machado, estando ese Club integrado por Rafael Reyes Nájera, Ricardo Ramírez, Germán García, Juan Pedro Rousse, Raúl Ledón, Hugo D. Hernández, Enrique Vázquez, Héctor “Baturoni” Ocampo, Guillermo Pérez, Alejandro Saíto, José A. Obregón, Pastor Cruz, Juan Zamora y tantos más. Rafael Chávez desde muy joven entró a prestar sus servicios a la empresa que primero fue Sud Pacífico de México y ahora es conocido como Ferrocarril del Pacífico y en donde tuvo compañeros de labores, entre otros, a los hermanos Marín, Quiquí Vázquez, Roberto Rojo, Gustavo “El Conejo” Castelo, Rodolfo “El Gori” Trujillo y tantos más. Al quedar jubilado del ferrocarril, Rafael ocupó algunos empleos en diferentes partes y últimamente por varios años, estuvo desempeñando el puesto de sub jefe del Departamento de Aseo y Limpia Municipal, trabajo al que se dirigía muy temprano ese fatal lunes 9 de julio de 1984, cuando al llegar casi a la esquina de las calles Aquiles Serdán y Constitución, un automóvil se subió a la banqueta y atropelló a mi estimado amigo, causándole una espantosa muerte.
La noticia de su trágico fin se conoció rápidamente en el puerto, los que fuimos sus amigos, que fueron cientos, tal vez miles, sufrimos un fuerte impacto. Entonces, los funerales de Rafael Chávez no causaron sorpresa cuando vimos que ellos constituyeron una demostración de gran duelo y sincero afecto. Acompañamos el cortejo fúnebre rumbo al cementerio, permaneciendo allá hasta que fue cerrada la cripta que guardará para siempre los restos de quien fue gran amigo, ejemplar padre de familia, esposo y buen compañero de trabajo. Quedaron para llorar la eterna ausencia de Rafael Chávez, su señora Teresa Ruiz y sus hijos Leticia, Carlos, Conchita, Rafael y demás familiares a quienes me uno en la gran pena que seguramente todavía deben sentir hasta hoy.
GUILLERMO SALAZAR LÓPEZ en carne propia sentí la pena que es de imaginarse cuando un tipo asaltó y mató de dos balazos a mi sobrino Guillermo Salazar López, allá a principios del mes de octubre. No es porque que haya sido mi familiar, sino que todos los que conocieron y trataron a Guillermo pueden avalar esto que voy a escribir sobre el infortunado fallecido, quien no se escapó del pandillerismo ni estando en una de las aulas de la escuela COBAES 38, situada allá al entrar al parque industrial Bonfil, rumbo a lo que antes fue la estación del ferrocarril del Pacífico.
Memo, como cariñosamente fue tratado en el ambiente deportivo y en otras esferas donde él se desenvolvió en el puerto, fue amable, alegre, trabajador y digno padre de familia, amén de brindarle a todos, una amistad sincera y derecha. Trabajó por muchos años en la ferretería Medrano, S.A. desempeñando sus labores con atingencia y honradez, para ganarse la confianza de sus patrones a través de tanto tiempo que estuvo empleado con la familia Medrano, pasando después a trabajar con la familia Rice en su negocio establecido por la calzada Gabriel Leyva, allí frente donde está la Escuela Nautica.
GENERAL GABRIEL LEYVA VELÁZQUEZ yo creo que se debe guardar algún agradecimiento para aquella persona que en una forma u otra, haya intervenido para que uno logre algún objetivo que busca; el general Gabriel Leyva Velásquez, quien hace poco falleció en la ciudad de México, fue un personaje que me tendió la mano cuando fue Gobernador Constitucional de Sinaloa, allá por el año de 1959, cuando quien esto escribe andaba atribulado por la falta de fondos económicos para equipar y comprar los pasajes para llevar a Los Angeles, California, al equipo infantil de beisbol Venaditos de Mazatlán, conjunto que durante ese verano nació de aquella Liga Infantil que fue la primera que se organizó en el puerto y cuyos directivos lo fueron los señores Manuel Sánchez Loya, ingeniero Ricardo Montalvo y mi compadre Roberto Mondragón, a quienes por cierto no se les ha hecho un reconocimiento como pioneros de esa clase de justas beisboleras.
Otras personas que se fueron: yo bien quisiera escribir extensamente sobre quienes murieron últimamente, pero el espacio es limitado y me veo impedido a hacerlo. Sin embargo, enseguida consignaré los nombres de quienes se nos adelantaron en el viaje sin retorno, dejando una estela de pesar entre quienes quedamos aquí. Ellos fueron: Profesor Filiberto Patiño Escamilla, Jorge M. Chávez, licenciado Carlos osuna Góngora, don Ernesto A. Felton, Gilberto Vázquez, doctor Olavo Corona, Pedro Solares, tres personas de mi barrio: María García y Dolores Delgado vda. de Cota, así como también David Olmeda, José Guadalupe Ureña, Miguel Rousse Cordero, joven de 34 años, hijo del matrimonio formado por Juan Pedro Rousse y Concepción Cordero, dejó hondo pesar entre sus amistades y familiares; Miguel Copado Rubí, Rafael Navarro callado elemento que participó con sus crónicas de toros, veraces y con conocimiento de causa, en los diarios Noroeste y Sol del Pacífico; Ernesto Javier Castelló Castro, allá en el puerto de Veracruz a la edad de 15 años. José Ascensión (Chon Chalecos) Nafarrate, sra. Guadalupe Quintero vda. de Bect, Catarino Villegas Osuna, Javier (javiereiro) Alvarez, sra. Guadalupe Coronado vda. de Urrea, Rafael de los Palos (en Ensenada), sra. Sofía Hernández de Morales (en Tijuana), Humberto Valdez Corbalá (en Navojoa), Juan Machado Covarrubias, Roberto (Cachico) González, Fortunato (Negro) Álvarez, sra. Martha Alcaráz de Yuriar, sra. Rosa Carrillo vda. de Mora, Enrique Sierra Rochín, señorita Adela Beatriz Arroyo Montero (lita), sra. Agustina Pérez de Delgadillo, Luis Gustavo Nelly, señorita Alicia Guerra Ceceña, Jesús Lizárraga Arámburo, Capitán de Altura Estanislao León, José Ontiveros (en Empalme), Capitán Manuel Milán Ontiveros, sra. María Hernández vda de Lerma, Martín Zatarain Guevara, don Alejandro A. González y su esposa Emilia, sra. Petra Villanueva de Gavica, niño Carlos Alonso Gallardo Guerra, Genaro Astorga, Enrique Gama Aguilar, profesor Antonio Martínez Ataide, José Morales Martínez (STIC), Jesús Chávez Gutiérrez (en Mexicali), sra. Virginia García de Salazar (esposa de mi hermano, señor general Manuel A. Salazar), doctor Miguel Audelo Gastélum, Roberto Orbe Vázquez, sra. Marina Salcido de Echegaray, Cornelio Leal Rivera, (murió el 16 de enero de este año en Nogales, Sonora), Roberto Navarro Díaz de León, sra. María Hercilia Osuna de Bernal, Carlos Urriolagoitia (en México, D.F.), Heliodoro (kilitos) Peraza, sra. Dolores Ibáñez de Espinoza, sra. María Trinidad Reyes Castro de Rincón (en Monterrey), sra. Carmina de Rueda de Casas, sra. Yolanda de Rueda de Mier, sra. Julia Álvarez de González, Macario Ramos Robles y para terminar esta larga lista, citaré con mi último adiós a mis entrañables amigos sra. Paula Rubio de Barraza, sra. Elisa Miranda vda. de González Lazcano, don Ernesto Zenteno Carreón, Amílcar Tirado Páez, Rodolfo Arturo Tirado Ochoa y doctor Bernardo González Sarmiento, de última hora falleció don Juan E. Gavica, socio fundador y primer presidente del Club Deportivo Muralla, además destacado hombre de empresa en Mazatlán, a quien traté desde 1920 hasta su fallecimiento.
¡Qué Dios tenga a todos en la Gloria!
 
Carlos “Chale” Salazar Cordero
Álbum del Recuerdo 1985

 

 

 

 

Domingo 19 de junio de 1927
 
 
El equipo de béisbol “Piratas” se alistaba a salir ese día muy temprano rumbo al (en esa época) no muy cercano –debido a lo dificultoso del camino, sin pavimentar entonces– mineral de El Rosario, sirviendo ese viaje tanto como distracción, como para cruzar bates contra los elementos que formaban la novena de aquella romántica población.
Desde las cuatro de la mañana de ese domingo todavía fresco, “El Gordo” Román M. Cortés, alma del conjunto “Piratas” integrado por Carlingas Rodríguez, Juan Platas, Martín Gavica, Dolores Virgen, Carlos Lancaster Jones, Joaquín Cortés, José (Ministro) Santos, Arturo (El Palancas) de Cima, Celso Ocampo, Pedro Solares y un servidor de ustedes, se había dado a la tarea de ir recogiendo a todos estos peloteros para viajar con ellos en aquél autobús color verde de dos pisos conocido como “tranvía” y propiedad de Don Jorge Lyle, siendo manejado por José “El Liebre” Ochoa, rumbo a El Rosario para que chocáramos en contra de aquellos jugadores que hubo en la tierra de la famosa artista Lola Beltrán.
Levantados en sus domicilios todos los elementos del “Piratas”, el lento pero seguro autobús de dos pisos estilo europeo, enfiló rumbo a su destino como a las cinco de la madrugada con la natural alegría de todos los que llevábamos la representación de Mazatlán, vistiendo la franela de los “Piratas”.
Caminando por aquél sinuoso callejón que había entonces entre Urías y El Castillo, la mayoría de los jugadores que hacíamos el viaje a El Rosario mostrábamos una alegría inusitada, sobre todo los entonces novatos como Platas, Virgen y yo, que salíamos por primera vez a actuar en diamante foráneo.
Íbamos optimistas y de pronto, antes de rodear el pequeño cerro que está antes de llegar a El Castillo, empezamos a cantar. Unidas varias voces, entonamos las canciones, entonces en boga: “Pajarillo Barranqueño”, “¿Dónde estás corazón?”, “Amor Indio” y otras, gozando de la suave brisa marina que despedía el cercano estero.
El equipo “Piratas” había eslabonado tres triunfos al hilo, venciendo en tres domingos anteriores a las novenas “Progreso”, integrada por Roberto Tirado Castelo, manager, Genaro Aguiluz, Andrés “El Botebas” Vázquez, Chalo Villalobos, Martín Herrera, Carlos y Luis Escobedo, Juan F. Ruiz, Pancho Guerrero y algunos más, ganándoles dos encuentros en el parque de pelota que estuvo donde hoy es la Escuela Náutica; y derrotando en otra ocasión al equipo “Sud Pacífico de México” formado por muy buenos peloteros, como lo fueron José Luis Rico, Amado Portillo, Teófilo Richarte, Ismael (El Loco) Navarro, Felipe (El Redondo) Ruiz, Ernesto Zúber, Toribio Vargas, Pancho Tolentino y otros cuyos nombre he olvidado al correr del tiempo.
Martín Gavica derrotó a “El Progreso” y Juan Platas también doblegó a los muchachos del Club Deportivo que tenía su domicilio allá por la calle Zaragoza, al poniente, siendo ayudados detrás del home por Carlingas Rodríguez y Dolores Virgen respectivamente, ambos lanzadores.
Fue la época en la que se hizo famoso “El Chueco” Platas, quien haciendo pareja con su catcher Lolo Vírgen, logró resonantes triunfos posteriormente aquí y a lo largo del noroeste de México, vistiendo los uniformes del Ferrocarril SPdeM y del Club Morelos e inclusive, obtuvo victorias en Los Ángeles, California, cuando los rieleros hicieron viajes anuales a la ciudad del cine, allá por la década de los años 30’s.
Habiendo salido a las cinco de la mañana de aquí, como a las siete el camión que llevaba a los “Piratas” a El Rosario, detuvo su marcha en Villa Unión para almorzar, para luego emprender de nuevo el camino, pasando por Agua Caliente a las nueve, por El Cuajote como una hora después, por Potrerillos como a las once y después de las doce del medio día, tras un lento peregrinar por aquel camino difícil, llegamos a El Rosario a comer como unos desesperados, pues ya sabe usted que el camino le abre el apetito a uno.
Tras darnos una sacudida del polvo que nos rodeó el cuerpo, todos los peloteros salimos a dar la vuelta por el añorado pueblo rosarense. Visitamos las oficinas de las minas de El Tajo; fuimos a la pequeña Iglesia que estuvo allá arriba de un cerro y cuyos recuerdos es lo único que queda de aquella casa de Dios; anduvimos por el mercado donde Nacho Silva nos obsequió aquella muy sabrosa nieve que producía; anduvimos por todas las torcidas calles de El Rosario, haciendo una algarabía tremenda que fue coreada por los ladridos de los perros de las viviendas por donde pasábamos y finalmente fuimos a uniformarnos para irnos al terreno.
Hubo expectación por ver jugar a los “Piratas” y pronto el campo se fue llenando de aficionados.
Rosario contaba con muy buenos peloteros, cuyos nombres, si no me falla la memoria eran: Negro Zepeda, Luis “Bichi” González, Andrés (Wailer) López, Carlos Vázquez, Chato Lizárraga, Prisciliano Valdés, “El Coyotito” García y cuántos más, muy aguerridos todos.
El interés principal estaba en ver frente a frente a dos magníficos lanzadores: “El Chueco” Platas por Mazatlán y “Wailer” López por El Rosario. Ambos principiaban sus carreras en el trabajo de serpentineros. Platas se perfilaba como un gran prospecto en el centro del diamante y López también pintaba como gran pitcher.
El juego dio principio hasta que el silbatazo emitido por las oficinas de las minas de El Tajo, ordenó la salida de los hombres que trabajaban bajo la tierra, en busca de los preciados metales. Todo un enjambre de operarios mineros corrieron hacia el campo donde habrían de chocar dos buenos equipos de béisbol: Mazatlán – El Rosario. Estando el diamante a corta distancia de donde laboraban aquellos mineros, éstos pronto se incorporaron a los demás aficionados que habían llegado temprano.
Platas y López no defraudaron a los amantes del béisbol. Los dos se encerraron en un gran duelo de pitcheo, aunque “Wailer” admitió sobre tres imparables, por cinco apechugados por Platas, un error causó la derrota de El Rosario por 1-0, pero eso sí, los aficionados salieron complacidos por las grandes atrapadas realizadas por los dos conjuntos. Fue un juego inolvidable y de ahí en adelante surgió aquella interrogante sobre quién era mejor lanzador: ¿Platas o López?
Por la noche, en los salones de la Sociedad Miguel Hidalgo se efectuó un baile en honor de los integrantes de las dos novenas. A esa fiesta concurrió lo más granado de la belleza rosarense. Las muchachas engalanaron la festividad amenizada por la orquesta de los hermanos Borrego, aquel melódico conjunto musical que hizo historia en el ahora sí cercano (por la buena carretera que existe) mineral de El Rosario y cuya fama duró por muchos años, estando integrado entonces por los hermanos Manuel, Ignacio, Gabriel y Pedro Borrego, más otros familiares del mismo apellido, todos ellos ya fallecidos pero que son recordados con mucho cariño por haber integrado una orquesta que llenara de orgullo al pueblo rosarense.
Como a la una de la mañana del lunes, después de haber gozado de las delicias del baile en la Sociedad Miguel Hidalgo, dejamos la tierra del cerro de “El Yauco” y emprendimos el regreso a Mazatlán por aquellos vericuetos que teníamos entonces por caminos vecinales, sintiéndonos bien cansados, no tanto por haber participado en un juego muy disputado, sino por haber danzado mucho, por lo que en cuanto abordamos aquel “tranvía” de dos pisos que también causó admiración allá, nos dormimos pronto, sin importarnos los alarmantes rumores que corrían entonces de que había un asaltante con una gavilla de facinerosos que tenía espantados a los viajeros que se atrevían a ir hacia el sur de Sinaloa y norte de Nayarit, diciéndose que había robado cientos de pesos y algunas alhajas que portaban los pasajeros. Fíjese usted: había sólo un asaltante entonces.
Con un dejo de tristeza dejamos esa madrugada El Rosario, aquella población minera con tanto romanticismo y que sigue siendo tan hospitalaria hasta hoy, como lo fue cuando vivían aquellas personas que nos trataron tan bien en aquella que fue mi primera gira deportiva, personas que en su mayoría ya traspusieron el dintel del más allá.
 
 
Carlos “Chale” Salazar Cordero

Álbum del Recuerdo 1985

 

 

 

 

 
 
Advertencia: Este trabajo no se hizo para participar en algún certamen poético, se escribió únicamente para divertir a los lectores de esta revista. Ojalá se logre el propósito deseado.
 
Quise ser fino poeta
igual que “Lucky” Millán
y cantar a Mazatlán
sin molerme la chaveta.
 
Más intentándolo vi
¡soy iluso en hacer poesía!
Me he pasado algunos días
y pobres rimas reuní.
 
Muchos años han pasado
y aquí estoy para contar
la historia de este lugar
con salud bien cobijado.
 
Me es imposible olvidar
aquél Mazatlán antiguo
que con vivir muy exiguo
vivirlo ¡si era gozar!
 
Era pobre y muy chiquito
un buen puerto y ordenado
y ya entonces afamado
como lugar, bien bonito.
 
Ante estas playas nací
y viví toda mi infancia;
yo lo digo sin jactancia
¡qué contento vivo aquí!
 
¡Aquél Mazatlán pasado!
con brillante trayectoria
ha venido a mi memoria
y por lo cual he llorado.
 
La Casa Blanca de antaño
con sus árboles frutales
que aguantaron vendavales
con firmeza, año tras año.
 
El paseo del “Camarón”
la playa norte hermoseada
tan rebién que era admirada
desde arriba de “El Crestón”.
 
Hortalizas de los chinos,
y aquél Hospital Civil
que algún régimen hostil
mandó destruir ¡qué cochinada!.
 
Panteón de los Protestantes
Astillero y “La Puntilla”
donde conocí chiquilla
a Rosa con dos amantes.
 
Casa Redonda, Estación
con talleres y oficinas;
había ahí gentes finas
con mucha organización.
 
Telégrafo y Hospital
redondeando aquél lugar
entraban a trabajar
al dar Olson la señal.
 
La Isla de Soto bonita
Huerta de Choza en acción
donde encontraba emoción
la gente grande y chiquita.
 
Barrio Mexcaltitancito
de arenas y cocoteros
cuna donde los remeros
lucharon en botecito.
 
Playa Sur de mis amores
con mansas olas quebrando
allí pasamos nadando
con riesgo de “quemadores”.
 
Donde se pescaba fuerte
con chinchorro o atarraya
los pargos o mantarrayas
según fuera la suerte.
 
Los tildíos y las gaviotas
a la playa se asomaban
lugar donde devoraban
los cochitos y langostas.
 
Se practicaba el béisbol
en las arenas candentes
con asombro de las gentes
que ignoraban el “jaibol”.
 
Pangos también albergaba
remolcador y las lanchas
descargaban a sus anchas
la mercancía que llegaba.
 
Fondeadero en lejanía
donde llegaban los Santas
con gringos ¡y gringas tantas!
que se oía su algarabía.
 
Y el Pozo que recibía
los barcos de cabotaje
con un poco de pasaje
ya de noche o bien de día.
 
El Faro guiaba al vapor
el Vigía lo anunciaba
y así el bajel anclaba
fondeando ya sin temor.
 
Cobertizo con Aduana
Sanidad y otras cosas
mientras a “Las Mariposas”
acudía la vieja Juana.
 
Cargadores que bajaban
mercancías por toneladas
en mañanas bien heladas
pero luego descansaban.
 
“La Chalata” cobijaba
a los hombres del alijo
que llevando punto fijo
ni el sudor los relajaba.
 
Carpa Olivera, famosa
en Olas Altas plantada
a donde la chavalada
iba en las tardes gozosa.
 
Olas Altas, Malecón
le daban la bienvenida
y también la despedida
a todo barco en acción.
 
Por allá en la lejanía
un barco dejaba el puerto
piloteado por “El Tuerto”
con una gran osadía.
 
El Cerro de la Nevería
con historia su vocablo
y su fea “Cueva del Diablo”
que a todos estremecía.
 
Otro problemita insano
por allí se registraba
la yerba que requemaba
un nefasto mariguano.
 
a acciones escandalosas
nos mantenían esas cosas
a todos mortificados.
 
Y el miedo al fin pasaba
al llegar la autoridad
cargándolo sin piedad
al vicioso encerraba.
 
Sentado en un gran peñón
yo al mar profundo veía
así bién me divertía
al venirse un nubarrón.
 
Un bonito atardecer
admiraba en lontananza
más me entraba desconfianza
viendo ya el oscurecer.
 
Huracanes, tempestad,
azotaban a este puerto
provocando algún muerto
pero nunca mortandad.
 
El pánico de pronto huía
y la gente ya confiada
gritaba: “no pasó nada”
agradeciendo a “María”.
 
Vino el sitio, si señores,
siendo otra calamidad
pues por toda la ciudad
oíanse los estertores.
 
Por accidente un avión
antes de tiempo arrojó
una bomba que causó
muertos y desolación.
 
Por si aquello fuera poco
el hambre nos fustigaba
y algo más mortificaba:
no había ni agua de coco.
 
Los rebeldes así entraron
huyendo los federales
celebrando los más leales
sus fusiles dispararon.
 
¡Viva la revolución!
gritó muy entusiasmado
ése era Isaura Tirado
sin tener gran precaución.
 
El Chilolo y su guerrilla
también entraron al puerto
dejándole todo abierto
a la inmensa palomilla.
 
Entraron los maderistas
sin ninguna referencia
pidiendo entonces clemencia
los soldados porfiristas.
 
En improvisados pangos
huían algunos soldados
pero fueron apresados
milítes de varios rangos.
 
Y se les formó su juicio
para darles sentencia
ante enorme concurrencia
allá en un viejo edificio.
 
Tras juicio muy sumario
a morir son condenados
y así fueron fusilados
terminando su calvario.
 
Los cuerpos en las carretas
se les condujo al panteón
tras de esa inmolación
quedando fosas repletas.
 
Volvió la calma al puerto
tras rezar todas las damas
sin andarse por las ramas
recogiendo tanto muerto.
 
Y una vez así repuestos
terminando la anarquía
se provocó la alegría
entre los hermanos nuestros.
 
El Carnaval se acercaba
con tradición y tronío
y por honor que es muy mío
nadie más ya se apenaba.
 
El mal humor se quemaba
comenzando con la fiesta
y sin dormir nadie siesta
la Reina se coronaba.
 
Desfiles, máscaras, rango,
la música y mucho ruido
hacían salirse del nido
a todos hacía el fandango.
 
Luces, confetti, cohetes,
por calles, por todos lados
agregando los botados
que se pasaban de “cuetes”.
 
La reina que desfilaba
la acompañaba un varón
no era el Rey Salomón
pero él siempre figuraba.
 
Los carros entrelazados
por miles de serpentinas
seguidos por Colombinas
y Pierrots alborotados.
 
Bailes, gritos y alegrón
imperaban en la fiesta
quedando así manifiesta
la poca preocupación.
 
La vieja Plaza Mazhado
sede de los Carnavales
aguantó bien vendavales
dejando todo estropeado.
 
Al término del jolgorio
nos quedábamos contentos
y a pasos un poco lentos
volvíamos con don Liborio.
 
Aquél periodista Giles
que se esmeró en trabajar
sin que lograse amasar
de dinero varios miles.
 
Recibíamos la cueriza
al pasársenos la copa
y tras de beber la sopa
íbamos a tomar ceniza.
 
Pasaba un Carnaval más
y la quietud regresaba
pero luego se llegaba
la gran fiesta con Tomás.
 
Aquellas fiestas de mayo
en ese ancho malecón
donde asistía don Simón
montando brioso caballo.
 
Jugábase a la ruleta
los dados y la baraja
y niños en sube y baja
gozaban con su paleta.
 
Esas fiestas bien reunían
a gentes de bien abajo
que con bastante trabajo
sin pesos se divertían.
 
Idas las fiestas de mayo
llegaba el fuerte calor
quedando un nuevo sabor
y nos cantaba otro gallo.
 
Luciendo bellos sombreros
paseando en el malecón
las damas hacían estirón
piropeadas por caballeros.
 
Los Portales de Cannobio
tenían fiesta muy bonita
kermés en que a Teresita
la acompañaba su novio.
 
Algunas damas altruistas
luchaban con mucho afán
por donar a Mazatlán
obras útiles, a vistas.
 
Hospital de San Vicente
Asilo y Orfanatorio
donde era bien notorio
que acudía mucha gente.
 
Altruistas damas de antaño
que por los pobres miraban
pues siempre se desvelaban
trabajando todo el año.
 
Bien por doña Romanita
encabezando la lista
e iba a la conquista
de una cosa muy bonita.
 
Josefina y doña Amelia
secundaban aquella obra
motivos había de sobra
para que ayudara Delia.
 
Fárber, Noris y Careaga
bien que recuerdo esos nombres
también había otros hombres
como los Haas y Laveaga.
 
Corvera, Coppel, Fontáin,
Felton, Gavica, Requena,
todos ellos gente buena
que vieron por Mazatlán.
 
Gómez Rubio y Galán
Urriolagoitia y Siordia
tuvieron misericordia
trabajando con afán.
 
Los viejos palmeamos manos
por aquellas gentes buenas
que mitigaban las penas
de nuestros pobres hermanos.
 
Gentes de bien, no lo dudo
y yo como un buen obrero
me despojo del sombrero
para darles un saludo.
 
Aquél grupo bolchevique
que ayudaba al Carnaval
sin tomárselos a mal
en época de bilimbique.
 
Guillén, Chícharo, Mercado
Román, Chano, Tolano
Avendaño, Piña, Mariano
y alguno más agregado.
 
Peregrina, Paco Saldaña,
Rivero y Jesús Rivas
otros que no eran chivas
y tumbaban buena caña.
 
Poniéndose a trabajar
por el máximo festejo
exponían bien el pellejo
¡hasta el Chango Salazar!
 
Y por allá en la marisma
jugaban a la pelota
Rico con el Zurdo Cota
para romperse la crisma.
 
Eran muchachos valientes
que no le temían a algo
incluso Sánchez Hidalgo
quedó sin algunos dientes.
 
De corazón deportistas
los cuales hoy ya no veo
por más que siempre volteo
buscando a esos artistas.
 
Reverte Chico, Danglada
dos toreros en embrión
tuvieron un revolcón
sin plaza bien retacada.
 
Se anunció con profusión
Juan Silveti torearía
y seguro asombraría
a nuestra noble afición.
 
Silveti vino a torear
armando revolución
y la entusiasta afición
banquete le quiso dar.
 
Galindo, Güero González,
Vega, Muro, Robles, Piña
y estuvieron en la viña
otros más de comensales.
 
Hubo brindis en su honor
buena suerte le desearon
y con todo allí acabaron
hallándole buen sabor.
 
La gente desesperada
por ver a aquél torerazo
llenó pronto y sin retraso
la Plaza Rea remozada.
 
Juan Silveti emocionado
con tanta gente reunida
no pensó en alguna herida
toreando muy arrimado.
 
Era valiente en verdad
a nadie aquí defraudó
fue así que se arrimó
siendo herido sin piedad.
 
El toro de Piedras Negras
sobre el indio arremetió
en tanto el pueblo gritó
desmayándose las suegras.
 
Toreaba de beneficio
aquél que era muy macho
pero del toro bien gacho
recibió un gran orificio.
 
Fue transportado en camilla
“Hombre de la Regadera”
golpeado en una cadera
al sanatorio Jumilla.
 
Celia Montalbán lloraba
creyendo perder a Juan
que fue herido en Mazatlán
cuando confiado toreaba.
 
Quiso Dios se repusiera
“Juan Sin Miedo” de su herida
para que su prometida
de pena ya no sufriera.
 
Evocar lo que ha pasado
no es delito, es deleite
y para mi buena suerte
a la gente le ha gustado.
 
Por eso señalo aquí
una canción con romance
una obra con alcance
y que imprimió frenesí.
 
“Alejandra” vals hermoso
del Mazatlán del pasado
que sigue siendo elogiado
y por doquiera famoso.
 
¡Una flor linda era ella
del mazatleco pencil!...
y enamorada gentil
la vio como una estrella.
 
Ofréndole cual mensaje
de su ardorosa pasión
en notas la inspiración
de un trovador con linaje.
 
Enrique Mora, el autor
cumplió a Oropeza el deseo
quien como nuevo Romeo
así homenajeó a su amor.
 
Y pasando a otro tema
para seguir adelante
propóngome al instante
seguir la lucha extrema.
 
Carretelas y carretas
arañas que se nos fueron
las que su servicio dieron
en tiempo de las caretas.
 
Paseos Claussen, Centenario
con sus glorietas hermosas
que se hicieron tan famosas
como un cuento milenario.
 
Iglesias grande y chiquita
con sus “bolos” en bautizos
donde niños en sus rizos
recibieron agua bendita.
 
Mazatlecas bien innatas
en la plazuela pasearon
y bien que se acompañaron
en alegres serenatas.
 
Las calles con pedregal
terminaron, ya no hay nada
más queda la campanada
que suena en la Catedral.
 
Los carritos con sus mulas
viajaron por tantas calles
luciendo tantos detalles
llevando muchachas chulas.
 
Viejo mercado de acero
fuerte y muy bien fincado
sigue allí aún levantado
soportando tiempo fiero.
 
La pollera que expendía
rico pollo a la plaza
en tanto que “La Zaraza”
deambulaba noche y día.
 
Mientras la gente cenaba
“La Chomé” la divertía
muchos collares lucía
y en sus canciones lloraba.
 
Salomé se “apayasaba”
de amor siempre padecía
y en su canción maldecía
al hombre que ella amaba.
 
Reloj de Palacio, recuerda,
quedaste enmudecido
más a mí me ha parecido
que nadie te ha dado cuerda.
 
Más cosas que he olvidado
porque mi memoria falla
y otras de la misma talla
que ha propósito he dejado.
 
Una súplica se hace
a quien sabe más de esto
que no tire esto al cesto
sabiendo que el poeta nace.
 
Poetas y literatos
yo les pido con urgencia
un poco de clemencia
para estos versos baratos.
 
Ya no sigo y con razón
recordando lo pasado
pues mis ojos se han nublado
con lágrimas de emoción.
 
 
Carlos “Chale” Salazar Cordero
Album del Recuerdo Año 1975
 
 
 

 

Mazatlán pasado, de brillante trayectoria

 
 
 
aquel Mazatlán de antaño
 

olas altas, malecón daban la bienvenida
 

playa sur de mis amores con mansas olas quebrando
 

carretelas y carretas, arañas que se nos fueron.

 

 

 

 

 

 
 
Al inaugurarse el servicio del ferrocarril en el año de 1908, uniendo a Mazatlán con Nogales; y pasando por las principales ciudades de Sinaloa y Sonora, nuestra región experimentó una gran alegría por el importante paso que se daba a la civilización y por las incalculables ventajas que acarrearía el servicio ferroviario.
Ya debe imaginarse el lector la alegría que experimentaron los entonces pocos miles de habitantes que tenía Mazatlán con la llegada del servicio del Ferrocarril Sud pacífico de México. Los comentarios eran frecuentes entre la gente mazatleca y con más razón cuando se estableció el servicio de pasajeros de un pequeño tren que hacía el recorrido entre la ciudad y la estación del ferrocarril, para llegar hasta más allá de Casa Redonda, distancia que entonces parecía demasiado grande para caminarla a pié.
El pequeño ferrocarril urbano estaba compuesto por una máquina de vapor que arrastraba cuatro carros pasajeros y hacía el recorrido de su estación, ubicada en la esquina de las calles Casa Mata (hoy general Francisco Serrano) y Constitución hasta Casa Redonda y después seguía su camino hasta el panteón número tres, cobrando cinco centavos el pasaje por adultos y dos centavos por menores de 10 años. Su trayectoria era camada, pues rodaba lentamente por la calle Casa Mata, daba vuelta por la Melchor Ocampo y después de hacer un alto bajo un viejo guamúchil que había frente a la Cervecería del Pacífico, continuaba por la calzada 18 de abril (hoy llamada calzada Gabriel Leyva)I parando frente al edificio donde fueron las oficinas de la empresa del Sud Pacífico de México, para continuar después hacia el cementerio número tres, para después regresar por el mismo camino hasta su casa establecida en Casa mata y Constitución.
El trenecito del que se habla fue manejado por don Julián Ibarra Díaz y llevaba a los paseantes y a quienes iban a trabajar a los talleres y oficinas del Ferrocarril Sus Pacífico de México, recién inaugurado y entonces el medio de locomoción más acorde con la época que servía para quienes iba a viajar en e tren grande hacia el norte, llevaba gente a visitar a quienes estaban sepultados en el cementerio y también servía como medio de diversión sana a la población porteña, superando a los “tranvías” jalados por mulas que hacían el servicio del muelle fiscal a la estación final de Casa Mata y Constitución.
El servicio del pequeño tren urbano se suspendió allá por el año de 1913, cuando se desencadenó la revolución como consecuencia del cuartelazo huertista, por necesitarlo así la defensa del puerto.
Después hubo otro pequeño tren en Mazatlán, pero ese solo era de carga, ya que se encargaba de transportar en vagones la piedra que era arrancada a la falda del cerro de “La Nevería”, por el paseo Claussen, para llevarla sobre los rieles que estaban por el malecón de Olas Altas y por la Avenida Pacífico (hoy Avenida Miguel Alemán) hasta donde se estaban construyendo los muelles de lo que más tarde serían las Obras del Puerto, obras que fueron iniciadas en 1925, cuando el presidente municipal de Mazatlán, don Antonio R. Pérez, puso la primera piedra, para que después, en julio del año 1951, el licenciado Miguel Alemán, presidente de la República Mexicana, inaugurara definitivamente los muelles en donde atracan grandes embarcaciones de todo el mundo para traer a este puerto los productos de otros países o llevar los que produce México, además de que traen turismo “gringo”.
 
LA H. JUNTA PATRIÓTICA EN 1923
 
Antiguamente, el H. Ayuntamiento de Mazatlán nombraba a quienes deberían de integrar la H. junta Patriótica que se encargaba de organizar los festejos con que se celebraban las fechas históricas de la República o de nuestro Estado, recayendo por lo regular los nombramientos entre personas de solvencia moral, siendo estos puestos honoríficos.
Recuerdo que en el año de 1925 estaba integrada una de las juntas Patrióticas más distinguidas de las que hubo antaño, desarrollando una labor significativa.
Y para que lo compruebe usted, aquí está la lista de los buenos elementos que formaban ese organismo municipal: Enrique Cota, Fidel Salcido, Ruperto Gómez, Emilio Castellanos, Jesús Alcalá Gómez, Aurelio “güero” Fragoso, Antonio V. González, Luciano Gómez Llanos Jr., Roberto Tirado Castelo y Ramón S. Robles. De todos ellos, el único que vive es Roberto Tirado Castelo y es un distinguido colaborador de Álbum del Recuerdo.
Luciano Gómez Llanos Jr., inició en ese año, prácticamente, su brillante carrera como promotor de box profesional en Mazatlán, pues organizó una función en la plaza de toros “Rea” a beneficio de la Junta Patriótica, poniendo en el combate estelar a José R. Morales contra el sonorense Emilio Q. Corbalá, más bien conocido como kid Corbalá, en el que estuvo en disputa el cinturón de peso pluma de la Costa el Pacífico que se ostentaba Morales y que esa tarde dominguera se lo arrebatara el nativo de Guaymas, Sonora, en un rápido nocaut en el primer asalto, produciendo la gran función al coso taurino muy buena entrada y obteniéndose una utilidad líquida de $ 300.00 trescientos pesos, que entonces constituían una fortuna.
Después de la H. Junta Patriótica, organizó corridas de toros, varias funciones boxísticas, juegos de béisbol, kermeses, funciones teatrales, etc. y con esos eventos se sacaba utilidad y se evitaba acudir al comercio en busca de donativos para desarrollar las fiestas conmemorativas de los días patrios.
Además, con los miles de pesos que se recabaron organizando esos eventos se le pagó al marmolista don Cruz Mojica para que hiciera un monumento (busto) del general Antonio Rosales para ser colocado en un lugar adecuado, se mandó construir la Estatua de la Libertad que estuvo por algunos años en el Paseo Olas Altas al terminar la calle Constitución y que después pasó a adornar la plazuela Hidalgo, para luego desaparecer y que quedaran únicamente los leones que estaban al pie de ese monumento, construyeron y colocaron a lo largo del malecón de Olas Altas unos bellos arbotantes para el alumbrado del lugar entonces de moda en Mazatlán y en fin, tantas cosas que hicieron esos señores de la H. Junta Patriótica con las utilidades que se lograron, haciendo festivales para no andar de comercio en comercio solicitando óbolos para festejar nuestros días patrios.
 
Carlos “Chale” Salazar Cordero
Álbum del Recuerdo Año 1984
 
 

 

foto de Manuel Gomez Rubio 
 

 

 

 foto de Manuel Gomez Rubio  

 

 

 

 

 

 

 

 
 
Los mortales somos aves de paso en este mundo, incuestionablemente.
Aún a sabiendas de que así es, no podemos aceptar esa sentencia con facilidad, porque sencillamente no queremos abandonar la tierra a la que amamos, aunque en ocasiones resulte penosa nuestra trayectoria por aquí, debido a los contratiempos por los que pasamos, sean de la índole que sean.
Quizá amamos la vida porque durante nuestra estancia en este mundo hemos recibido muchas satisfacciones que nos hacen olvidar los sufrimientos que hayamos experimentado.
Y es que todos tenemos buenos sentimientos, por indiferentes que quisiéramos ser. Nadie escapa a sentirse apenado ante el deceso de alguien.
Esta vez, Álbum del Recuerdo de nuevo quiere dedicar esta sección a quienes se nos han adelantaron en dejar este mundo y por esta ocasión quien esto escribe tendrá que derramar algunas lágrimas cuando esté tecleando en mi vieja “underwood” las líneas que habré de pergeñar para recordar a mi hermana Carmen, fallecida en Los Ángeles, California, durante el verano pasado cuando yo estaba pasando mi acostumbrada estancia anual en la gran urbe angelina.
Formulado este preámbulo, dedicaré algunas líneas a algunos de los que ya se fueron para nunca volver, esperando que sus familiares se sirvan aceptar mis sinceras condolencias.
 
GABRIEL (EL COCHÓN) MILLÁN
 
Un muchacho muy amable y muy deportista fue Gabriel “El Cochón” Millán. Pocas personas con la calidad humana que la tuvo él.
Su familia fue una de las más prominentes de aquella época en la que Mazatlán se desenvolvía con más calma y seguridad. Fueron sus padres don Rafael Juan Millán y doña Lucrecia Ramírez.   Ellos y sus hijos Felipe, Rafael, Gabriel, Martha y Antonio todos ellos de edad escolar, vivieron en un chalet que más tarde se convirtió en el Banco Mercantil y Capitalizador, S.A., edificio que sigue ahí por la calle Ángel Flores, frente a donde están las oficinas de la Alianza de Camioneros Urbanos, cerca de la calle teniente José Azueta.
Don Rafael Juan Millán, hombre respetado, era propietario de la fábrica de cigarros el “99”, que estuvo ubicada en la esquina de las calles Aquiles Serdán y Leandro Valle, sirvió mucho a la comunidad de Mazatlán y en varias ocasiones figuró dentro del Comité de Carnaval en este puerto, algunas veces como presidente del organismo, allá cuando él y otras personas de mucha valía servían dentro del grupo que organizaban las tradicionales fiestas mazatlecas, que entonces eran unos pobres festejos, ajustados al dinero que se recaudaba, pero llenos de originalidad y seguridad para la gente de todas las esferas sociales que participaban entonces. Se hacían los Carnavales con lo que escasamente se reunía en metálico y el señor Millán y quienes organizaban los festejos carnavaleros muchas veces pusieron dinero de sus bolsas para darle al pueblo la oportunidad de que se divirtiera durante tres días con sus noches, sin faltar la noche del sábado de Mal Humor.
Felipe y su hermano Rafael fueron enviados muy chicos a estudiar a Estados Unidos de Norteamérica y cuando regresaron, ya grandes, emprendieron cada quien diversas actividades.   “El Cochón” se quedó aquí y estudió en el colegio Alemán. Creció, se casó y se fue a vivir a la ciudad de México, donde instaló un expendio de gasolina, para después hacer otro tanto en Mazatlán y ser propietario también de camiones transportadores de combustible. Sus negocios fueron florecientes y su vida, naturalmente, fue feliz, por lo que no era raro que tuviera un carácter bonachón, franco y sincero, recibiendo sus amigos siempre el trato afable que todos deberíamos tener para con nuestros semejantes.
En su juventud, “El Cochón” Millán fue un deportista muy distinguido en el ambiente local. Formó parte del equipo de básquetbol del Círculo Comercial Benito Juárez que compitió en varios campeonatos de primera fuerza que se celebraron en la siempre recordada cancha “Lírico”, que estuvo situada donde hoy están ubicadas las oficinas de Correos y Telégrafos.
El equipo Círculo Comercial estuvo integrado por muchachos de la élite social del puerto, Rafael (Pail) Siordia, Ernesto Sarabia, Gustavo Gastélum, Guillermo, Chapi y Tony López Coppel, Jorge y Fidel Salcido y cuántos más, incluyendo a “El Cochón” Millán que era uno de los mejores jugadores que se desenvolvían en el baloncesto de entonces, aquellos campeonatos en los que tomaban parte los potentes equipos, SCOP, Morelos, Muralla y quién sabe qué tantos más, tomando en cuenta también al Círculo.
Hace algunos meses, Gabriel “El Cochón” Millán dejó este mundo, como consecuencia de las heridas que sufrió en un fatal accidente automovilístico en este puerto.
Quienes tratamos y convivimos con “El Cochón” Millán, difícilmente lo podremos olvidar, pues gente de esa categoría y trato tan amable, pocas encuentra uno en este mundo.
 
MI HERMANA CARMEN SALAZAR
 
Comenzaba yo a reponerme de la pena que sentí por la muerte de Miguel Ángel Millán Peraza, cuando sufrí otro duro golpe mortal: el fallecimiento de mi hermana Carmen, registrado durante el mes de julio del año pasado en Los Ángeles, California.
Un ataque al corazón privó de la vida a mi hermana (yo la llamaba Carmela por lo regular) y créanme que estuve muy confundido como quince días pro tan infausto suceso. Hundido en las más íntimas meditaciones, pasé semi-noqueado como dos semanas en la gran urbe californiana. Haga usted de cuenta como que en una noche de box en la que actué, me trajeron de poste en poste arriba de un ring, tundido a golpes por despiadado ataque de un rival implacable. Quedé tan aturdido por la muerte de mi hermana, que hubo ocasiones en la que al mi despertar en una mañana no supe ni qué día era, ni a cuántos estábamos, ni en qué mes, ni en qué lugar de la tierra me encontraba. Estaba ido de la cabeza y terriblemente deprimido. Recuerdo que en esas fechas se estaba efectuando una serie tan interesante como lo son las que protagonizan los Gigantes de San Francisco y los Dodgers de Los Angeles y sin embargo, no concurrí al parque en las lomas de Chávez Ravine a presenciar esos juegos tan brillantes que escenifican siempre esos acérrimos adversarios, ante estadio lleno a su capacidad. Así de tremendo fue el impacto que causó en mi mente el repentino fallecimiento de mi hermana Carmela, con quien en nuestra juventud formé una acoplada pareja de baile, ventaja que nos dio la oportunidad de tomar parte en la película “El Gaucho” que estelarizaron Douglas Fairbanks y Lupe Vélez, allá cuando el cine mudo de Hollywood, cinta en la que bailamos tango de acuerdo con el libreto establecido y que simulaban hechos registrados en una población de Argentina, escena bailable que tuvo su ensayo como dos semanas, recibiendo ambos durante ese tiempo un sueldo diario de veinte dólares, alimentación y transportación ida y vuelta diariamente hacia los estudio cinematográficos de la compañía Warner Brothers.
Mi desconcierto y la depresión que sentí fueron naturales. Hacía poco había estado en casa de mi hermana Carmela bebiendo café acompañado de pastelillos, habiendo recordado ambos muchos pasajes de nuestras vidas, primero cuando éramos chicos en esta nuestra querida tierra Mazatlán y cuando fuimos jóvenes allá en los Estados Unidos de Norteamérica, especialmente viviendo en Los Ángeles, ciudad en la que yo podría, de proponérmelo, hacer otro Álbum del Recuerdo por haber disfrutado también de la época romántica de esa ciudad californiana.
Tres días antes del deceso de mi hermana, hablé con ella por teléfono y le prometí ir de nuevo a visitarla durante la siguiente semana. No fue posible. Al atardecer de un caluroso día del mes de julio, cayó muerta repentinamente en su hogar y por no estar preparado para soportar momentos tan desagradables e inesperados, el hecho me impresionó bastante, deprimiéndome terriblemente. Uno debería de comprender que en cualquier momento le puede fallar el corazón, pero no es posible aceptar así fácil que la gente nos abandone tan rápidamente, como en el caso de mi hermana Carmela, que si bien es cierto que padecía algunos males, no era de esperarse tan fatal desenlace.
Ya no fui a visitar a mi hermana Carmela a su casa y volver a disfrutar de una amena charla con ella, recordando el pasado bebiendo café, pero en cambio fui a verla a la funeraria Pierce Brothers situada al este del Boulevard Olympic, donde arreglada convenientemente, yacía dentro de una caja, teniendo un crucifijo en el pecho, pareciéndome que dormía por un rato, pero no, era para siempre.
Tres días después, familiares que aún me quedan en Los Angeles y amigos que se sirvieron acompañarme, formamos el cortejo fúnebre, quedando sepultado el cuerpo de Carmela cerca de donde yace mi hermana Julieta, a quien fuimos a despedir para siempre el 2 de junio de 1976.
Ya que los lectores han aceptado que narre lo que concierne a la vida privada de quien esto escribe, permítanme decirles que he ido despidiendo, uno a uno, a mis padres don José Sabás Salazar y doña María Cordero de Salazar y a mis hermanos José Sabás, Beatriz, Julieta, Salvador y Carmela, para quedarme, como es de suponerse, con el corazón lacerado. Ahora solo quedamos mi hermana Soledad (87 años) quien vive en Hayward, muy cerca de San Francisco, California y yo.
Así poco a poco, la raíz de la familia Salazar Cordero ha ido terminando.
 
Carlos “Chale” Salazar Cordero
Album del Recuerdo año 1983
 
 

 
Don Rafael Juan Millán, hombre respetado, era propietario de la fábrica de cigarros el “99”, sirvió mucho a la comunidad de Mazatlán y en varias ocasiones figuró dentro del Comité de Carnaval en este puerto.
 
 
 
 
 
 
Si sucesos hemos de contar, contemos lo que se contaba entonces; y entonces se contaba como cierto, cierto suceso que si era suceso, no era cuento; y si cuento era, no habría porqué ser suceso. Pero entre si era suceso o era cuento, lo dejo al criterio del lector, que si buen criterio tiene, podrá deducir si suceso era o era cuento.
Había una vez ya muy lejana, un Capitán de Navío de la Marina de Guerra Nacional que fue director de la hoy centenaria Escuela Náutica de Mazatlán. El director era muy duro y corajudo; y por corajudo y duro, en una ocasión se le ocurrió a un cadete “vaciar su digestión” dentro de la gorra manigera de aquél. El jefe que se la pone y… ¡para qué contarlo!. Toda la Escuela fue castigada porque, según los cadetes, en estos casos tan importantes son todos para uno y uno para todos. Nadie chistó. Todos fueron al calabozo. Uno por uno, porque no cabían todos a la vez. Creo que la Escuela estaba en un barco anclado en la bahía.
Pero ese no es el caso que quiero narrar, por más que no tenga su importancia, son otros que sucedió al mismo Capitán. Fue en un Carnaval.
Pepe Canobbio, que siempre se distinguió como el campeón de las bromas carnavalescas (bromas que ya no hay, ni entienden las nuevas generaciones), no se sabe cómo escamoteó la levita cruzada del uniforme de gala que el Capitán iba a usar en el baile del Casino esa noche. Unos dicen que la levita la sacó de la planchaduría; y otros que la recibió de manos de un repartidor de ese lugar donde arreglan prendas de vestir y que por equívoco, se la entregó a Pepe Canobbio. Por supuesto que la levita iba sin insignias. Con insignias ¡hubiera ardido Troya!.
Pepe Canobbio se enfundó en la levita, se puso en su cabeza una cachucha de marino y un antifaz, y se echó a la calle. Mientras tanto, el duro y corajudo Capitán descubrió la falta de su elegante atuendo y sintiéndose víctima de un robo, montó en cólera y acudió a donde él más mandaba o sea al Sector Naval, desde donde mandó a un “piquete” de marinos a buscar por toda la ciudad su flamante levita. Además fue a la Comisaría de Policía en donde, una vez puesta su queja, se le proporcionó no uno, sino dos policías para que lo acompañaran en la tan importante búsqueda.
Pepe Canobbio, por su parte, husmeando aquí y husmeando allá para ver cómo efectuar su broma, se metió al elegante bar de los hermanos Fojo (bajos del Casino de Mazatlán, esquina de las calles Carnaval y Constitución) donde hoy se encuentra una tortillería. Mirando por todos los rincones, encontró a su víctima. En una mesa se encontraban cuatro o cinco amigos suyos, sin careta, enfrascados en una Carnavalesca, clorada y picante charla que de vez en cuando arrancaba carcajadas. Entre los cuatro o cinco amigos, había un güero que Canobbio consideró que era el más viable candidato para su propósito. Tenía apellido alemán, mejor dicho judío-alemán, pero no hablaba ni judío ni alemán, aunque le metieran una papa caliente en la boca. Sólo hablaba el Cristiano, y mal, porque decían que había nacido en un rancho. Bienvenidas a Canobbio, hurras y brindis muy repetidos por su llegada. Güiri, güiri y lero, lero. Fábulas, tallas y todo lo que se platica en casos tan alegres. Y por fin le preguntaron “¿De dónde diablos sacaste ese disfraz tan elegante? ¿Y porqué te lo mandaste a hacer tan fino? ¡Te sienta muy bien, eh!”.
Cuando el güero estaba más colorado que de ordinario; y sus pecas resplandecían, Canobbio le espetó: “Mira, mano, quiero dar una broma y que no me conozcan, pero con mi disfraz me van a conocer porque solo llevo antifaz. Préstame tu traje de “mascarita” y ponte el mío”. “Cómo no, Pepe” -respondió el güero- me voy a ver muy elegante con el tuyo”. Dicho y hecho.   Y aunque dicen que del dicho al hecho hay largo trecho, aquí falló el dicho, porque mal se acabó de decir, cuando ya estaba hecho.
Luego se retiró Pepe, vestido de “mascarita” a dar su supuesta broma.
En la mesa siguió la alegría con toda su fuerza, pero… no se pasó mucho tiempo cuando por una de las puertas del bar irrumpió el corajudo y duro Capitán, acompañado de dos gendarmes. Echaba lumbre por los ojos y gesticulaba con la cara descompuesta. En el salón se escuchaban gritos de alegría, charlas incongruentes y el humo de los cigarrillos hacía nebuloso el ambiente, mientras las parejas bailaban al son que les tocaran y las damas disfrazadas no se dejaban que sus enamorados acompañantes les quitaran las caretas, tratando de investigar con qué contaban.
De pronto se oyó: “Ahí está”. No se acababan de pronunciar estas palabras, cuando los dos policías se abalanzaron sobre el güero y cogiéndolo por los hombros del chaquetón lo sacaron en peso, ante las airadas protestas de la concurrencia y de sus amigos, que no acababan de salir de la sorpresa de la detención del que hacía un rato tomaba la copa con una euforia grande y todo por no saber la causa de la detención de su amigo. El güero, protestando y pidiendo una explicación, fue a dar a la Comisaría, ante los empujones de los gendarmes.
El “piquete” de marinos destacados por la ciudad para que recuperaran la prenda robada, también tuvo éxito: La Comandancia Naval estaba colmada de capingones.
Casos y cosas que no tiene caso, pero que trascienden aún a través de los tiempos.
(Nota: este hecho también fue narrado por don Joaquín Sánchez Hidalgo en su interesante libro “Mazatlán de Antaño”, expresándose de don Pepe Canobbio como sigue: “Son muchísimos los viejos “patasaladas” que recuerdan con cariño a aquél gran mazatleco que en vida se llamó Pepe Canobbio, gran maestro de la gracia, de la risa y célebre por sus famosas bromas de los Carnavales pasados”).
 
Carlos “Chale” Salazar Cordero

Álbum del Recuerdo 1985

 

Elegante bar de los hermanos Fojo, bajos del Casino de Mazatlán, esquina de las calles Carnaval y Constitución.

 

 

 

 

 

 

 
 
Para quienes han fijado su residencia en este puerto después de 1926, seguramente el nombre que ostenta la calle que, de oriente a poniente parte en dos a Mazatlán, pensarán que a la calle Guelatao se le cambió la denominación en mérito al pedido de familiares o amigos de alguna persona que, al remontar los límites de su existencia, dejó deudos influyentes en la política local.
Pero para quienes abrevamos en las crónicas de la prensa periódica que en aquellas fechas se editaba en esta localidad, sabemos que el cambio de nombre de la rúa mencionada obedece al deseo de perpetuar el recuerdo de un hombre de origen humilde que a contestar de presente en las filas de la Revolución, lo hizo con la decisión de quien está dispuesto a dejar su vida en girones sobre los campos de batalla, a cambio de obtener la mejoría de las clases irredentas, la caída de los déspotas y la oportunidad para la gleba iletrada que, en la oscuridad de su condición paupérrima, se inquieta por ver la luz de la cultura, aunque sea en su mínima calidad.
En efecto, siendo de extracción humilde y de poca cultura, Ángel Flores al trasladarse de Culiacán a este puerto, sólo encontró acomodo entre los hombres de mar encargados de las maniobras del alijo de la carga que los barcos extranjeros traían a Mazatlán, para desempeñarse como capataz de cuadrilla de estibadores y ser conocido entre los marinos de “contrata”, los pescadores y “playeros”, con el mote de “El Cachimba” por su afición a fumar tabaco en “pipa”. Pero siendo hombre de acción, no se conformó con seguir ganando los “buenos pesos” para pagar el alquiler de las mesas del billar instaldas en “El Avante” o jugaros a la “ralluela” bajo la sombra de la “camichina” que exhibía su exhuberancia frente al edificio de la Aduana Marítima, sino que una tarde cogió el “30-30” y acompañado de tres de sus más íntimos amigos, amaneció en el vivac de los “sombrerudos” que tomaban parte en la botasilla que se había iniciado contra los “pelones” de Victoriano Huerta.
Liquidada la usurpación, Ángel Flores ya convertido en Brigadier por méritos en campaña y acuerdo de don Venustiano Carranza en su carácter de Jefe Constitucionalista, ocupó la Comandancia de la Zona Militar y luego fungió como Gobernador del Estado de Sinaloa, en donde según Luis Cantiani, “como gobernante lo hizo con mucha atingencia”.
Al iniciarse los trabajos pre-electorales para elegir a quien debiera suplir en la Presidencia al General Alvaro Obregón, prominentes políticos de la época y algunos generales jefes de Zonas Militares, invitaron al Gobernante sinaloense para que aceptara su postulación para primer Magistrado de la Nación, por lo cual el día 21 de agosto de 1923, el general Ángel Flores pidió su retiro del ejército y se dirigió al pueblo mexicano, haciéndole conocer su determinación de luchar para obtener la elección de Presidente de la República, dando origen para que se organizaran Clubes y Partidos Políticos que apoyaron su postulación.
No obstante, al estallar la revolución encabezada por don Adolfo de la Huerta, el general Flores suspendió su campaña política el día 30 de agosto del año mencionado, para reanudarla el 23 de marzo de 1924, en que lanzó un manifiesto a la Nación, dando a cnocer su plataforma política, a la vez que convocaba a los dirigentes de los partidos que lo postulaban para que se reunieran el 29 de abril en el Teatro Principal de la ciudad de México en un Congreso Plenario para discutir el Programa propuesto y designar a quienes debieran dirigir la campaña electoral, resultando electos para tales cargos Luis Cantiani, el lic. Francisco Jiménez Rúa y el ing. Gustavo Hurtado Méndez, en carácter de Presidente, Secretario y Tesorero. A propuesta de la Delegación de Chihuahua, fue electo como candidato a la Presidencia de la República el general Ángel Flores, que inició su gira política por el país el día primero de mayo del año referido y la dio por terminada el 28 de agosto mediante una manifestación que partiendo de la Estación de los Ferrocarriles Nacionales, siguió por Puente de Alvarado, Hidalgo y 5 de mayo hasta llegar a la esquina con Monte de Piedad, en donde tomaron la palabra los directivos de la campaña afirmando que “la fuerza política y la popularidad ya confirmada durante la gira, colocaban al general Ángel Flores, en el baluarte que no podrían destruir los designios oposicionistas de los generales Obregón y Calles”.
Terminada la gira política, el general Ángel Flores realizó un viaje de estudio por varios países del Continente Europeo, para volver a Mazatlán el 29 de abril de 1925. en efecto, a las primeras horas de la mañana, cesó el ajetreo de lancheros, estibadores y choferes que transportaban la “copra” de los barcos surtos en la bahía hacia las bodegas de las fábricas de aceites vegetales, para permitir que las “aplanadoras” plancharan el asfalto que las cuadrillas de estibadores estaban distribuyendo a “punta de pala” a lo largo y ancho de la calle del “Arsenal”, hoy Venustiano Carranza, para que a las 6 de la tarde fuera recorrida a pie por el general Ángel Flores, para declararla en servicio para peatones y vehículos; y ser la primera calle pavimentada que se conocía en Sinaloa.
No obstante que la prensa periódica vaticinó que en elecciones “limpias” el general Ángel Flores superaría al general Calles, el día 27 de septiembre de 1925, la Cámara de Diputados declaró Presidente electo de la República, al “Hombre Fuerte de la Revolución” quien 5 días después; o sea el 3 de octubre del año referido, salió en viaje de placer a Italia y Alemania.
Por su parte el general Ángel Flores después de vivir en la ciudad de Culiacán hasta el 3 de marzo de 1926, volvió a Mazatlán en donde murió el día 31 del mismo mes y año.
A solicitud de familiares y amigos del general Ángel Flores, el Agente del Ministerio Público del fuero común de Culiacán, abrió una averiguación para esclarecer si, como decían los denunciantes, el general había muerto por envenenamiento, resolviendo los peritos químicos que las vísceras del ameritado militar contenían arsénico y estaban semi deshechas.
Y… para perpetuar el recuerdo del ilustre desaparecido, el Ayuntamiento le impuso su nombre a la calle que motiva este comentario, al jardín que se localiza por la calle Hidalgo y Serrano; y por su parte, la Dirección de Educación Pública del Estado, erigió una estatua en Culiacán y le impuso su nombre a una Escuela en este puerto.
 
Carlos “Chale” Salazar Cordero
Album del Recuerdo Año 1984

 

 

 

El Gral.Angel Flores al trasladarse de Culiacán a este puerto, sólo encontró acomodo entre los hombres de mar encargados de las maniobras del alijo de la carga que los barcos extranjeros traían a Mazatlán, para desempeñarse como capataz de cuadrilla de estibadores y ser conocido entre los marinos de “contrata”, los pescadores y “playeros”, con el mote de “El Cachimba” por su afición a fumar tabaco en “pipa”. 

 
 
 
Para perpetuar el recuerdo del ilustre desaparecido, el Ayuntamiento le impuso su nombre a la calle antes Guelatao, que, de oriente a poniente parte en dos a Mazatlán.
 
 
 
A la memoria de “El Largo” Cevallos
 
 
Allá por la década de los años 20’s alguna de las Presidencias Municipales de Mazatlán dotó a la policía con un sencillo pero vistoso y elegante uniforme, quizás el único vistoso y elegante que haya habido en la región: pantalón y filipina de kaki con botonadura e insignias doradas, grado militar en e antebrazo izquierdo, casco forrado con kaki, con la placa de policía al frente, cinturón negro del que pendían una macana corta y un revólver; y de uno de los ojales de la chaqueta filipina salía una cadena dorada que, introduciéndose en la bolsa izquierda del pecho, contenía el silbato. Quizás era una imitación de la policía de San Francisco, California o quizás de la de Londres, Inglaterra. Era una imitación que a veces “pegaba” y a veces no, según la presencia del portador, pues dicen que “aunque la mona se vista de seda, mona se queda”. Por lo del casco, los muchachos les silbaban a los policías de Mazatlán aquella canción que decía: “Ay bombero, ay bombero, échame agua porque me muero…”
En aquella ya lejana época, el sistema de vigilancia de la policía de Mazatlán usaba lo que llamaban policía de punto, que consistía en designar una zona a un gendarme, el cual recibía la inspección y órdenes de su superior -que era un Cabo montado- en determinado punto de la ciudad. El policía. El policía recorría constantemente su demarcación, al mismo tiempo que su Cabo inspeccionaba frecuentemente la zona que le asignaban. En esa forma, ningún lugar del puerto quedaba desamparado por la policía, cuyos componentes, más que nada eran unos vigilantes. A fuerza de ver el gendarme de punto en el barrio, los del mismo lo llamaban “vecino”.
Eran muchos los servicios que prestaban a la colectividad, uno de ellos, el de acompañar en la noche a la persona que así lo requiriera, principalmente mujeres. Esta compañía se hacía en forma de relevos, es decir, la persona acompañada era entregada del policía de la zona vecina y así sucesivamente, hasta que llegara a donde iba.  No era éste un servicio solicitado frecuentemente, quizás por la paz y orden en que se vivía entonces, pero siempre estaba vigente.
Cuéntase pues que una noche de Navidad una joven sirvienta, después de servirles a sus patrones la cena de Noche Buena, se dirigió a su casa ella sola y su alma. Comprendiendo ella que no estaba de mal ver, pero más que nada que su padrastro la acosaba desde hacía algún tiempo con proposiciones poco honestas y se comedía con frecuencia ir por su “hija” a donde trabajaba, la muchacha, en previsión de ello, buscó la protección de la policía. Al pasar frente al Teatro Hidalgo (que estuvo situado por la calle 21 de marzo, entre las calles de Guillermo Nelson y 5 de mayo, allí frente a donde ahora está el sitio de automóviles Ericsson) encontró uno que consideró era gendarme, dada la indumentaria que llevaba puesta, por lo que inmediatamente le dirigió la palabra y le pidió que por favor la acompañara hasta su domicilio y le dijo que si él no podía solo, que buscara ayuda de algún otro policía.
Con flemática actitud, aquel tipo bien uniformado se negó rotundamente a acompañarla contestándole a la fámula que él no estaba especialmente interesado en esos momentos de la madrugada en acompañar señoritas a sus hogares, y menos en noche tan Santa como es la Navidad y mucho menos aún con ayuda de un “vecino”, “a quien el puedo asegurar –le dijo el impecablemente bien vestido personaje- no necesito para nada”.
De allí en adelante no sabría yo decir qué pasó sobre el caso, pero el caso es que hechas las averiguaciones, se supo que aquél señor a quien la sirvienta le había solicitado que la acompañara a su casa no era policía, sino que era nada menos que Mr. George Watson, entonces fungiendo en Mazatlán como Cónsul del Reino Unido de la Gran Bretaña y gustaba vestir filipina y casco inglés, bigotes muy “almidonados”, luciendo mucha prestancia en su figura que delataba lo que era: un inglés y persona muy estimada y admirada en este puerto.
Casos y cosas que no tienen caso, pero que en aquella época no dejaban de comentarse y por insignificantes que fueran, trascendían y eran comentadas con interés, tal como lo hacía “El largo” Cevallos en su leída columna intitulada “insignificancias Trascendentales” que publicaban el diario “El Demócrata Sialoense” en esos tiempos, fuera cuento o fuera suceso.
 
RAFAEL REYES NÁJERA (Kid Alto)
 
El 24 de diciembre de 1980, cuando apenas empezaba el día, en Mazatlán corrió apresuradamente la noticia de que había fallecido Rafael Reyes Nájera, Kid Alto.
Habiendo estado enfermo por largo tiempo, la noticia del deceso de Kid Alto no sorprendió a muchos, pero si llenó de tristeza a quienes fuimos sus amigos.
Dos o tres veces, antes de que sucumbiera, Kid Alto había sufrido ataques al corazón y finalmente, el último se lo llevó a la tumba.
Año con año, al celebrarse el aniversario de su muerte, ha sido recordado por quienes guardamos por e destacado cronista deportivo un manifiesto afecto, una entrañable estimación.
Esta vez, para hacer memoria al amigo y colega que se nos adelantó en la partida final, se seleccionó un artículo que Kid Alto escribió e una revista que editamos entre los dos en 1949, con motivo de la celebración en Mazatlán del XVIII Campeonato Nacional de Básquetbol Varonil de Primera Fuerza, publicación que ya destrozada por el tiempo (ese interesante torneo se efectuó del 21 al 28 de marzo de 1949), conservo aún porque ahí están en una de sus páginas, fotografía y dedicatoria de Rafael Reyes Nájera.
En el artículo que usted verá a un lado de estas líneas, Kid Alto habla del sensacional triunfo que obtuvieron los basquetbolistas del conjunto SCOP (Secretaría de Comunicaciones y obras Públicas) sobre los bomberos, entonces integrado por la esencia de los mejores jugadores del baloncesto en México.
Dispóngase, pues, a rememorar aquellos tiempos que se consideran como los de la época de oro de la vida y del deporte en Mazatlán.
 
AQUÉL TRIUNFO GLORIOSO DEL SCOP
 
Mazatlán amaneció vestido con sus mejores galas esa mañana.. de la Loma Atravesada a la Aduana y desde el Astillero a Olas Altas, el ambiente estaba saturado de un entusiasmo grande, pocas veces visto… pero era que los mazatlecos esperaban para ese día el arribo de la Delegación Deportiva Mexicana que regresaba triunfante de Cali, Colombia… aquí desembarcaría la crema y nata del deporte nacional y nada más natural que nuestro raquítico ambiente deportivo mostrara una efervescencia grande… la Aduana Marítima se vio invadida de gente, nuestras autoridades en masa, lindas muchachas porteñas, todas ellas portando flores, serpentinas y confetis, esperaban el arribo del barco… por fin, tras largas horas, al filo del medio día, entró a la bahía aquél navío… el entusiasmo se acrecentó, pero eso fue nada, comparado cuando los lanchones fueron trayendo, uno a uno, a todos los atletas de nuestra Delegación ¡…Los aplausos, abrazos, confetis, serpentinas, inundaron el espacio… y luego el desfile!... Mazatlán contempló lleno de admiración, a aquellos gallardos atletas mexicanos, desfilando por sus calles… y naturalmente, tributó cálidas ovaciones a los deportistas que regresaban cubiertos de gloria…
 
EL BOMBEROS
 
Entre aquellos grupos atléticos que desfilaban por las calles porteñas,, iba el campeón nacional de básquetbol; el gran Bomberos, equipo que regresaba invicto de Colombia… ahí iba la Calavera Gómez, Agustín García y también el Viejo Rojo de la Vega… Mazatlán ard&iaiacute;a entonces en la fiebre de oro del deporte de las canastas… se acababa de coronar monarca local el Muralla…también se estaba formando el SCOP… y vino la invitación, nuestros directivos pidieron al jefe de la delegación, el general Juan Arévalo Vera, permitiera actuar al Bomberos… hubo sus dificultades pero al fin accedió… y vimos al Muralla caer abatido ante los flamantes monarcas nacionales y triunfadores de Colombia… y hubo otro juego, ahora con el recién formado SCOP del Ing. Lira… y aquí se escribió la página más brillante en la historia de nuestro Básquetbol… los humildes mazatlecos, jugando con un corazón grande, doblegaron al gran Campeón, al invicto Bomberos, con un marcador elocuente, demasiado elocuente, de 42-21… Mazatlán se cimbró en sus cimientos con la victoria ¡…Hubo locura inmensa!... Gato Félix, Pepe Vega Millán, Negro Gurrola, Juan Pedro Rousse, Jorge Zataráin, Julio C. Aguilar, Ramón Márquez, Perdón García, Rafael B. Fernández, todos ellos salieron en hombros de nuestros aficionados… y así se escribió ese triunfo glorioso del SCOP… ahora cuando se habla de básquetbol, tiene que hablarse de aquella hazaña del equipo del Ingeniero Lira… y se habla, porque es la proeza más grande, más gloriosa, de nuestro deporte ¡..Después de once años, todo Mazatlán recuerda esa memorable tarde… la tarde gloriosa del SCOP…
 
Carlos “Chale” Salazar Cordero

Álbum del Recuerdo 1985

 

 

 

 

 

 
 
 
 
 
Las brevísimas dilaciones que hacemos en nuestras tareas diarias, son para dos cosas íntimas: robarle inspiración a la tristeza tocando un vals de épocas lejanas o hundiéndonos en un mar de meditaciones, evocadoras del pasado; pero en las dos formas quedamos con el alma herida, dándole a nuestra juventud un adiós lleno de melancolía, pues no hay nada más penoso que sentirse viejo.
Sonriente y alegre como es Luciano “Chano” Gómez Llanos nos narra esto:
Así como me ven de optimista, llevo por dentro la angustia de mis recuerdos, hechos de muchos años que van quedando a distancia presente, aunque haciendo a un lado todo eso, me dispongo a improvisar esta narración para Album del Recuerdo, en premio a los merecimientos de Chale Salazar, de quien no se cómo expresarme, para dar a entender que es como somos quienes vivimos del periodismo, un apasionado de la vida bohemia.
Fue en el año de 1940, por estos meses, cuando estalló la segunda guerra mundial; y el presidente Manuel Avila Camacho, declaró al país en estado de eso mismo.
Vino una comisión de Senadores, entre quienes estaba Modesto Antimo, para dar a conocer el decreto en que se establecía el servicio militar nacional; y como entonces teníamos felizmente veintiocho años de edad, no hubo más que causar alta en las filas, llegando a obtener el grado de Capitán Primero; yo mandaba una compañía del Segundo Batallón de Infantería, improvisándose a la vez otros, pero siempre hubo diferentes entre ellos, pues todos querían ser mejores.
Entre las diversas corporaciones, se organizaban desfiles, simulaciones de combates, competencias, ceremonias diversas, etc., y en todos esos actos, se notaba la pugna que en cierta forma, era admitida por los jefes.
Todavía recuerdo entre mis compañeros oficiales a Francisco Elorriaga Olave, Alejo Sánchez, instructor de Educación Física, profesor Joaquín Amparán Cortés, Juan Eduardo Llausás Ahumada, Herlindo López Gil, sargentos Félix Gutiérrez Naranjo, instructor Jesús Guerra Gallo, Eugenio Damy Barraza, Rubén Saracho Romero, Alfonso Fájer y otros.
Nuestro campo de entrenamiento era Olas Altas. Y por lo mismo se decía que nosotros pertenecíamos a los de la sociedad, pues los restantes se adiestraban en otros sectores menos céntricos, pero en realidad todos éramos soldados.
Eso pasaba entre nosotros, pero al mismo tiempo se formó el Cuerpo Voluntario de Bomberos, por iniciativa del dinámico doctor Olavo Corona y como la mayoría de los niños bien, siempre trataron de eludir el servicio de las armas, prefirieron acogerse a esa especialidad, donde estaban los Haas, Patrón, Díaz de León, Fojo, Coppel, de Cima, Careaga, Gómez Rubio, etc., quienes desde luego usaban uniformes de mejor clase y más vistosos que cualquiera de los nuestros.
Se decía que el Batallón fulano, era así o asado; que el otro tenía éstos o aquellos defectos, que éste no servía para nada, que aquél quién sabe qué; y así, sucesivamente, pero cuando se referían a los Bomberos, la mayor ofensa que podían hacerles era decir que esos marchaban con piano; y efectivamente, nunca supieron qué era un toque de corneta, ni siquiera les dio el olor a humo, pero a pesar de todo, algunos de ellos fueron condecorados con medallas al mérito; y dicen, que hay quienes la tienen en un marco, como un trofeo, en la sala de sus residencias.
 
Y algunas cosas más…
Muchos incidentes de índole internacional ha vivido Mazatlán en sus pocos años de vida, habiendo sido ocupado el puerto por fuerzas extranjeras en los años 1847-48 y 1864-66.
El 17 de febrero de 1847, una goleta de matricula norteamericana efectuó desembarcos cerca de las playas conocidas hoy como “Las Gaviotas”, con el pretexto de lograr víveres, matando a balazos las reses que encontraron.
En este mismo año, las corbetas norteamericanas “Slam” y “Porstmouth”, bloquearon el puerto y lo ocuparon el día 13 de noviembre, evacuándolo hasta el mes de marzo de 1848. el coronel Rafael Téllez, jefe de la Guardia Nacional, se levantó contra Santana y no hizo la defensa del puerto, huyendo rumbo a Durango, pero fue detenido en Copala por el comandante militar, capitán Isidro Arellano.
El 5 de enero de 1859, la fragata de guerra inglesa “Alarm”, capturó en la bahía de Mazatlán al pallebot nacional “Iturbide”, armado de guerra por los constitucionalistas, para hostilizar el puerto y bloquearlo con otras embarcaciones. Se tomó como pretexto que el “Iturbide” disparó sobre la ruta del barco belga “Bravo” que procedía de Piaxtla y trataba de entrar al puerto contra la prevención del jefe de la escuadra mexicana.
En agosto 9 de 1859, el juez de Distrito, don Pablo María Rivera, embargó efectos propiedad del vice-cónsul John Kelly, por causas de contrabando, sellando las puertas del almacén en el que también había pertenencias del gobierno inglés. Kelly elevó una queja y el gobierno mexicano contestó que el juez estaba en su legítimo derecho para perseguir a los contrabandistas de acuerdo con nuestras leyes y asegurando que, indudablemente, no fue intención del juez ofender las armas de su majestad británica, puesta en la puerta de la casa del vice-cónsul, donde también se encontraba el contrabando.
En febrero 28 de 1860, el comandante de la fragata inglesa “Amethist”, exigió una satisfacción pública en el periódico oficial, un saludo de 21 cañonazos al pabellón inglés y una indemnización al vice-cónsul John Kelly por los procedimientos empleados por el juez de Distrito. El gobierno mexicano dio la satisfacción pedida e hizo el saludo a la bandera en los términos exigidos por el comandante del “Amethist” y dejó pendiente la indemnización, causando muy mala impresión en el pueblo esta debilidad de las autoridades ante la amenaza de los cañones ingleses.
En junio 12 de 1860, un oficial de alta graduación de la fragata “Amthist” y un grupo de marineros de la misma nave inglesa, fueron sorprendidos llevando piezas de oro y plata que pretendían sacar de contrabando. Se inició un juicio contra los detenidos y antes de que éste concluyera, la fragata británica levó anclas el día 16 del mismo mes y año, desapareciendo con las “ratas güeras” que estaban siendo enjuiciadas por aquél delito.
En julio 24 de 1860, el comandante del buque inglés “Pylades” exigió al gobierno mexicano una reparación por el artículo del señor Miguel Retes publicado en la “Opinión de Sinaloa” contra los actos de piratería de la marina inglesa, pidiendo que se hiciera una apología pública de la Marina Británica.   Pero estando frescos en la memoria de todos, los hechos cometidos por los marinos ingleses que no tuvieron escrúpulos para faltar a la dignidad y cometer injusticias y opresiones, el gobierno contestó que aprobaba el artículo del señor Retes y que éste sería removido de su puesto de Prefecto para que respondiera a los cargos que resultaran.
En marzo 26 de 1864, la corbeta de guerra francesa “La Cordelliere”, fondeada en la bahía de San Félix (después conocida como bahía de Puerto Viejo), disparó hacia las playas, sin causar daños, pero en cambio, pocos días después, una sola pieza de la artillería mexicana, manejada por el coronel Gaspar Sánchez Ochoa, contestó el fuego con tan certera puntería, que le causó serios daños a la nave gala, teniendo que irse a refugiar “La Cordelliere” detrás de las Tres Islas.
En noviembre 12 de 1864, el comandante de la división naval francesa L. Kergrist, desde a bordo de la fragata de vapor “D. Assas”, notificó al gobierno que desde el siguiente día quedaría establecido el bloqueo del puerto, empezando el mismo día las hostilidades contra Mazatlán. Por el rumbo de la Loma Atravesada se encontraba listo el traidor Manuel Lozada, con un contingente de tres mil hombres “tepiqueños” bien armados para atacar a los republicanos que comandaba el general Antonio Rosales.
 
Carlos “Chale” Salazar Cordero
Album del Recuerdo año 1973
 
 
 
 
 
Para que lo sepan los mazatlecos que no… y lo recuerden los que sí… les diré que en 1902 de un barco en tránsito que llegó al puerto fue bajado un pasajero que trajo la Peste Bubónica. Se dijo entonces que el sacerdote que lo confesó dio aviso a Sanidad; pero no le hicieron caso, pues decían que en los climas cálidos como el nuestro no prosperaba esa enfermedad, pero la señorita Antonia León, miembro de una muy conocida familia, al ser la primera víctima que cobró la peste, se encargó desgraciadamente de demostrar lo contrario.
En aquella época lejana, el ejército para cubrir sus bajas o quedar bien su mandamás con don Porfirio Díaz, inventaron el sorteo de la bola negra, para que aquellos varones mayores de edad que les tocara la dichosa bolita fueran a dar al cuartel. Los primeros paisanos agraciados fueron Teodoro Zazueta, Dionisio Morán, Juan Gárate, Cecilio Sevilla, Domingo Félix y Elpidio Osuna, nada más que éste último se salvó al incorporarse a la tropa de don Justo Tirado.
En 1883, al finalizar el mes de agosto, azotó a Mazatlán la Fiebre Amarilla, llevándose a la Diva Ángela Peralta, cuando apenas iba a debutar en el Teatro Rubio (llamado así en honor del Vice-Presidente Romero Rubio), conocido después como Teatro Ángela Peralta, nombre con el que llegó hasta nuestros días ese derruido edificio por la calle Carnaval, cerca de la Plazuela Machado (hoy Francisco I. Madero).
En 1867, por primera vez, Mazatlán conoció el alumbrado de Gas y en 1900 ésta ciudad participó con un stand en la Exposición de París, con productos elaborados en la región, obteniendo los participantes once medallas y diplomas de los cuales, 6 fueron para el mezcal, 2 para la cerveza, uno para el vino de tecomate (aquí entre nos, muy sabroso y buenísimo para la tos de garrotillo) y 2 para los cigarros de “torcer” o de “uña”.
En 1896, la Tesorería Municipal salió tronada con $3,783.62 al gastar en el año $229,257.34 y solo recaudar en impuestos $225,473.72, provocándose un escándalo entre los habitantes de Mazatlán.
En 1901, hubo una escasez de maíz, por lo que los acaparadores se pusieron las botas cobrando el saco a $3.80 ante la protesta de las amas de casa.
En el año de 1897, don David Urrea sugirió que se bautizara una calle del puerto con el nombre de José María Canizales en honor del jefe de la primera familia que se estableció aquí. 21 años después, don Juan María Ramírez le recordó esta iniciativa al Ayuntamiento ya que él fue el primer Recaudador de Rentas al contar Mazatlán con más gente.
Existían en aquél entonces una serie de cerros siendo los más conocidos el de la Nevería (nombrecito que según don Panchito Guevara, le fue adjudicado porque en sus faldas existió un depósito donde se guardaba el hielo traído de otros lugares), el del Vigía (por ser el lugar en donde anunciaban la llegada de los barcos mucho antes de arribar al puerto, con unas banderas que colocaban en un mástil situado sobre la azotea de un edificio actualmente en ruinas y que albergaba al Observatorio Meteorológico), el del Crestón (donde está el Faro), Los Chivos (casi desaparecido al prestar su material a los rompeolas y que estaba donde hoy anclan las flotas deportivas entre el Crestón y el Vigía) y el de Las Calaveras (por haber en sus faldas un panteón que desapareció para dar paso al parque y escuela Ángel Flores y a la serie de casas que están frente a dicha escuela y que por un tiempo fue la Plaza de Toros Rea).
De acuerdo con los datos que aparecen en el Directorio Mercantil, Industrial, Fabril y Profesional, editado por M. Retes y Cía., y obsequiado por la Empresa de Alumbrado Eléctrico y Teléfonos, en 1897, el Municipio de Mazatlán tenía 33,208 habitantes, de los cuales 14,856 vivían en el puerto. Sus límites (del puerto, claro) eran al Norte la calle Fortín, al Sur la calle Reforma, al Oriente la calle Casa Mata y al Poniente Olas Altas y calle Peñuelas.
Sus calles de aquél entonces eran, empezando de Oriente a Poniente:
Casa Mata (hoy General Francisco R. Serrano)
Iturbide (hoy General Francisco Villa)
Rosales
Camichín (hoy Dr. Martiniano Carvajal)
Barrio Nuevo (hoy Teniente José Azueta)
De los Cocos (primero Porfirio Díaz y hoy Aquiles Serdán)
Puente (hoy Lic. Benito Juárez)
Arenal (hoy General Guillermo Nelson)
Puerto Viejo (hoy 5 de Mayo)
Carnaval
Tacuba (hoy Heriberto Frías)
Principal (hoy Belisario Domínguez)
Campana
Arriba (hoy Cadete Virgilio Uribe)
Peñuelas
Sacrificio (hoy Niños Héroes)
Arsenal (hoy Venustiano Carranza)
Venus y
Olas Altas
De Sur a Norte:
Reforma (hoy Romanita de la Peña de Careaga)
Diana (hoy Baltasar Izaguirre Rojo)
Libertad
Ciprés (hoy Hermenegildo Galeana)
Astillero (hoy Vicente Guerrero)
Del Oro (hoy Sixto Osuna)
Recreo (hoy Constitución)
Céres (hoy Mariano Escobedo)
Vigía (primero Guelatao y hoy Ángel Flores)
Faro (hoy 21 de Marzo)
Pedregoso
Compañía
San Germán (hoy Leandro Valle)
Francisco Cañedo (hoy José María Canizales)
Nueva (hoy Melchor Ocampo)
Febo (hoy Genaro Estrada)
Hidalgo
Morelos
Tiradores (hoy Zaragoza)
Duranguito (hoy Luis Zúñiga)
Fortín (hoy Alejandro Quijano)
La Empresa que proporcionó este Directorio como antes dije, fue la de Alumbrado Eléctrico y Teléfonos, propiedad de mi gran amigo Arturo de Cima y estaba instalada en un céntrico edificio de dos pisos cuya fachada era muy vistosa; pero que por razones ignoradas nunca se enjarró y sus paredes mostraron los ladrillos pelones.
Cuando los mazatlecos se peleaban y después de un entre de guamazos no se ponían de acuerdo, se iban a los bufetes de los licenciados Francisco Alcalde, José Alfaro, Eduardo Andrade, Francisco Labastida y Andrade, Alejandro Buelna, Ladislao Gaona, Alberto Iriarte, Antonio Murúa Martínez, Daniel Pérez Arce, José Pérez Gómez y Pedro Quiñónez, en donde, muchas veces, limaban asperezas.
Para ir a misa los domingos, bailes o entierros, los ricos de entonces por no saber que algún día habría rasuradotas eléctricas o Gillette, acudían a rasurarse con Inocente Aguirre, Pablo Aguirre, Ruperto Gómez, Pilar García, Arcadio Hernández, Francisco Casillas, Magdaleno Coronado, Aurelio y Catarino Cortez, Julio Minjarez, Adrián Monteón, Ramón Morillón, Ángel Peinado y Francisco Quevedo. Como ustedes notarán y aún cuando en ese entonces ya se acostumbraba elegir Gobernadores, eran muy pocos los barberos.
Los encargados de atornillar inquilinos con la renta de las casas eran Manuel Gómez Flores, Enrique Linares, Jesús Muñoz, Francisco (Paco) Piña y Joaquín Sánchez Hidalgo.
Para que los patasaladas de la época pudieran refrescarse el gaznate y echar la platicada, estaban las barras de “La Colmena”, “La Fortuna”, “Neptuno”, “El Progreso”, “La Puesta del Sol” y “La Veracruzana”, en donde una cerveza o copa de tequila costaba 10 centavos y una copa de mezcal 5 centavos. Si se les acababa la lana, pues acudían a “El Huracán” de Régulo Barreda; “El Muelle” de la señora Massú; “La Paz” de Norberto Gutiérrez; “El Número 2” de Matilde Montelongo y “El Pájaro Verde” de Heliodoro Vargas. Todas estas eran las casas de empeño como se pudieron imaginar, aunque tenían nombre de cantina.
Los que podían manejar por puños el oro y la plata, desde luego que no visitaban estas casas, pues sus operaciones monetarias las hacían en el Banco Nacional de México, Casa Melchers Sucesores, Echeguren, Hermana y sobrinos; o a Wohler Bartining y Cía., únicos establecimientos bancarios que no admitían ni siquiera fiscalización del gobierno.
Quién sabe cuántos mazatlecos pudieron ver el famoso rayo verde en Olas Altas o jalar la tambora en Carnaval, gracias a las hábiles intervenciones de doña Hilaria Maldonado de Díaz, doña Catalina Ochoa, doña Virginia Reyna o doña Luisa Olave, parteras de aquella época.
Los encargados de desburrizar a la chaviza de entonces eran los maestros Eduardo Betancourt, Carlos Ferrer, Juan Puga, Clotilde Allison, Enriqueta Aparicio, Silvestre Cruz, Aurelio Enciso, Virginia Gama, Justina Lemus, Antonia León, Trinidad León, Gumersindo Lozano, Guadalupe Martínez, Luz Mendarósqueta, Victoria Noris, Mauricio Oria y Teresa Villegas, a quienes después de llegar procedente de Colima, se les unió el Profesor Diego Peregrina.
El Mercado José María Pino Suárez que nació como Mercado Romero Rubio en la Fundición de Sinaloa, entre 1896 y 1901, costó al pueblo mazatleco la enorme cantidad de $179,920.81 (lo que costaría ahora uno de sus pilares).
El carácter de bochinchero que siempre ha distinguido al mazatleco, tuvo su contribución en don Jacobo Lang, súbdito alemán que tuvo la ocurrencia de fundar la primera cervecería del puerto, en la cuadra formada por las calles Puerto Viejo (5 de Mayo), Principal (Belisario Domínguez), Duranguito (Luis Zúñiga) y Fortín (Alejandro Quijano), precisamente donde actualmente están las bodegas y oficinas de la Superior y más antes estuvo la Coca Cola.
El agua potable la recibimos del río Presidio desde Peña Hueca, a partir de 1890.
Las rajas de ocote fueron sustituidas por las velas de sebo y esterina las que a su vez agarraron monte al aparecer los quinqués o lámparas de petróleo, los que a su tiempo también les dio “jonda” don Arturo de Cima, al inaugurar el 6 de Mayo de 1895, la luz eléctrica.
La carne nos la proporcionaban José Felipe y Luciano Gómez Llanos, quienes junto con Alejandro Gil se encargaban de tumbar a las vacas, toros, cochis y unos cuántos piochudos (chivos) que en el mercado se encargaban de disfrazar de borregos.
Y hasta pronto.
 
Carlos “Chale” Salazar Cordero
Álbum del Recuerdo Año 1986
 
 
 
 
 
 
 
Mazatlán ha tenido muchas épocas románticas y de ellas brotaron muchos elementos con vocación de artistas. Uno de ellos es David Salas, un muchacho que surgió en 1948 en la radio de la localidad, cuando tomó parte en un concurso de aficionados que patrocinó la Cervecería del Pacífico, siendo el director artístico el pianista Salvador López Sánchez.
En esa justa radiofónica participaron 72 elementos, de los cuales quedaron siete finalistas, entre los cuales se contó a Lucila Beltrán Ruíz (Lola Beltrán) y David Salas, habiendo obtenido el primer lugar Juan Osuna, el segundo José Martínez Casado y tercero Teresita de Jesús Parra.
David Salas quedó eliminado, pero el gerente de la radiodifusora XERJ, señor Rafael Elizalde, le propuso que fuera a pasar algunos programas, pues lo consideró buen elemento dentro del canto. Contratado con un sueldo de $2.00 (dos pesos) por cada programa, David Salas empezó su carrera cantando los días lunes, miércoles y viernes de cada semana, gustando mucho su intervención pues en ese entonces las canciones románticas estaban de moda y Salas interpretaba las melodías llenas de romanticismo, acompañándose de su guitarra. Recuerdo que en la rúbrica de su programa, David comenzaba su intervención cantando así: “Una noche pálida y bella, llena de estrellas, me enamoré…”.
Había fiebre entonces por lograr cantar en la radio. Otros elementos jóvenes siguieron los pasos de David salas y lograron contratos en XERJ, contándose entre ellos a Manuel López (Juan de Palma), Teodoro Martínez (El Gi6tanillo), Nacho Velázquez, María Díaz, Mario Astorga, Felipe Villafaña, Chela Antimo y Lucila Beltrán Ruiz, ésta última que después lograra fama cantando rancheras y ser conocida y admirada como Lola Beltrán, hoy todavía en el pináculo de la gloria artística.
Juan de Palma cantaba melodías españolas, El Gitanillo, acompañándose también por su guitarra, le hacía a lo romántico, Mario Astorga cantaba tangos muy en boga acompañado por el piano de Salvador López Sánchez y maría Díaz, Chela Antimo y los demás, igualmente eran acompañados al piano por el profesor López Sánchez y la verdad cada quien en su estilo, todos eran muy buenos. Los muchachos ponían mucho empeño al interpretar sus canciones y el público de Mazatlán y partes aledañas, estaban muy pendientes de sus programas. Siendo la época de cuando triunfaban en la capital de la República Lupita Palomera, Chela Campos, María Luisa Landin, las Hermanas Águila, Toña La negra, Fernando Fernández, Emilio Tuero, miguel Aceves Mejía, los Hermanos Martínez Gil y tantos más que cubrían los programas estelares de la radiodifusora XEW (La Voz de América Latina desde México)era natural que los incipientes cantantes de Mazatlán se hicieran ilusiones de llegar algún día a Ayuntamiento 34 y codearse con las figuras señaladas más arriba que llenaban las salas de proyección radiofónica de la XEW.
Una vez que David Salas se dio a conocer en Mazatlán, cuando ya estaba hecho un profesional en la carrera artística e identificado con los micrófonos, quiso salir a la aventura, a buscar mejores aires y oportunidades. Se fue de viaje hacia la frontera norte, legando a Mexicali y presentándose a la estación XEAA Radio América, pidió una oportunidad… y se la dieron. El señor Francisco King, oriundo de Culiacán y dueño de la radiodifusora, le hizo una prueba y le dijo que iba a pasar un programa grabado al aire a las ocho de la noche y que él lo iba a escuchar en su casa. Al día siguiente fue a ver David Salas al señor King, comunicándole éste que le había gustado y que iba a conseguir quienes patrocinaran su programa, logrando publicidad de Zapatería Dixie, Florería Lolita y tienda de ropa Escamillas, por lo que lo firmó para que trabajara de lunes a viernes a las diez de la noche, firmado por un sueldo de $300.00 (trescientos pesos) semanarios, durando seis meses el programa porque Salas quiso irse a Nogales, Sonora, a probar también fortuna.
Llegando a esa ciudad fronteriza al norte de Sonora, David Salas se puso en actividad, vendiendo él mismo una serie de programas que pasaron por la radiodifusora XEHP, mismo que patrocinó la Distribuidora del Noroeste, concesionaria de la cerveza “High Life”, cantando al medio día las melodías románticas de moda en aquél tiempo, siempre acompañado por su guitarra y con la voz del locutor Leobardo Ibarra que pasaba los comerciales. Sus programas gustaron mucho y por lo tanto, le fue mejor económicamente, pero como ya se acercaba Navidad y debido al tiempo que tenía ausente, la nostalgia por Mazatlán se le acrecentó en su mente y decidió volver al puerto para ver a sus familiares.
Ya estando en Mazatlán (año de 1954), el señor Rafael Elizalde, uno de los más convencidos de la calidad de David Salas, fue a la casa del cantante para notificarle que estaba aquí unos agentes publicitarios de los productos “Palmolive” que quería oírlo cantar para ver si era posible darle una serie de programas en vivo a través de XERJ. Lo escucharon, les gustó su estilo y lo firmaron para que hiciera dos actuaciones diarias, una a las diez de la mañana y otra a las ocho de la noche. Había la dificultad de que el programa matutino no se pudiera llevar a efecto, pues el muchacho trabajaba entonces en la Cervecería del Pacífico, donde duró años prestando sus servicios en esa antigua factoría cervecera de Mazatlán.
Siendo las diez hora cuando Salas estaba en su empleo, parecía que no sería posible que cantara a esa hora por la radio, pero habiendo hablado con el señor Vidal León, a la sazón jefe del departamento de embotellado en la fábrica donde el cantante laboraba y habiéndole planteado la dificultad, comprendiendo lo que ayudaría al muchacho, le dijo: “mira David, yo te voy a ayudar. Te voy a dejar salir de 9.30 a 10.30 para que pases tu programa y luego te regresas a tu trabajo”. Y así, durante aproximadamente un año, ya con bastante cartel y bien encarrilado, dentro del ambiente artístico en Mazatlán, David Salas salía a vender sus programas a las casas comerciales, patrocinándolo la farmacia Sarabia de María del Carmen Sarabia, Sastrería Mendoza (El mago de la Tijera), vinos y licores Valadés, Casa Colorada, Ferretería Medrano, Cervecería del pacífico, tienda de abarrotes La Madrileña y muchos negocios más cuyos dueños estaban convencidos de que el romántico payador Mazatleco gozaba de mucha popularidad debido a su gustado estilo romántico.
Como David Salas comprendió que si se quedaba en Mazatlán no podría subir más, pensó en irse a la ciudad de México a buscar una buena oportunidad, aunque comprendiendo que la tarea sería muy difícil porque entonces el ambiente artístico en la radio estaba saturado de grandes figuras como las que señalé antes, pero aún más, porque para entonces triunfaban Pedro Infante, Los Panchos, Los Diamantes, Los Bribones, Lola Beltrán y quien sabe cuántos más que acaparaban a la XEW, entonces la cuna del éxito para todo artista de la radio.
David Salas consideró que un viaje a la capital de la República constituía un reto y que allá habría que salvar muchos escollos, pero no obstante eso, el muchacho estaba decidió a ir a probar fortuna al centro del país.
Escaso de recursos económicos, fue a ver a Ernesto Coppel Campaña, propietario de la flota de pesca Bibi, para pedirle que lo ayudara, contestándole el guasón Neto, bien rcor5dado por todos los que fuimos sus amigos, así en forma tajante ¡”No, no te ayudaré, porque tal vez cuando ya estés triunfando allá en México, ni siquiera te vas a acordar de mi”. Pero enseguida, Neto Coppel agregó: “No te creas, es broma, ¿cómo quieres que te ayude?. Salas le dijo que durante seis meses con la cantidad de $300.00 cada treinta días para estudiar canto con algún profesor. Al escuchar su pedimento, el siempre sonriente Neto Coppel le dijo: “Bueno, te voy a echar la canoa, pero cada mes mándame un recordatorio en unas cuantas palabras, no me vayas a mandar un periódico, porque no tengo tiempo para leer”.
David Salas salió hacia el Distrito federal lleno de ilusiones. Luego se puso a vocalizar con un maestro de nombre Jesús Mercado que vivía por la colonia Condesa, quien le cobraba $200.00 por mes, habiendo estudiado ocho meses y como ya llevaba una recomendación de la XERJ para Radio Cadena Nacional para que le hicieran una prueba, se fue a ver al gerente y éste lo envió con el director5 artístico Lerdo de Tejada. Como siempre sucede, ese señor estaba muy ocupado y dijo David Salas que volviera otro día. Fue varias veces a querer hablar con él, se pasaron semanas y… ¡Nunca lo atendió!. En vista de eso, Salas tuvo que regresar a ver al gerente de RCN para notificarle lo sucedido, habiéndole dicho que llevara su guitarra para oírlo él personalmente. Presentándose una noche a cantarle “Contigo a la distancia”, habiendo gustado su estilo y entonces le dieron un programa que pasaba martes y viernes de cada semana a las diez de la noche.
Así pasó el tiempo y como David Salas nunca miró un buen dividendo, optó por dar las gracias y se retiró. Pensó en retirarse definitivamente del ambiente artístico. Lo hizo, hasta que una vez oyendo que Mike Laure estaba “pegando” con su grabación de la canción “Mazatlán” de Gabriel Ruiz, se le alborotó el gusanito y fue a inscribirse en el concurso de aficionados de la XEW, en donde el maestro Juan S, Garrido le hizo una prueba y la pasó, por lo que participó en ese certamen radiofónico cantando “Mazatlán” y fue el triunfador, así es que lo mandaron a la ronda semifinal y volvió a ganar ejecutando la canción “Martha”, siendo el premio por cada programa la suma de $100.00 y un par de zapatos marca Gesesa.
Cuando participó en la ronda final, David Salas perdió. El muchacho de Mazatlán cantó “Siempre Viva” pero el que ganó fue un cantante de Veracruz, quien interpretó “Naufragio” de Agustín Lara.
A tantos años de distancia de cuando empezó con mucho entusiasmo a pulsar la guitarra y a cantar en la radiodifusora XERJ pensando en llegar a la cúspide, hacerse famoso nacionalmente y ganar miles de aquellos pesos que no estaban tan devaluados como ahora, David Salas vive en la ciudad capital y presta sus servicios en la Cervecería Modelo de México.
Carlos “Chale” Salazar Cordero

Álbum del Recuerdo Año 1985

 

 

David Salas “El Trovador Romántico” cuando actuaba en la radiodifusora XERJ. Foto tomada por “El Gordo” Enrique Abud, entonces el fotógrafo de moda en Mazatlán.

 

 

 

 

 

 

 
 
Mazatlán siempre ha sido cantera de deportistas.
Aquí se practican diferentes ramas del deporte, entre ellas la del ciclismo, habiendo jóvenes que son hoy grandes prospectos como penalistas, como los hubo hace muchos años.
Precisamente, aquí habré de recordar a algunos que se distinguieron antaño en el deporte del pedal, cuyos nombres no deberán conocer los de la nueva horneada, pero sí quienes vieron actuar a los entonces muchachos que nos brindaron grandes actuaciones en el puerto y algunos de ellos fueron a poner muy e alto el prestigio de Mazatlán en otras latitudes.
 
ARNULFO B. LUNA
 
He de poner en primer lugar a Arnulfo B. Luna, porque fue él en su juventud un gran ciclista, a quien ví competir en el malecón de Olas Altas por los años de los 20’s, llevando como rivales a otros muchachos de la talla de Ciro Vera, Alejandro “El Indio” Llausás, Manuel Cutido y otros, cuando empezó a practicarse el ciclismo en Mazatlán y las competencias se realizaban a lo largo del paseo que entonces era el de moda y Olas Altas resultaba el lugar ideal para desarrollar justas deportivas de tal naturaleza, reuniéndose cientos de espectadores que gozaban con tales eventos deportivos.
Retirado Arnulfo B. Luna de las competencias en las que peleaba por la supremacía, él se dedicó en cuerpo y alma a fomentar el ciclismo entre la juventud de esa época, dando consejos, guiando a quienes ponían voluntad para destacar en tan movido deporte. Enseguida daré nombre de jóvenes a quienes Arnulfo B. Luna impulsó en el deporte del pedal, entrenándolos y patrocinándolos para que llegaran a triunfar.
Gran deportista y altruista caballero, Arnulfo B. Luna desarrolló meritoria labor dentro del ciclismo en Mazatlán.
 
JUAN AGUIRRE ROJO
 
Durante varios años, Juan Aguirre Rojo fue un extraordinario velocista que perteneció al Club Ciclista de Mazatlán que agrupó a la flor y nata de los penalistas porteños. Durante los primeros Juegos Deportivos Nacionales de la Revolución, efectuados en la ciudad de México durante el mes de noviembre de 1941, Juan Aguirre Rojo ocupó el tercer lugar de la prueba kilómetro contra reloj, sitio muy bueno si tomamos en cuenta que hubo más de doscientos ciclistas compitiendo en tan señalada justa.
 
CARLOS ALBERTO LLAUSÁS
 
“El Gordo” Llausás, como fue conocido aquél ciclista de grata recordación, brilló a la altura de los mejores y entre las hazañas que realizó fue un viaje que hizo montando en su biciclo hacia Hermosillo, Sonora, allá cuando los caminos eran intransitables por razones ya conocidas.
 
JORGE ZUBER
 
Fue Jorge Zúber un ciclista que también merece un lugar especial dentro del apasionante deporte en Mazatlán, ya que brilló intensamente en la localidad. En Guadalajara logró lauros en pruebas de velocidad, ganando los campeonatos nacionales en el de kilómetro contra reloj y en el kilómetro scrach, efectuándose estas competencias con sólo una semana de por medio. Como se ve, Jorge Zúber dio gloria al deporte de Mazatlán a nivel nacional.
 
ALFREDO GÓMEZ MORA
 
El último baluarte del Club Ciclista de Mazatlán en aquellos tiempos en los que este grupo desarrollaba en toda su intensidad el deporte del pedal, lo fue Alfredo Gómez Mora, un joven que siempre estuvo en gran condición física. El tuvo la satisfacción de vencer al magnífico penalista Jorge Zúber en una carrera en el circuito Mazatlán – Río Piaxtla - Mazatlán. Gómez Mora fue el único ciclista mazatleco que logró derrotar a los muchachos de Culiacán en una prueba efectuada en la capital del Estado que comprendió tres etapas, obteniendo la victoria en todas ellas; y lo más admirable fue que él solo estuvo representando a este puerto.
 
GUILLERMO BAEZ
 
Un ciclista que se inició en la categoría de cuarta fuerza, invadió luego la tercera, pasó a la segunda y llegó triunfante a la primera fuerza, fue Guillermo Báez y lo extraordinario fue que no conoció la derrota en las competencias en que tomó parte en Mazatlán en todas las categorías. Guillermo Báez se fue a radicar a Tijuana, Baja California, logrando triunfar en tres carreras consecutivas en esa ciudad, retirándose del ciclismo en forma invicta.
 
ANTONIO “TOÑO” CUTIÑO
 
De la época en la que hacer deporte costaba mucho trabajo porque había poco patrocinio, destaca la figura de Antonio “Toño” Cutido, un ciclista que brilló allá por 1933 por varios años. A principios de ese año, el Club Deportivo Anáhuac organizó una carrera Mazatlán – Villa Unión – Mazatlán en la que participó él, llevando como rivales a muchachos pertenecientes a ese Club, como José Gámez, Juan Kasten, Antonio Saavedra y otros, obteniendo el triunfo Cutido y el 15 de septiembre de ese mismo 1933 en las fiestas patrias, también ganó el campeonato en el torneo de velocidad, esta vez representando al Club Deportivo Muralla, el centro social y deportivo de más fama en el noroeste de México y debería serlo en la República, pues no hay otro que haya durado tantos años, ni con el brillante historial del Muralla. Antonio Cutido, de tal manera, sigue siendo recordado como uno de los atletas que hicieron deporte pedalístico en forma precaria en el inicio de su carrera.
 
MANUEL PARRA SORIA Y JESÚS SERRANO
 
Ambos muchachos realizaron en el año de 1941 un viaje a la ciudad de México y por mucho tiempo fueron de las principales figuras del Club Ciclista de Mazatlán, para orgullo de Arnulfo B. Luna, quien siempre brindó todo su apoyo al deporte del pedal y por ello, justamente, sigue siendo considerado como el patriarca de esa rama del cultivo del músculo.
Manuel Parra Soria y Jesús Serrano brillaron en sus buenos tiempos dentro del ciclismo de Mazatlán, poniendo el ejemplo entre la juventud deportista de este puerto en aquellos años, esperando el redactor que quienes ahora se dedican a participar en eventos ciclísticos y quienes dirigen los destinos de los jóvenes ciclistas, sigan superándose para brindarles un merecido reconocimiento como corredores y como impulsores, respectivamente, del notable deporte del ciclismo en Mazatlán, tal como esta vez lo he hecho con los atletas de antaño.
 
Carlos “Chale” Salazar Cordero
Album del Recuerdo 1983
                                                       

 

  

 

 

  

 

 

 

 

 

 

 
Actualmente se opina que la mente de la niñez y la de los adolescentes es más “despierta” que los nacidos en épocas anteriores, la teníamos más “dormida” y creíamos en espíritus custodiando cuantiosos tesoros enterrados en la época del Pirata Drike; y cuando pescábamos en la “puntilla” (playa de aguas profundas, ubicada en el sur de la ciudad, que desapareció al contacto de la “civilización” convirtiéndola en bodegas, muelles, etc.), nos imaginábamos escuchar los lamentos de la Llorona clamando por sus hijos, que según afirmaban, los estranguló y arrojó al mar; y en las noches de plenilunio, cuando vagábamos por la costa, esperábamos mirar, sobre un peñasco, a alguna escultural Sirena.
Toda una cauda de narraciones y hechos sobrenaturales que escuchábamos de labios de nuestros mayores, nos tenían “escamados”; y en ocasiones, cuando pasábamos por algún lugar que se rumoraba “espantaban”, “nomás pajareábamos” la mirada, temerosos de descubrir algún duende o alguna alma en pena; revistiéndonos de valor, al recordar las aventuras de Eddie Polo y el Conde Federico en la película “La Moneda Rota”; o las aventuras de “Espartaco”; o la cinta de episodios “Las Calaveras del Terror”; o las emocionantes escenas de “Protea” y “Rocambole”, que escalaban edificios con agilidad de simios; deduciendo ahora, que el hombre y la mujer “Araña” de la actualidad, son copia fiel de aquellos personajes. Películas “mudas”, cuyas exhibiciones las mirábamos de “gorra” al brincarnos por una casa contigua al Cine Tívoli (hoy Cine Diana), dedicada en ese entonces a oficinas de teléfonos y que actualmente la ocupa el restaurant Bony’s.
No nos colábamos por la puerta del cine porque estaba custodiada, además de la portera, por el Mudo (señor mayor de edad que carecía de habla y que se dedicaba a confeccionar globos de papel) quien portaba descomunal garrote, que en ocasiones, pese a nuestra agilidad de chamacos, al alcanzarnos con tremendo leñazo, nos ponía quietos; ya que nos tiraba a “matar” por encontrarse encolerizado al no poder someternos al orden.
Si mal no recuerdo, la “pandilla”, por decirlo así, la componíamos El chato Doras; Pablo Recasen, Francisco “Panchillo” del Real, Miguel Salcido, Ignacio Cairo “Nacho”, Manuel Rodríguez (hoy apodado “Carteles”), Otilio Cabello, Murúa y Arteche (no recuerdo sus nombres) mi hermano Eduardo (q.e.p.d.) y quien esto escribe en colaboración para Chale Salazar; Luis Félix Rivera.
Esa tarde que nos dirigíamos a pescar, nos encontramos con “El Ferruco” (q.e.p.d.), señor que comerciaba con artículos de segunda y “checos”; y como nosotros éramos sus mejores proveedores, nos pasó la noticia que en el MEXICO (barco que se encontraba varado en el estero a la altura donde desemboca la calle Zaragoza, al oriente). Rumorándose que en él “espantaban” al vagar por su ya oxidados compartimientos, legiones de almas en pena. Estaba “picado” el pargo y la curvina; circunstancia que nos alentó y en lugar de ir a la “puntilla” a pescar mojarritas, cambiamos de rumbo. Cuando llegamos Nacho Cairo, Miguel Salcido, Francisco del Real, Manuel Rodríguez (hoy “Carteles”), el Chato Doras y un servidor), estaba la marea alta y a nado, llegamos al barco.
Se vino la noche y nada que pescábamos pargo o curvinas, lo que anzueleabamos eran botes; y estos, los tirábamos. Pero como la pesca se compone de cuerdas, carnada y… mucha paciencia, esperamos.
El chasquido de moluscos emitiendo sonidos raros; el chapotear de los cardúmenes de lisas; gritos apagados que llegaban de las Islas de Soto y de la Piedra; bultos de canoas con sus tripulantes que surcaban el estero y que apenas distinguíamos y que nos parecían espíritus del mal que se aprestaban al abordaje; el ulular del aire que se colaba por los boquetes del casco, semejando voces y quejidos; ruidos que nos parecían pasos que se acercaban cautelosamente y uno que otro pajarraco que pasaba graznando sobre nuestras cabezas, nos mantenían nerviosos.
Empezó a bajar la marea y nada de pescar pargos; “El Ferruco” nos había engañado.
Alguien dijo: ¡vámonos!; y sin objetar nada, empezamos a recoger las cuerdas. Pero como la corriente al bajar la marea se torna fuerte al “vaciarse” el estero, a Manuel Rodríguez (hoy “Carteles”) se le atoró la cuerda en uno de los salientes del barco; y al no poder desatorarla, tuvo que meterse al interior del casco.
Minutos después salió todo raspado, con cara de espanto y mudo de terror, diciéndonos con palabras entrecortadas, que allá abajo estaba un muerto. Al escuchar eso, no esperamos más y nos arrojamos al agua.
Ya en tierra y después de algunos comentarios, cada quien agarró para su casa; y cada quien narró a sus padres lo sucedido.
Otro día, nuestros padres dieron parte a la autoridad. Nos interrogaron y abordo de una lancha que conducía un señor apodado el “Carne Seca”, nos trasladaron al MEXICO.
Intensa fue la búsqueda, pero el muerto no apareció por ningún lado.
Pero como Manuel Rodríguez “Carteles” fue el único que lo miró, a él lo acosaban a preguntas, concretándose éste a indicar el lugar donde lo había visto, sin aportar mayor información; cosa que exasperó a la autoridad y fue detenido para posteriores investigaciones.
Pasados los momentos álgidos, le preguntábamos a Manuel que si era verdad que había visto al muerto; y emocionado, contestaba: ¡Por Dios Santo que lo vi!... y figurando el signo de la cruz con los dedos de su mano derecha, besándoselos, agregaba: ¡Por esta Cruz que es cierto!
Y como jurar en vano es pecado, nosotros sí le creímos, más no la autoridad que lo tildaron de embustero.
¿Fue “espanto” o alucinación de Manuel?. ¡Quién sabe!
Porque ahora, ya viejitos, le preguntamos y asegura que si miró al muerto. Usted si lo conoce, pregúnteselo.
NOTA: ignoro cuando fue desmantelado dicho barco, que según decían, había sido barco escuela. Por su estado derruido, cuando sucedió lo narrado, cuando menos debe haber tenido más de cincuenta años de varado. Ignorando además, que siendo un barco tan pesado (construido todo de fierro) haya entrado al estero, porque barcos de menor tonelaje, fondeaban en el antepuerto.
 
Carlos “Chale” Salazar Cordero

Álbum del Recuerdo, Año 1985

 

 

 

 

 
 
 
Ni por Amarillas su apellido paterno, no por Francisco su nombre, nadie lo nombraba. Pancho a secas para sus amistades de la barriada y “El Canales” para sus compinches.
En la actualidad, el pandillerismo conmociona y amedrenta las colonias y los barrios de la ciudad. Sus tropelías y brutalidades son publicadas en los diarios poniendo los pelos de punta a la gente conciente y tranquila. Las travesuras de la chavalada antigua son acciones infantiles comparadas con las de los muchachos de la nueva ola.
Aún recuerdo cómo nos hacían rueda los compañeros para presenciar la pele, cuando por cualquier discusión la iniciábamos dándonos de puñetazos. Todo era una mala exhibición boxística, pero jamás usábamos otra cosa que no fueran los nudillos de nuestras manos. Y conste: nadie intervenía en una pelea callejera; solamente los dos contendientes.
Las pavorosas navajas que hoy en día son tan populares en el mal interpretado machismo de los pandilleros, ni las conocíamos; y cuando caía alguna navaja a nuestras manos, las usábamos para sacarle punta al lápiz y la arrojábamos a la basura.
Las noticias de hoy en día en los periódicos: pelea entre pandillas, heridos graves y muertos a navajazos. Pareja asaltada en uno de los principales paseos de la ciudad, tanto él como ella fueron heridos con descomunales navajas que portaban los jovencitos asaltantes. Diariamente, como platillo del día, leemos tan criticables noticias.
¿Porqué la juventud actual ha desviado tanto sus principios para trocarlos en tal salvajismo?.
¿Porqué el compañerismo noble se ha perdido, el sentimentalismo se ha borrado y solamente la salvaje brutalidad impera en la mente mal encauzada de nuestra juventud?.
A pesar de las instrucciones de karate y de boxeo que se les enseña no remedian sus disgustos venciendo en buena lid al rival. Usan descomunales navajas y quieren matar.
Las pandillas de años atrás hacían travesuras sin cuento. Peleaban barrio contra barrio, pero lo más peligroso que se usaba era tirarse de pedradas a la distancia.
Los vagos de la playa sur (así se les llamaba a los pandilleros) eran temibles porque peleaban a “trompadas” con cualquiera y las tienditas esquineras que de todo vendían, eran los lugares de reunión de toda esa chavalada.
“El Canales”, larguirucho, de cara alargada y ojos claros, de escasos 17 años de edad, era de los puntales para hacer diabluras, honrado y respetado por sus mayores y gran protector de los menores de edad.
Tenía imán, pues lo seguían los jovenazos que formaban un grupo y en las plazuelas, fiestesitas y Carnavales originaban problemas como comer, juguetear y pelear con los grupos extraños que invadían sus dominios, pero nunca supimos que alguien saliera cortado con esas tan populares navajas de hoy en día.
Cierta vez, a la entrada de un espectáculo de Carnaval, el portero, un mocetón de más de veinte años de edad, cogió por el pelo a un menor y bruscamente, ante el llanto del chiquillo, lo arrojó a la calle. Dicho chavalo conocido de “El Canales”, quien presenció el abuso, lloraba lastimeramente y entonces Amarillas se le enfrentó al abusivo sujeto reclamándole su proceder y el portero quiso hacer lo mismo con “El Canales”, quien esquivando el primer golpe, hizo un movimiento precioso de piernas que hubiera envidiado cualquier cinta negra de la actualidad, pegándole soberano “patadón” en el pecho al portero, quien rodó metros atrás por el pavimento, llevándose en su caída varias sillas.
“El Canal de Panamá” era una de las tiendas mejorcitas de la zona sur de aquél hermoso Mazatlán de hace unos cuarenta años. Esa tienda de orientales sufría de abusos de un grupo de cuatro jovenazos que aprovechando que el dueño atendía a la clientela, le robaban fruta, pan y más cosas, que negaban los pelafustanes haber robado, cuando se les reclamaban los abusos. Se les pedía que se fueran, pero disimuladamente no hacían caso y diariamente volvían a lo que ya se estaba haciendo costumbre; comer sin pagar y retirarse burlonamente.
Mi madre era buena cliente de dicha tienda y por lo tanto yo me llevaba bien co los chinos y no pocas veces me di cuenta de las fechorías de aquel grupo y las lamentaciones de Gon Chin, el dueño.
Lo convencí para que le diera trabajo a “El Canales” con el fin de que le corriera a los que se aprovechaban sin pagar.
Los cuatro bravucones como siempre, llegaron puntualmente. Y lo primero que hicieron fue mofarse de aquel jovenzuelo larguirucho y dientón que acomodaba las cajas de cartón en un rincón de la tienda. Ningún respeto imponía “El Canales” a la simple vista, pero ya en acción de pleito era un tipo muy efectivo, habiéndole demostrado mucho antes contra un auriga que conducía una típica “araña” de aquellos tiempos y que creyó que le pegaría fácilmente a “El Canales” al verlo enclenque y sin facha de ser un fuerte pegador y habilidoso defensor personal.
La “araña”, vehículo muy popular en ese tiempo que era jalado por un caballo para ser la distracción de aquél entonces, tenía una seña muy particular.
“El Canales” viendo al caballo, me dijo: “Mira Heriberto, tiene un ojo tapado. A la mejor está tuerto”. Para descubrir si el animal estaba o no mal del ojo, “El Canales” trató de retirarle al caballo aquel tapa-ojo que llevaba, pero un aventón del auriga, seguido de un chicotazo que de rozón me tocó a mí también, sorprendió a Amarillas en su intento y reclamándole al cochero, éste nuevamente le dio otro chicotazo y eso fue todo por el lado del “arañero”, porque un par de “patadas” de aquél que sin conocer de karate se lucía haciendo filigranas con sus piernas, sorprendió a aquel hombre de pelo en pecho, enviándolo al suelo y ya estando en el piso en forma horizontal, el auriga no podía creerlo, pero se convenció de la calidad defensiva de “El Canales” que para mi era todo un campeón karateka, deporte que entonces ni se pensaba que fuera a desarrollarse tanto en este puerto.
Pero volviendo al caso de los abusivos rufianes que le robaban tanto al sufrido chino Gon Chin, les diré que cuando “El Canales” se dio cuenta del hurto que iban a cometer, les dijo en forma enérgica: “dejen esa fruta o páguenla”, recriminándoles al mismo tiempo a los pandilleros esa costumbrita que tenían de estafarles la mercancía a los chinos. Luego les dijo a los dos abusivos que estaban más cercanos a él: “Mira como se comen los plátanos y no pagan”, a lo que los valentones contestaron: “Cállate, baboso” y ¡cuáz! un guantadón fortísimo se estrelló en la cabeza de “El Canales” y ahí empezó la furia de éste. Y para pronto dio cuenta de todos ellos, comenzando con los dos más cercanos, uno de los cuales le había pegado el golpe en la cabeza sin darle tiempo siquiera a que hubiese esquivado el impacto.
“El Canales” envió patadas y golpes con ambos puños sobre las humanidades de aquellos pandilleros, apabullándolos en forma sin misericordia, hasta hacerlos huir.
Una es que yo se los cuente y otra que ustedes, amables lectores, lo hayan visto. Aquél al parecer inofensivo muchacho se bastó solo para darles una paliza uno a uno a los rufianes aprovechados.
Después, los chinos contaban y contaban cómo “El Canales” cogía por los cabellos a uno y con las “patas” (válgame la expresión) les pegaba en plena cara a los otros, moviéndose como con resorte, para repetir sus certeros golpes, haciendo correr a los cuatro moqueando sangre por la nariz unos; y otros por la boca, con alguna oreja averiada o una ceja partida, más otro con un ojo de cotorra y no volviendo ni por la feria a la tienda “El Canal de Panamá”.
Esa tienda siguió operando y los chinos jamás olvidaron que para aquellos bravucones “El Canales” fue el remedio.
 
Mazatlán, diciembre de 1985, colaboración de Heriberto Malcampo Jr. para:
 
Carlos “Chale” Salazar Cordero

Álbum del Recuerdo

 

 

 

 

 
 
 
En Mazatlán han existido siempre tipos muy conocidos y de los cuales se ha hablado en las columnas de esta revista.
Pero me parece que hemos olvidado que una vez tuvimos aquí, aunque solo por temporadas en los que nos visitaba para ejercer la actividad que le daba el sustento diario, a un tipo que conocimos como “Polidor” y que vino del centro de la República, específicamente de Guadalajara.
Allá por 1921, durante un ciclón que azotó a este puerto, un vapor que trajo a la compañía de opereta y zarzuela que encabezaba la actriz Diana Martínez Minicua, encalló en las playas cercanas a “El Camarón”, quedando ladeado a la orilla del mar y sufriendo gran susto los pasajeros y tripulación, entre quienes no hubo desgracias personales.
La citada compañía artística vino a trabajar al Teatro “Rubio”, entonces en el apogeo como local para presentar espectáculos de primera calidad y en ese grupo venia “Polidor” como publicista, haciendo su trabajo en cada esquina de las rúas citadinas donde con bocina anunciaba las funciones que llevaba a efecto la compañía de Diana Martínez Minicua, siendo esa forma la publicidad novedosa en el puerto, ya que no se estilaba esa acción.
“Polidor” se paraba en la banqueta donde hiciera esquina por todos los barrios de la ciudad y en cuanto empezaba a anunciar la función correspondiente, dando a conocer la obra que estaría en turno esa noche en el Teatro “Rubio”, la gente lo rodeaba, principalmente chamacos que veían en el estrafalario vestir de “Polidor” y sus ademanes, algo así como un payaso, más no lo era en realidad, sino que siempre sonriente y con una compostura decente, anunciaba la actuación de la compañía que lo trajo contratado para que hiciera la publicidad con gritos que se oían a gran distancia, por la bocina que se ponía frente a su boca.
No pasaron dos días de actuación de “Polidor” cuando ya todo Mazatlán lo conocía. Visto esto por algunos comerciantes locales, lo contrataron para que anunciara los productos que vendían, siendo un éxito “artístico” y un triunfo para su modesta persona, que de esa manera obtenía el pan cotidiano.
“Polidor” ponía todo su esfuerzo por divertir a quienes lo rodeaban para oír sus anuncios. Gritaba, gesticulaba, payaseaba para hacer reír a los niños, diciendo palabras graciosas que a veces caían en la extravagancia que hacía juego con su modo raro de vestir.
Se fue la compañía de Diana Martínez Minicua cuando se terminó su contrato en el coliseo de la calle Carnaval y “Polidor” se quedó en Mazatlán por algún tiempo más, anunciando a algunas casas comerciales o industrias que vieron lo efectivo que era aquel modo de hacerle propaganda a sus productos, ante la popularidad que había alcanzado nuestro personaje que improvisaba frases y que se prodigaba cuando veía que era escuchado por muchachas mazatlecas que se detenían para observar a aquel personaje todo decencia, todo simpatía, porque “Polidor” fue eso, un hombre decente.
Se ausentó “Polidor” de Mazatlán, pero volvió en otras ocasiones. Cada vez era mayor auditorio el que ponía atención a lo que anunciaba a gritos embocinados. “Polidor” seguía siendo una atracción en el ambiente de Mazatlán. Este puerto lo había encariñado, porque sus habitantes los habían sabido comprender; habían hecho de su vida una alegría permanente, que nuestro personaje sabía corresponder con una sonrisa bonachona y sincera.
Pasó el tiempo y el “Polidor” vino y volvió a su lugar de origen, después de trabajar aquí, muchas veces.
La última vez que lo vi, ya lo noté acabado. Los años habian casi acabado con su cuerpo. Aquél hombre honrado se había doblegado al paso de tiempo, desapareciendo de este mundo, pero dejando el recuerdo de aquellos años en los que vino a proporcionar distracción sana entre nuestra gente, principalmente entre los niños de aquellas épocas que supieron reír con su comportamiento, unas veces serio, otras veces grotesco y provisto de un chiste con buena dosis de deseos de divertir.
Y algunas cosas más…
Yo puedo vanagloriarme de haber vivido muchas épocas, desde que el peso mexicano tenía un gran valor en el mercado de cambios, como que uno podía comprar un dólar con dos de los entonces no devaluados pesos nuestros, por lo que no era difícil visitar el país del norte, bien fuera en plan de negocios o por simple diversión únicamente.
Se dice que el peso mexicano fue llamado así, porque en el año de 1540 un trozo de plata pesado en una balanza que daba determinado peso señalado por la ley, quedaba convertido en moneda, por lo que se le dio el nombre de “peso”.
Escudriñando aquí y allá, me enteré de que por aquella época hubo en México varias casas facultadas por las autoridades para que fabricaran monedas de plata que extraían de las minas, pero todos esos locales estaban controlados por el Estado, existiendo esas casas de monedas principalmente en el centro del país.
Los datos indican la historia de la relación de las dos monedas, el peso mexicano y el dólar norteamericano, comprendida de la siguiente manera:
Desde el año de 1820 hasta 1875 valía más el peso nuestro que el del Tío Samuel, pues durante ese lapso estuvo comprándose cada dólar con noventa y cinco centavos mexicanos, lo que quiere decir que nuestra moneda era superior a la de los Estados Unidos de Norteamérica, pero a partir de ese año de 1875 nuestro peso fue perdiendo valor adquisitivo hasta llegar al escandaloso cambio que ahora tenemos, no porque el dólar estadounidense haya subido, como muchos piensan, sino porque nuestra moneda ha caído en un tobogán por las causas que todos conocemos y que por estar demasiado trilladas, no las menciono aquí para no enlodar las páginas de esta revista.
Recuerdo que residiendo yo en Los Ángeles, California, decidí venir al Carnaval de 1931, regresando a Mazatlán cuando durante esas fiestas del Rey Momo fue reina la señorita María Emilia Millán y aparte de haber traído mucha ropa para lucirla durante los festejos y el tiempo que estuviera en estas playas, traje $ 1,800.00 dólares, mismo que cambié en un banco por moneda nacional a razón del dos por uno o sea al doble por cada doble.
No duró mucho ese tipo de cambio, pues si el 8 de noviembre de 1933 saltó a $ 3.60 y eso duró hasta el 30 de septiembre de 1940. Luego del primero de octubre de 1940 al 27 de julio de 1948, el tipo de cambio fue de $ 4.85 y en abril de 1953 brincó más alto, ya que a partir de ese mes e dólar se cotizó a $ 8.65 y por largo tiempo, varios años para decirlo con gusto, tuvimos la satisfacción de que nuestra moneda se conservara con ese valor muy bueno, hasta dar el salto de pagar $ 12.50 por cada billete de baja denominación de los Estados Unidos de Norteamérica, pero cuando más a gusto estábamos, tomó las riendas del país el primero de los dos de la mancuerna de los últimos sexenios que vinieron a echar por la borda a México con sus administraciones, habiendo cambiado de $ 12.50 por uno a $ 19.54 por dólar “y de ahí p’al rial”, como dicen los rancheros, se cotizó la moneda norteamericana a $ 25.00, para luego pegar el salto a $ 49.00, enseguida a $ 70.00, a $ 95.00, a $ 120.00 y a $ 150.00 y ahora va aumentando el cambio del dólar solo unos centavos diariamente y a la hora de escribir esto ya paga usted más de $ 165.00 por cada billete color cuero de rana de los chicos y va a llegar el cambio, dentro de muy poco tiempo, a $ 200.00 mexicanos por un dólar y también no está lejano el día en que un peso nuestro va a ser equivalente a lo que fue un centavo en otras épocas en nuestro país.
Antes presumíamos diciendo “mi mejor amigo es tener un peso en la bolsa”. Si es que se usara la misma frase actualmente, ahora diríamos: “mi mejor amigo es traer un billete de a mil pesos en la cartera” o tal vez algún otro papel de mayor valor. Era tan grande el valor de nuestra moneda, que si alguien se encontraba tirado en la calle un billete de a veinte pesos, la persona se volvía loca de alegría.
Pero aún con la devaluación del peso mexicano respecto a la moneda norteamericana y con la inflación de precios en todo que impera en los actuales momentos, los economistas se atreven a afirmar: “la solidez económica de México es muy buena”.
Quisiera creerles, pero…
 
Carlos “Chale” Salazar Cordero
Album del Recuerdo Año 1984
 
 

 

“Polidor” se paraba en la banqueta donde hiciera esquina por todos los barrios de la ciudad y en cuanto empezaba a anunciar la función correspondiente, dando a conocer la obra que estaría en turno esa noche en el Teatro “Rubio”

 
“Polidor” ponía todo su esfuerzo por divertir a quienes lo rodeaban para oír sus anuncios. Gritaba, gesticulaba, payaseaba para hacer reír a los niños, diciendo palabras graciosas que a veces caían en la extravagancia que hacía juego con su modo raro de vestir.
 
 
 
 
 
 
Toda la noche había llovido y la mañana estaba fría, sintiéndose un frío triste, tal como se siente cuando uno se amanece en el velorio de algún familiar, mirando el cansado parpadeo de las llamas de los cuatro cirios que “aprisionan” el ataúd donde yacen los restos del ser querido. Un frío flagelante, plagado de acechanzas, de incertidumbre.
Porque unos decían que las fuerzas de Emiliano Zapata eran las que atacarían; y los más, afirmaban que las de Francisco Villa eran las que merodeaban por el rumbo de “El Venadillo” y que a más tardar, a medio día, “romperían” el sitio que hacía semanas padecía el puerto de Mazatlán.
El maíz que repartían (mediante boletos) en la “comisaría” que se encontraba en la esquina de las calles Mariano Escobedo y Belisario Domínguez (donde estaba antes “El Nuevo Tricol”) se había terminado y el hambre rondaba por los lugares más pobres.
Grupos de personas adultas, jóvenes y niños, recorrían las calles en busca de alimentos; porque había veces que se “corría” la voz de que en tal parte vendían alimentos o “saquearían” la tienda de algún chino.
Con hambre, se agudiza el olfato; y a alguien, que transitaba por la calle 5 de Mayo, le dio olor a chicharrones; y este alguien, “corrió” la voz y momentos después un crecido número de personas se agolparon frene a la casa de la familia Medina.
Y efectivamente, la familia Medina había mandado sacrificar rechoncho cerdo, pero al enterarse de que habían sido descubiertos, de carrera, abandonaron la casa, dejándola cerrada; pero esto no fue obstáculo para los hambreados que derribaron la puerta y se metieron como tromba hasta el corral, donde algunos alcanzaron algo de lo que habían dejado los moradores de la casa; y los que no alcanzaron chicharrones, se dedicaron a apoderarse de toda clase de objetos de valor que encontraron en las habitaciones.
La familia Medina era de mediana posición económica y todavía vive para contarlo, la señora Julia Medina Vda. de Peraza, esposa del señor Federico Peraza (q.e.p.d.) padres de los doctores Francisco Peraza, que radica en la capital de la República y Roberto, que tiene su consultorio por la calle Hidalgo, así como otras personas que sería largo enumerar.
La situación era desesperante y casos como el de la familia Median se repetían con frecuencia; ya que repetidas veces la tienda de abarrotes “La Tepiqueña”, que se encontraba en la esquina de las calles Benito Juárez y Constitución, esquina con esquina de la escuela que se llama Luz María Errandel, habían intentado “saquearla” pero sus blindadas puertas no cedían a los embates de los asaltantes.
Los chinos que en ese entonces monopolizaban el comercio, no abrían sus puertas por temor a la rapiña; y si usted tenía dinero, ocultamente se las agenciaban para conseguir alimentos.
Sólo el chino Juan, que tenía su tienda “La Paloma Azul” en las calles de Libertad y Carnaval, contra esquina de una cantina que se llamaba “Los Laureles”, abrió sus puertas cuando el pueblo demandó alimentos y el pobre chino solo se quedó con un saco de maíz y otro de harina y dijo: “pa’la no molilme de hamble”.
Todavía vive por ese rumbo la familia Escudero y solo recuerdo a los entonces muchachos, Manuel Escudero, Nacho Escudero (q.e.p.d.) y a Antonio Escudero. También vivía la familia Valdés, recordando solamente a Manuel y a otro muchacho que no era de esa familia, llamado Alejandro Cárdenas (a) “El Candola”.
Pardeando la tarde, en el horizonte, se dibujó la figura de un barco y como ya era costumbre que ningún barco anclara en la bahía cuando el puerto estaba sitiado, numerosos curiosos se congregaron en una enmontada loma, situada en la esquina de la calle Aquiles Serdán y calle México, donde se encontraba la terminal de camiones de Tres Estrellas de oro, contiguo al edificio “Maxemín”, para cerciorarse de qué barco se trataba. Después de larga espera, se enteraron de que era el cañonero “Tampico”, situándose este a un lado de “Las Tres Islas”, en Puerto Viejo.
De inmediato enfiló sus cañones y empezó a vomitar metralla en dirección a “El Venadillo”, donde por la oscuridad de la noche, se distinguía el resplandor de la noche, se distinguía el resplandor de diseminadas fogatas que habían encendido los revolucionarios.
Instantes después se inició el combate. Las ametralladoras emplazadas en “El Conchi” y huerta de mangos “Casa Blanca”, así como la fusilería de infantería, empezaron a tronar, y… a correr los que no teníamos que ver con la bola.
No recuerdo cuanto duraron los combates ni quiénes eran los atacantes que rompieron el sitio, porque solo asomábamos la cabeza cuando ambos bandos se tomaban un “descanso”.
Los federales, o sean “Los Pelones”, como los llamaban los revolucionarios, salieron de huída por mar; por un puente que habían construido en la playa de Olas Altas, frente al hotel Belmar para embarcarse en “pangos” y ser remolcados hasta el cañonero “Tampico”, que ya no combatía por falta de parque.
La huida de los federales fue dificultosa por el embate de las olas y costó muchas vidas, ya que los revolucionarios emplazaron varias ametralladoras en el cerro de la “Neveria”; y pocos eran los que lograban librar el puente para llegar a los “pangos”. Sobre las baldosas del malecón de Olas Altas, quedó un reguero de muertos, que al permanecer insepultos por varios días, se encontraban en estado de descomposición, despidiendo una fetidez nauseabunda, por lo que en una pira, fueron incinerados.
Los revolucionarios, ya posesionados del puerto y seguidos por el pueblo, se dieron a la tarea de “saquear” cuanto comercio había. Fue así como las puertas de “La Tepiqueña” fueron voladas con bombillos y los chinos que se encontraban dentro, fueron fusilados en plena calle sin ninguna conmiseración.
Después le tocó el turno a “La Paloma Azul” propiedad del chino Juan, quien no obstante tener las puertas abiertas de su comercio, fue sacado a empellones para querer ser fusilado en plena calle.
Escenas por demás desgarradoras al ver de rodillas al chino Juan pidiendo clemencia.
Entonces fue cuando los vecinos agradeciendo el gesto noble del asiático, al venderles y muchas de las veces regalarles alimentos, pidieron a gritos le perdonaran la vida; y como los revolucionarios eran gente del pueblo, escucharon la voz del pueblo y el chino Juan no fue fusilado.
La respuesta fueron nutridos aplausos y un estruendoso ¡Viva la Revolución! Que salió de las gargantas de los allí presentes, en premio al acto de benignidad de parte de los revolucionarios, hombres de temple y valor, unos andrajosos, sucios, barbados, pero de un corazón bien puesto, que se enfrentaban a la muerte en aras de sus ideales, sin más premio a su audacia, que la admiración y el aplauso del pueblo.
Y así fue como el chino Juan, asiático bueno y caritativo, salvó la vida; y por muchos años vivió con su “Paloma Azul”, hasta que lo perdí de vista.
 
Carlos “Chale” Salazar Cordero
Album del Recuerdo Año 1984
 
 

 
Los federales, o sean “Los Pelones”, como los llamaban los revolucionarios, salieron de huída por mar; para embarcarse en “pangos” y ser remolcados hasta el cañonero “Tampico”.
 

 
La huida de los federales fue dificultosa por el embate de las olas y costó muchas vidas.
 
 
 
 
 
 
 
Quienes no recuerdan el pasado, no disfrutan de una vida completa.
Bueno, eso es lo que pienso yo, porque hay gente que dice que debe olvidarse los viejos y gloriosos días de antaño; que no debe vivirse de pasado y que hay que vivir el presente, bueno, hasta una canción lo dice así.
Quizás tengan razón quienes así afirman, pero ¿no le parece a usted correcto rememorar lejanas épocas, para volver a vivir?
En fin, dejemos que cada quien piense lo que quiera y que opine como mejor le parezca. En tal situación yo, por mi parte, habré de retroceder a los años de mi juventud y ojalá que el lector me acompañe de buena gana a recordar tiempos que se fueron para no volver, como se ha escrito muchas veces.
Era la época cuando al mapa de México se le daba una conformación que asemejaba un cuerno de la abundancia, porque si bien es cierto que los sueldos de los trabajadores eran raquíticos, muy bajos en comparación de los de ahora, los de escasos recursos comíamos mejor que como lo hace en estas fechas la clase humilde.
En realidad, ahora lo estamos mirando.
México dentro de su pobreza, era más rico allá por los años 20’s que ahora con todos los adelantos que en diferentes formas ha tenido ¿Cuáles han sido las causas por las que poco a poco México se ha ido convirtiendo del cuerno de la abundancia que era, en desnutrida y cadavérica nación?
He ahí la pregunta que nos duele hacer a todos los mexicanos, principalmente a los de mi edad que vivimos en bonanza en nuestra juventud, comparadamente con la gente nueva que ahora está poblando a México, rico por naturaleza, pero empobrecido por razones conocidas.
Pero dejaré de hacer esas consideraciones, muchas veces externadas aquí y allá, para entrar en el recuerdo de aquél Mazatlán que ha cambiado su fisonomía, sus costumbres, quizás porque hay la razón de que el mundo evoluciona y hay que ir al ritmo que vayan los demás.
Nunca podremos olvidar al paseo de Olas Altas, por cuyo malecón paseaban a pie las familias pertenecientes a todos los rangos sociales del puerto, preferentemente en tiempos de calores, mientras que otras lo hacían en carruajes o automóviles descubiertos por la calle adyacente a ese inolvidable paseo.
No se pueden olvidar tampoco, aquellos pobres pero seguros y alegres Carnavales de antaño, que aparte de la Plazuela Machado, tenían como sede a Olas Altas y las calles del puerto para los desfiles de la carroza real y los pocos carros alegóricos que se lograba manufacturar, de acuerdo con las raquíticas entradas en metálico que se reunían con la venta de votos para la elección de la Reina y las colectas que se hacían entre el comercio y la industria de esta ciudad.
Es de recordarse el auge que había en el muelle con la carga y descarga de mercancía que llegaba del país y el extranjero, además del turismo que llegaba en los barcos norteamericanos que hacían escala en el puerto.
La clase media y la pobre acudía, domingo a domingo a la isla de Soto para pasar la tarde bañándose, bailando y comiendo los antojitos que se expendían con costo al alcance de todos, por más que, como lo digo más antes, los sueldos eran bajos, peo alcanzaban más que ahora, aunque haya necios que digan lo contrario.
La gente de Mazatlán es alegre de abolengo. Siempre hemos aguantado un piano o una pianola encima. Los mazatlecos por lo regular, a las malas situaciones sabemos capotearlas y aunque en ocasiones estamos de mal humor, cambiamos de un día para otro y la sonrisa vuelve a aflorar. Por eso, el grueso de la gente pobre y la clase media aguantó los ciclones que azotaron a Mazatlán tiempos atrás, los ataques inconformes revolucionarios que sitiaron la ciudad, la falta de agua y víveres que escasearon cuando la revolución nos privó de la tranquilidad que había entonces, pero cuando todo estaba dentro de la normalidad, ahí tenía usted a la gente disfrutando de serenatas en las plazuelas machado o República, mientras que la Catedral era visitada por los fieles católicos que al salir de sus misas, se unían a la muchedumbre que daba vueltas en la plazuela República, principal centro para las serenatas que amenizaban una orquesta o una banda de música, mientras que se quemaba un castillo y los “toritos” eran la admiración de los concurrentes.
Entonces sólo teníamos dos playas que eran las más visitadas: la sur y la norte. En Olas Altas, por lo peligroso que consideraban las autoridades de Mazatlán el invadir esas aguas, estaba prohibido bañarse ahí.
También la gente iba a la isla de la Piedra, a la “Puntilla”, “El Camarón” o cualquier otro lugar que no fuera riesgoso, a tomar baños de mar, sobre todo en época de verano.
Así y en otras formas, los habitantes de Mazatlán vivimos los tiempos cuando México era considerado como un cuerno de la abundancia, porque nuestro país siempre ha sido rico en agricultura, minería, pesca, turismo, industrias, petróleo, solo que… para qué les digo, si ustedes ya lo saben.
Y algunas cosas más..
Antes teníamos dos relojes públicos que nos marcaban las horas día y noche: el del Palacio Municipal, por la calle 5 de mayo y el de la Catedral Basílica, por la calle 21 de marzo.
Hoy, al correr de los años, el reloj del Palacio Municipal enmudeció, pero el otro sigue activo, con renovados bríos. Era costumbre antaño, que al medio día, los silbatos de la Fundición de Sinaloa, taller de la planta de luz, Cervecería del Pacífico, talleres del Ferrocarril Sud Pacífico de México y el de la Fosforería, pitaran al mismo tiempo que las campanas del templo mayor sonaran anunciando que eran las doce.
Por cierto que el ruido de la poderosa máquina de la planta de luz ya no se escucha en la barriada del rumbo de la Cervecería del Pacífico, pues una moderna planta fue construida en Urías.
Saludé a Manuel “El Pelón” aquí en Mazatlán y me dijo que al leer el último número de Álbum del Recuerdo sintió tremenda nostalgia en Hermosillo donde vive y se vino a respirar las suaves brisas marinas del puerto de sus amores.
Y siguiendo con los ausentes, de la ciudad de México recibí una carta de Aurora A. de Romero y en ella me dice: “He tenido el placer de leer varios números de su revista Álbum del Recuerdo y me he deleitado leyendo todo lo acontecido antaño en mi tierra querida, yo fui empleada de la Casa Colorada de don Carlos Fitch y también trabajé con don Antonio Esqueda que tuvo sus oficinas en la esquina de Serdán y Constitución, habiendo sido Murallense “hasta las cachas”. Jugué Volibol con el equipo del Club Muralla contra el Club Nardo donde actuaba Chayito Uriarte, habiendo sido por el año de 1927. Muchachas como Carmen Aroche, Chayito Tirado, Enriqueta (Queta) Cutiño, Aldara Cruz y Elvira Guerra eran muy amigas mías y en los Carnavales bailábamos en el Muralla en matinés, soarés y por las noches hasta el amanecer. Es bueno hacer reminiscencias del lejano ayer ¿verdad, señor Salazar?. Eso dice en su carta Aurora, gracias por escribir.
Antiguamente por las mañanas había mesas en donde expedían gorditas de dulce con atole y pinole y por las noches podía uno cenar tamales de picadillo, de puerco, de gallina, de dulce o de manteca con champurrado, pudiéndolo usted hacer en todos los rumbos de Mazatlán… Allá cuando todavía no aparecía la televisión en el puerto, las amas de casa escuchaban las novelas por radio, entreteniéndolas mientras ellas lavaban, planchaban, barrían y trapeaban o bien, preparaban la comida… Era cuando con la cantidad que usted da hoy de propina en los restaurantes podía pagar la cena para toda la familia y podía sobrarle dinero.. Era cuando el dólar le costaba a usted $ 3.60 y podía ir y venir a los Estados Unidos de Norteamérica como ahora ir a cualquier colonia aledaña a Mazatlán. ¡Así de fácil!.. Aquí le va la sabiduría que el hombre jamás debe olvidar: el mayor error: darse por vencido; el mayor conocimiento: Dios; el obstáculo más grande: la pereza; la peor derrota: el desánimo; el día más bello: hoy; la felicidad duradera: la paz; y lo mejor de la vida: el amor… Eran los tiempos en los que usted podía abonarse en cualquier fonda del Mercado Pino Suárez y le daban las tres comidas por $ 2.00 diarios… Entonces no era lujo comer camarones, ostiones o callos de hacha, pues con cinco pesos usted comía mariscos hasta insultarse… Los cines cobraban un peso en luneta y cincuenta centavos en galería y en los “martes de la cacharpa”, se pagaban veinte centavos en las localidades altas… Era, en fin, cuando los sueldos eran raquíticos, pero el dinero alcanzaba mejor para los gastos diarios en el hogar… Y aunque no me gusta encarecer el costo de la vida, por ahora tuve que aumentar el precio de Álbum del Recuerdo, pues de otra manera, me llevaría el tren… Gracias arquitecto Quirino Ordaz Luna, Presidente Municipal de Mazatlán, por la ayuda prestada a esta revista… Y hasta la próxima, si Dios quiere.
 
Carlos “Chale” Salazar Cordero
Álbum del Recuerdo Año 1985
 
 

 Nunca podremos olvidar al paseo de Olas Altas, por cuyo malecón paseaban a pie las familias pertenecientes a todos los rangos sociales del puerto, preferentemente en tiempos de calores, mientras que otras lo hacían en carruajes o automóviles descubiertos por la calle adyacente a ese inolvidable paseo.

 
La Catedral era visitada por los fieles católicos que al salir de sus misas, se unían a la muchedumbre que daba vueltas en la plazuela República, principal centro para las serenatas que amenizaban una orquesta o una banda de música.
 
 
 
 
 
 
 
Eran los tiempos en los que el servicio ferroviario entre Nogales, Sonora y Guadalajara, Jalisco, era cubierto por la empresa Sud Pacífico de México, teniendo su oficina de fletes y pasajes en el centro de la ciudad y estando al frente de ella los señores Chas Lavín y León Suárez.
La compañía se encargaba de transportar la carga en los trenes del Sud Pacífico en toda la ruta señalada más antes, era la compañía Wells Fargo y en aquellos lejanos años tuvo sus oficinas ubicadas en las calles Tacaba y Constitución, frente a la Plazuela Machado hasta el año de 1933, fecha en la que se cambió entre las calles Tacaba y Belisario Domínguez, donde en la actualidad hay trabajando una panadería.
En oficinas, bodegas y transportes de la carga del centro de la ciudad a la antigua estación del Ferrocarril o de allá, hacia las bodegas a la llegada de los convoyes, era rápida y se notaba una inusitada actividad entre los empleados.
El Express Wells Fargo and Co. era una empresa reconocida por los usuarios, quienes no escatimaban alabanzas por el buen servicio que prestaba.
Trabajaron en el Express Wells Fargo, elementos como Celia Laura Medrano, José María Rodríguez, Tobías Quintero, Adolfo V. Sánchez, José Luis Meza Lewis, Salvador Ruiz Andrade, Bartola Guerra, Carlos Meza, Manuel Partida, Salvador Arreola, Arturo S. Vázquez, Victoriano Sánchez, Bernardo Morales, Vicente Guerrero López, J. Jesús Villarreal C., J. Trinidad Pérez, Manuel H. Meda, Tobías Quintero Vega, Otilio Cabello Islas, María Eva Durán, Salvador Castro R., Ricardo Sánchez, Amelia Ruiz, Pablo Recaséns y otros que mi memoria ha olvidado.
A mediados del año 1944, el Sindicato de trabajadores Ferrocarrileros de la República, emplazó a una huelga a la empresa del Express Wells Fargo y cuando se llevó a efecto el paro, duró 61 días en virtud de que la citada empresa no accedió a dar aumento en los salarios y otras prestaciones a sus trabajadores, dando como resultado que el gobierno de México, que presidía el general Manuel Ávila Camacho, obligó al entonces Ferrocarril Sud Pacífico de México a que se hiciera cargo de hacer el servicio de Express, ya que la empresa ferroviaria era la concesionaria y la Wells Fargo and Co. era una intermediaria.
Es de recordarse que en esta huelga se tuvo el apoyo moral de la Alianza de Camioneros Urbanos que presidían entonces los señores J. Apolinar Rodríguez y Bartola González, así como también el Sindicato de Trabajadores del Volante, organizaciones que efectuaron un paro de una hora como solidaridad al movimiento.
De los mencionados empleados del Express Wells Fargo and Co. unos viven, pero la mayor parte ya abandonó este mundo.
 
LA “CUCHILLA” DE LA AVENIDA JUAN CARRASCO
 
A Antonio Toledo Corro hay que reconocerlo como emprendedor, como trabajador. Él se “echa al agua”, como vulgarmente se dice, y trata de emprender obras grandes en las cales por lo general sale airoso, aunque algunas veces falla, no por su culpa, sino por las circunstancias que se atraviesan.
Cuando fue presidente municipal de Mazatlán, (1960- 1961- 1962), el inquieto Toño revolucionó las obras urbanas que emprendió y que hasta ahora nos damos cuenta de lo adecuadas que resultaron.
Toledo Corro mandó ampliar la calle Aquiles Serdán, desde la playa norte hasta la playa sur. Echó abajo viejas casas para renovarlas, las banquetas de esa rúa las amplió y aquella angosta calle se vio mejor, más funcional.
Luego, abrió una “cuchilla” en la esquina norte de la misma calle Aquiles Serdán, dando pábulo para que la avenida Juan Carrasco se uniera a la primera, como usted podrá verlo ahora.
Todo esto y mucho más, vino a mi memoria una fresca mañana dominguera, hace poco, cuando fui invitado por mi estimada amiga Eulalia López Sánchez “La Chacha” a que fuera a saborear rico plato de menudo con pata que preparó.
Mientras gozaba con el menudazo, recordé que antiguamente por ahí estuvieron ubicados los billares “México”, las cantinas “Aquí me quedo”, “El Cantón de los viajeros”, “El Bosque de la China”, “La Micaela” y quien sabe cuantas más que visitaba yo en los tiempos en los que “corría mares” echándome la copa. También por ahí estaba el expendio de carbón de don Felipe y por las noches había mesas para cenar en las banquetas o dentro de sus casas con doña Juana, doña Loreto, doña Eutolia y algunas otras, y también estaba por ahí la frutería de Nacho Guerra y más antes estuvo el cine “Nakakawa” que se convirtió posteriormente en “Salón Venecia”. Era cuando las canciones en boga y que escuchábamos en las “Rockolas” poniéndole al aparato una moneda de diez centavos para oír “El Gallo Tuerto”, “La Micaela”, “La Burrita” y más antes habíamos oído en esos lugares aquella canción tan sentimental y realista que se llama “Despedida” del compositor Pedro Flores de Puerto Rico y que en la voz de Daniel Santos alcanzó mucha popularidad durante la segunda guerra mundial y que dice así:
 
Vengo a decirle adiós a los muchachos,
porque pronto me voy para la guerra,
y aunque vaya a pelear en otras tierras,
voy a salvar mis derechos, mi patria y mi honor.
Yo ya me despedí de mi adorada,
y le pedí por Dios que nunca llore,
que recuerde por siempre mis amores,
que yo de ella nunca me olvidaré
Sólo me parte el alma y me condena
que dejo tan solita a mi mamá,
mi pobre madrecita que es tan buena
¿Quién en mi ausencia la consolará?
¿Quién me le hará un favor si necesita?
¿Quién la socorrerá si se enfermara?
¿Quién le hablará de mí, si preguntara
por ese hijo que nunca quizás volverá?
¿Quién le rezará si se muriera?
¿Quién le pondrá una flor en su sepultura?
¿Quién se condolerá de mi amargura,
si yo vuelvo y no encuentro a mi mamá?
 
Esa es la letra de tan nostálgica canción que terminaba en forma melancólica con el toque de un clarín que casi nos hacía llorar.
En fin, ese recuerdo que tengo de la barriada que cito y que se abrió al tránsito de vehículos motorizados, para convertirse en una importante rúa que puso al servicio de la comunidad de Mazatlán Antonio Toledo Corro, entonces presidente municipal de puerto y ahora gobernador del estado de Sinaloa.
 
 
Carlos “Chale” Salazar Cordero
Album del Recuerdo Año 1985
 
 
 
 
 
Esa palabra que por magnavoces montados en una camioneta que recorría el puerto y que era lanzada al aire, sacudió desde sus cimientos a Mazatlán, aquél amanecer de un viernes Santo, cuando este bello rincón del Pacífico estaba lleno de visitantes que gozaban de sus vacaciones y dormían en su mayoría.
Despertar brusco ante aquel alerta de: ¡Maremoto, sálvese el que pueda! ¡Váyanse a las alturas, porque una ola gigante lo cubrirá todo… todo!
¡Qué miedo, qué obediencia! El éxodo atropellado empezó a realizarse y no se respetaban ni viejos, ni niños, ni mujeres, ni inválidos y hasta aquellos no pocos que caminaban por las calles, sino que corrían tratando de retirarse de estas playas.
Hasta un altoparlante instalado en una avioneta que sobrevolaba la ciudad, con su estruendo propio, se sumaba a prevenir a los habitantes para que tomaran sus precauciones, consumándose un pavor colectivo y no era para menos.
¡Abandonen la ciudad! ¡Se acerca un maremoto! Se oía desde aquella avioneta que cruzaba el cielo de Mazatlán rauda y veloz, haciendo más impactantes aquellos momentos de angustia.
Los relojes marcaban las tres de la mañana de aquel nunca olvidado viernes Santo. Dice por ahí: “cuan valiente es el valiente cuando comenta sus valentías, pero cuan miedoso es el valiente cuando se llega a las realidades”.
Esa madrugada ¿Porqué eran tantos los miedosos?
Vino a mi memoria el suceso de aquella madrugada, porque estando en Guadalajara, me encontré con un viejo amigo, a quien posiblemente desde aquel despertar no veía, y platicando sobre Mazatlán, me aseguró que desde esa semana de aquel supuesto Maremoto, no habían vuelto ni él, ni su familia a la costa.
Me contó lo de aquellas horas cuando plácidamente dormían después del ajetreo de playas, bailadas y relajo, y que fueron despertados por aquel escándalo de gritos y corredizas que se escenificaban fuera de su hotel. “Una ola gigante se acerca, oíamos claramente, y al asomarnos al balcón de nuestro cuarto en el segundo piso, nos gritaron que saltáramos y que huyéramos porque Mazatlán sería sepultada por el mar”, me dijo mi amigo todavía mostrando un dejo de nerviosismo, como si estuviese viviendo aquellos angustiosos momentos.
“Mi hijo, de escasos seis años, y mi mujer –seguía contándome mi amigo- se movilizaron asustadísimos. Ella acomodó como pudo en nuestros velices parte de nuestra ropa, pero primero arrojó dos colchones a la banqueta, y lo que siguió no recuerdo bien, si primero arrojé al niño y después arrojé a mi mujer o ella me aventó a mi, el caso es que el coche se llenó de cobijas y almohadas, así como con nuestras pertenencias, y entonces mi hijo a mi lado me decía sumamente asustado: ahí viene, ahí viene el mar. De no ser por dos o tres vehículos que tenía adelante, hubiera salido más que disparado inmediatamente que abordamos nuestro carro, pero en cuanto pude, dando un arrancón brusco y originando un rechinón de llantas por lo acelerado de mi maniobra, enfilamos hacia donde pudiéramos tener seguridad de no ser alcanzados por el maremoto que iría a cubrir a todo Mazatlán, según se aseguraba en las informaciones oídas a través de los magnavoces de la camioneta y de las informaciones lanzadas desde el aire que venían desde la avioneta que revoloteaba sobre el cielo del puerto”.
“Una vez que arranqué en forma desesperada, mi querida consorte, con voz tronante, me gritó: ¡detente, desgraciado; no corras tanto! Y quien sabe qué tantas cosas más me dijo y hasta me jaloneó de los cabellos (eso no lo ha vuelto a hacer) pero en ese momento lo primero es lo primero, y salir de estampida de la zona de peligro era mi mayor deseo”, siguió contándome mi amigo.
“Primero lentamente fuimos deslizándonos por las congestionadas calles, mirando aquél gentío y línea de vehículos que caminaban atropelladamente, todos queriendo irse lo más lejos posible de las playas mazatlecas”, prosiguió en forma interesada.
“No nos detuvimos hasta que llegamos a Tepic -agregó aquél que vivió los momentos angustiosos al anuncio de que Mazatlán sería arrasado por un maremoto- y entonces nos dimos cuenta de que mi mujer iba en pijamas, y yo a medio vestir, arropados en sábanas y cobijas del hotel, así como dos o tres almohadas”.
“Te diré que días después, cuando convencidos de que no había pasado nada, escribí a la administración del hotel que sigue operando por allí por el paseo Olas Altas, pidiéndole la cuenta, misma que cubrí totalmente”.
-Pero dime ¿porqué tuviste tanto miedo?
“Porque nosotros que somos muy católicos, en aquella ocasión nos olvidamos de cumplir con la iglesia, desbordándonos en Mazatlán en las fiestas, gozando de sus hermosas playas, bailando al compás de la música jacarandosa y en fin, disfrutando de la vida en plenos días Santos, y cuando mi mujer escuchó que venía un maremoto y quedaríamos bajo las aguas del mar que invadiría al puerto, gritó: “Esto es un castigo de Dios” y un castigo de la naturaleza, a cualquiera pone los pelos de punta”.
“Pero ahora me han dicho que nuestro querido Mazatlán está muy bonito, que ha crecido mucho y esperamos que nos vamos a divertir de lo lindo cuando nuevamente vayamos, más ahora que llevamos hasta nietos”
-Lo único que te pido, le dije- es que vayas bien protegido.
¿Por qué?” me preguntó con curiosidad. ¡No me salgas con que habrá otro maremoto”.
-Maremoto no, pero sí vas a sufrir algunas sacudidas cada vez que tengas que pagar en restaurantes, hoteles, farmacias, supermercados o hagas uso de los servicios de un taxi, una pulmonía o una bronquitis o bien, quieras comer camarones, callos de hacha o cualquier otro marisco y entonces no vas a tener algún pretexto para salir de estampida de Mazatlán, porque todo eso cuesta un ojo de la cara, aunque ya deberás estar acostumbrado a los altos precios, porque a donde vayas está lo mismo de caro, con esto de la devaluación de nuestra moneda.
 
Carlos “Chale” Salazar Cordero
Álbum del Recuerdo Año 1986
 
 
 
 
 
 
En esta revista han aparecido los nombres de personas que por su carácter festivo y manera de vestir, divirtieron a chicos y grandes; como lo fueron “La Chomé”, “Polidor”, etc. Ahora, someramente les relato un pasaje de la vida de un hombre, que puede decirse, fue el reverso de la medalla.   No porque haya sido un bravucón o ebrio consuetudinario.
“El Mocho Damas” era un hombre honrado, trabajador y atento que vendía chicharrones en un canasto que cargaba sobre su cabeza. Tenía amputado el brazo izquierdo a la altura del codo, de ahí el apodo de “El Mocho Damas”.
Era muy popular entre los vecinos mazatlecos, pero más en las barriadas pobres; porque las amas de casa al escuchar el grito de: “los de puerca y puerco calientitos”, acudían presurosas a comprarle por la buena calidad de su mercancía y por venderles más barato que en otros lugares.
Su mal consistía en que cuando bebía algunas copas y lo provocaban, se “liaba” a golpes con quien fuera. La policía en ocasiones lo arrestaba injustamente cuando lo miraban bebiendo en alguna cantina, dizque para prevenir un futuro zafarrancho con algún parroquiano. No le valían súplicas, ni derechos que le asistían como ciudadano para seguir bebiendo. Con lujo de fuerza lo sacaban y se armaba la bronca. Había veces que se necesitaban hasta seis policías para someterlo al orden. De ahí nació el odio que “El Mocho Damas” le tenía a la policía.
Este Carnaval de 1984, crucé por la Plazuela Machado rumbo a Olas Altas a presenciar la “quema del mal humor”. La plazuela estaba desierta en lo que respecta a paseantes carnavaleros; solo se encontraban las personas dedicadas a levantar las carpas de los negocios que se instalaban allí.
Con la vista recorrí las fachadas de los viejos edificios del entonces Círculo Comercial “Benito Juárez” (esquina Constitución y Carnaval) y el “Casino Mazatlán” (contra esquina del antes mencionado); y en la planta baja del Casino, el famoso “Salón Fojo”, regenteado en ese entonces por los señores Ángel y Fermín Fojo (ignoro si existen). Hoy la casa está ocupada por una tortillería. Más allá del Teatro “Rubio” (hoy Ángela Peralta), digno escenario de compañías dramaturgas; magníficas peleas de box escenificadas por los más afamados boxeadores de esa época; y en Carnaval se convertía en una explosión de alegría, al congregarse en su amplia pista de baile, multitud de bullangueras mascaritas y alegres carnavaleros.
Antaño, el Círculo Comercial “Benito Juárez” y el Casino “Mazatlán” se disputaban la supremacía en la exhibición del más atractivo adorno o motivo carnavalero; y al contemplar la estrujante (para mi) soledad que imperaba, acudieron a mi mente momentos inolvidables que haya vivido ese Carnaval en que acaeció lo que más abajo narro.
El Círculo Comercial “Benito Juárez”, lucía el adorno de un barco que lo asemejaba la fachada que da al frente de la plazuela. Sus balcones eran la cubierta del barco, donde se encontraban reunidos lo más granado de la sociedad mazatleca y visitantes, sin faltar la bullanguera chiquillería. Tenía dos cañones (uno a proa y otro a popa), que a intervalos, disparaban bocanadas de confetti sobre los concurrentes a la plazuela. El Casino “Mazatlán”, lucía una máquina de ferrocarril que arrastraba un carro pasajero. La tripulación la componían apuestos jóvenes luciendo el atuendo característico de la gente del riel; y en el carro pasajero, “viajaban” bellísimas damitas que alegremente jugaban con serpentinas y confetti con las personas congregadas sobre la banqueta en medio de la calle; al tiempo que el silbato hendía los aires con agudos silbatazos, se ponían en movimiento las ruedas, seguidas del incesante sonar de la campana; entre risas y ademanes “de adiós” de los que se “ausentaban” en la máquina 501.
En pos de más esparcimiento, entré al “Salón Fojo”. La alegría que reinaba era contagiante. Mascaritas bailando al compás de los acordes de la orquesta, luciendo sus llamativos disfraces. Bromas y risas entre tiras de serpentinas y puñados de confetti; confundiéndose con las melodías salidas de los instrumentos orquestales, el alegre tintineo de cascabeles y el agradable olor a tela nueva con que se confeccionaban los disfraces.
De pronto me di cuenta de que alguien cambiaba golpes con la policía (dos), que las autoridades apostaban a la entrada de los centros donde había bailes de mascaritas; con el objeto de requisar armas e inquirir por los permisos para disfrazarse.
Era “El Mocho Damas” el autor de la bronca, que no admitió que la policía lo registrara. De certero golpe en la nuca dejó sentado a uno; y al otro policía lo arrojó para debajo de la banqueta; entrando al salón muy orondo, como si nada hubiera ocurrido.
Los gendarmes, conociendo cómo se las gastaba el Mocho, pidieron refuerzos, llegando poco después tres policías, quienes inmediatamente penetraron al salón, encontrando al “Mocho Damas” recargado en la barra saboreando tranquilamente una cerveza Pacífico. Este al ver a los policías, les aventó con el envase, pegándole en el pecho a un gendarme de apellido Cisneros que usaba pobladas polacas, quien desenfundó su pistola e hizo dos disparos al aire, que se incrustaron en el techo del local. A los disparos, siguió el corredera de mascaritas y particulares; pero como era un mar de gente el que entraba y salía, se taponeó la entrada y casi todos nos quedamos adentro. Inmediatamente de lo sucedido, alguien desconectó el switch de la corriente eléctrica y nos quedamos a oscuras; escuchándose acto seguido, la gritería de las mascaritas que sufrían atropellos en sus cuerpos, realizados por los más avorazados. Las blasfemias se confundían con las risotadas, aventones, protestas y todo lo que se puede usted imaginar que suceda en esas circunstancias.
Con la luz, llegó la calma; y tanto la policía como los presentes, esperábamos mirar por ahí al “Mocho Damas” ¡Pero ni sus luces!. ¡Había volado! ¿Cómo salió? ¡Quién sabe!.
Mascaritas y particulares, sufrieron algunas magulladuras sin importancia. Los más amolados fueron los señores Fojo, porque los bebedores que estaban frente a la barra cuando apagaron la luz, nomás no pagaron.
Años después, el “Mocho Damas” murió en una refriega que se suscitó por la calle Zaragoza. ¡Descanse en paz!
 
Carlos “Chale” Salazar Cordero

Album del Recuerdo Año 1984

 

 
 
 
Antaño, el Círculo Comercial “Benito Juárez” y el Casino “Mazatlán” se disputaban la supremacía en la exhibición del más atractivo adorno o motivo carnavalero.
 
 
 
 
 

 
 
 
 
 
Los viejos en ocasiones nos ufanamos de haber llegado a una edad que en la actualidad es difícil superar.
Desde luego, es muy bonito acumular bastantes años y haber gozado de épocas tranquilas; de haber disfrutado en Mazatlán de aquél tiempo en el que se palpaba un ambiente apacible dada la población que tenía este puerto, pues escasamente llegábamos a veinte mil habitantes que nos desenvolvíamos diariamente sin muchas dificultades.
Es satisfactorio, también, haber conocido a tantas personas y haber entablado con ellas una amistad sincera, compartiendo la vida en esta ciudad entonces reducida por unos límites comprendidos al norte por la playa del Puerto Viejo, al este por la antigua Estación del Ferrocarril Sud Pacífico de México (conocida como Estación Casa Redonda) y con la barriada de la Loma Atravesada, al sur por las quietas aguas de la Playa Sur y al poniente por el inmenso mar a que íbamos a contemplar desde el Paseo Centenario, desde el malecón de Olas Altas o desde el Paseo Claussen, estos tres sitios que antaño eran la tarjeta de presentación de Mazatlán y los tradicionales lugares donde nos reuníamos los habitantes porteños, sobre todo el Olas Altas, en donde nos confundíamos todos paseando a pie sobre el malecón de punta a punta, sin que hubiese distinción de edades, sexos o clases sociales, porque siendo sitios de ensueño, toda la gente podía disfrutarlos, sobre todo en tiempos de calores, caminando sobre el encementado piso, mientras que otras personas paseaban en sus carruajes, buguis, arañas o bien en los pocos automóviles que entonces había en Mazatlán.
En cierto modo, quienes hemos llegado a una edad más que madura, tenemos razón en ufanarnos de haber vivido tantos años.
Dios ha querido darnos a algunos vida y aunque en ocasiones hemos sufrido algunas leves enfermedades (simples resfríos), por lo regular, hemos contado con buena salud. Es una bendición del cielo estar saludable la mayor parte del tiempo, porque ello nos proporciona una vida agradable, aun dentro de nuestra pobreza, pero eso sí, llena de satisfacciones que compensan las penurias económicas a las que estamos expuestos quienes no nacimos en pañales de seda o no quisimos hacer fortuna ilícita.
Entonces, debemos darle las gracias al Todopoderoso por conservarnos sanos y aunque cargamos algunos mortales con muchos años a cuestas, de algo nos han servido la buena salud y la larga vida de que hemos disfrutado, sacándole partido a la existencia hasta donde ha sido posible.
Tal como lo digo en el encabezado de este artículo, el precio de la vejez es sepultar a los amigos.
Cuántos seres se nos han adelantado en el viaje sin retorno, pero aunque ha pasado mucho tiempo desde que se fueron de este mundo, no los hemos olvidado, aún a pesar de que a muchos de ellos no pudiera quien esto escribe, llamarlos amigos, porque fueron conocidos únicamente, pues nuestra relación se circunscribió únicamente al saludo y a la corta conversación, pero como fueron mazatlecos o se identificaron con nuestro medio aunque hayan sido oriundos de otras partes, al irse definitivamente de estas playas, sentimos por ellos un pesar que se considera como un hasta luego, porque por allá los alcanzaremos.
Recientemente, varias personas han fallecido tanto en Mazatlán como fuera de esta ciudad, consignando más abajo sus nombres y enviando a sus familiares nuestro más sentido pésame.
Faustino Rentaría Cardiel, Sra, Graciela Sánchez de Mariscal (estoy contigo Pillín Mariscal), fallecida en México, D.F., Cástulo Gil (murió en Guadalajara), lic. Gabriel Quevedo Páez, Francisco Ocampo Ramírez, Antonio V. González (fallecido en Denver, Colorado, pero fue sepultado aquí), Eloín Orozco Corella (dejó de existir en Tijuana, B.C.), Sra. Julia Ibáñez vda. de Ayón, madre del periodista Guillermo Ibáñez), Efraín Ferreiro (falleció en San Diego, Cal.), ingeniero Guillermo Olson, Efraín Martínez, Sra. María Celia Cortez de Chío (murió en Los Ángeles, Cal.), Hilario “Hit Oportuno” Quintero, Sra. Rosa Díaz de León de López, Francisco Molina Acevedo, doctor Carlos Ley Chon (dejó de existir en San Diego, Cal.), Sra. María Santos Ortega de Arvizu (madre del pelotero profesional Juanito Arvizu), Ignacio Parra Manjares “Parrita”.

PÁGINAS SELECTAS de Chayito Uriarte:
 
AUSENCIA SIN OLVIDO
 
Guardo entre los primeros recuerdos de mi infancia, moneda áurea en la alforja de mis memorias viejas, las tardes luminosas pasadas en la playa…
(El recuerdo es tan vivo, que aún siento que se envuelve su marina fragancia)
Corríamos y corríamos con fiel perseverancia, tratando inútilmente de ganar las parejas a las olas inquietas, una vez y otra y otra, con infantil jactancia.
Llevábamos dos perros de raza no muy fina con nombres heredados: Fusil y Valentina.
Nadadores intrépidos, listos para cobrar una valiosa pieza; el madero o la estopa y ayudarnos más tarde, ágiles, a escarbar, alrededor del casco de un barco abandonado, para sacar almejas ricas, para la sopa.
Después ya fatigados, sentados en la arena, nos contaban historias de fantasmas, de viajes y de piratería.
Al fin salía la luna –una luna redonda- (la luna de m infancia fue siempre luna llena) iluminando el Faro a las islas, la bahía… a veces, caminando rumbo al Astillero, lográbamos ver como salían los pescadores en sus barcos de remos: “La Niña”, “La Gaviota”, “La Brisa”, “El Nigromante”… y en un mar luminoso –luna y fosforescencia- tendían sus chinchorros levantando con ellos espuma de diamantes.
(Paréntesis de días letárgicos de escuela, Botánica, Aritmética, Historia, Geografía, Clases de Inglés, de Piano y de Taquigrafía).
Guardo entre los primeros recuerdos juveniles, el de unas loterías que se hicieron en casa de unas amigas mías.
Había juegos de estrado: bailábamos, cantábamos y con frecuencia iba un señor algo pálido que siempre recitaba: “Lo Fatal”, “Suave Patria”, “Nocturno”, “Gratia Plena”.
Las loterías tenían un bello fin: La fiesta que se hacía en Noche Buena.
Luego, a trabajar todos para elegir la reina del Carnaval: Julieta, Carmen, Bertha, Josefina, María… Había gran ajetreo, quermeses, fiestas, bailes y funciones de teatro, discusiones, apuestas, colectas y alegatos sobre cual candidato debería de triunfar.
Y era el Carnaval, familias enteras se dejaban de hablar.
Confetti, serpentinas, desfile de la Reina y carros adornados.
El Casino y el Círculo muy emperifollados y un ambular de máscaras en la Plaza Machado.
Después, Semana Santa, días de recogimiento, de vestir de negro, sin fiestas, ni paseos, ni bailes, ni turistas… el baile se efectuaba el sábado de Gloria… Siempre estábamos listas.
Mayo, Abril y Junio.
Esta era la época de bañarse en el mar. A la Playa Sur íbamos muy en la madrugada. Dicen que de esta playa ya no ha quedado nada y siento un gran pesar.
Mi playa predilecta, en la que nunca pude aprender a nadar.
En las tardes gustábamos de pasear por las Olas Altas, buscar el rayo verde, cuando el sol se ponía, pedir una gracia que no se nos cumplía.
Nos íbamos a casa cuando salía la luna, para volver, a veces, pasada ya la cena a pasear junto al mar.
Las noches que recuerdo, siempre había luna llena. Y en las noches de estío, pecosas de cocuyos, radiantes de luceros, solíamos a veces pasear por el estero; cantábamos en coro, hablábamos en dúo y creo que alguien me dijo alguna vez: “Te quiero”. Después vino la ausencia: Ausencia Sin Olvido.
Te recuerdo, por último, con un nimbo de adioses, -agitar de pañuelos y volar de gaviotas- y un pensar en volver, cuando apenas partía y un repetir tu nombre, como una letanía.
Porque tú eres mi infancia y eres mi adolescencia; y los primeros años de juventud gloriosa. Eres mi primer baile y eres mi primer beso, porque guardas los días más bellos de mi vida y te quiero por eso.
Mazatlán: Esa gracia pedida tantas veces, buscando el rayo verde cuando el sol se ponía, se me concede ahora, aquí desde mi ausencia –Ausencia Sin Olvido- al decirte: Te quiero, Te quiero y Te bendigo.
 
Carlos “Chale” Salazar Cordero
Album del Recuerdo Año 1984
 

 

 

 
Mayo, Abril y Junio. Esta era la época de bañarse en el mar. 
 

 

Mazatlán:

Esa gracia pedida tantas veces, buscando el rayo verde cuando el sol se ponía, se me concede ahora, aquí desde mi ausencia –Ausencia Sin Olvido- al decirte:

Te quiero, Te quiero y Te bendigo.

 

 

 

 

 

 
 
Ahora puse mayor empeño para publicar esta revista que ha llegado a gustar a mis lectores. Pero si esta vez he trabajado más que en otras ocasiones para cubrir el alto costo de manufactura de Album del Recuerdo, ahora con la apreciable ayuda de mis colaboradores a quienes agradezco su buena voluntad para que yo siga adelante en esta profesión periodística que elegí y que tanto me gusta, es muy satisfactorio para mí llevar una conducta derecha en mi profesión.
Veamos lo que nos relata mi buen amigo Heriberto H. Malcampo, en ésta su valiosa colaboración para mi Revista.
 
La natación es un gran deporte. Expertos lo consideran el mejor de todos.   Para practicarlo cuesta menos que todos y para desarrollarlo contamos con el más grande de los estadios: el mar.
Siempre me ha gustado practicar deportes al aire libre. Las carreras eran mi pasatiempo y el cerro de “El Vigía” y sus hermosas veredas eran mi campo de acción. Corría y corría sin cansarme; corría porque gozaba corriendo, pero no pensaba en competir, ni tomarme el tiempo. Lo hacía porque sentía una gran satisfacción. Corría porque desde que empecé a hacerlo, mi condición física fue mejor y la confianza aumentó en mis acciones de hombre.
Iba a la playa, me daba la bañada como lo hacen actualmente la mayoría de los que van dizque a bañarse, pero solamente van a “pachanguearla” con las hermosas “sirenas” que lo más que logran es meterse al mar hasta donde el agua les llega a las bellas a la cintura.
Viene el turismo de ciudades del interior de la república naturalmente atraído por las playas de Mazatlán. Las bellas jovencitas buscan a los jovencitos mazatlecos pensando que son magníficos nadadores, pero ¡oh, desilusión!, ellas manotean mejor el agua que los nacidos en estas playas, verdad de Dios.
El gran Johnny Weissmüller de las películas de “Tarzán” fue mi inspiración. ¡Qué forma de nadar! ¡Qué maravilla! Me decía; y así como acostumbraba a ir a correr en parajes yo solo, así en la playa sur de tan lindos recuerdos y frente a la Capitanía del Puerto, todos los días, por horas practicaba la natación, imitando la forma de aquél único “Tarzán” del cine y hasta libros compraba para enterarme de su forma de nadar y practicar aquel famoso “crowl” que tan cadenciosamente desarrollaba Weissmüler y que lo llevó a romper récord Olímpicos y ser el mejor de todos por muchos años.
Ana María Alatorre nadaba conmigo y también “La Leona” Leal otra maravillosa nadadora de este puerto y “El Macho” Leal me daba cada revolcada –bañada en ese caso- pero yo seguía nadando, nadando…
La playa sur era mi preferida. Su mar tranquilo era como una alberca ideal para mejorar en la natación y coger velocidad. Enrique Solano varias veces me siguió deseando competir, pero yo iba siempre adelante, no solamente de él, sino también de algún grupo que también gustaban de probar su velocidad sobre aquellas apacibles aguas de la playa sur que se nos fue para siempre.
Entonces comencé a ver que siempre llegaba primero a los pangos de los Coppel fondeados en lo que entonces era la bahía de las embarcaciones de cabotaje y quienes me seguían y no lograban alcanzarme, alababan mi estilo de nadar.
Por fin competí en una carrera que se organizó y gané. Cien o doscientos metros ¿Quién los midió? ¡Nadie!.
Una mejor competencia se organizó en la playa norte, donde se distinguieron una media docena de buenos nadadores. Yo fui uno de los sobresalientes y algunos dijeron que gané yo, otros que no, pero la mayoría de quienes vieron aquella justa acuática, me felicitaron y dijeron que lo hacía muy bien.
Después no deseaba tanto el pensar ganar; deseaba que organizaran competencias para yo nadar, nadar. Qué maravilloso es nadar; es algo tan hermoso, que cuando se domina, es como caminar y caminar. Se va meciendo el cuerpo mientras los brazos se deslizan cadenciosamente, salen del agua, van hacia delante como queriendo desprenderse, luego deseando coger algo, se introducen al mar y bajan tan plácidamente y entonces, como no deseando, empujan el cuerpo y lo hacen hasta salir atrás y volver su ritmo de subir, adelantarse, bajar y quedarse atrás, mientras las piernas como tijeras gigantes se abren y cierran haciendo que los pies se mezan de arriba abajo continuamente. Es tan rítmico, tan cadencioso, tan sabroso, tan subyugante, que solamente el que sabe nadar puede comprenderlo.
Gané dos o tres medallas de primer lugar como velocista en la natación. Va uno cogiendo edad y el exhibicionismo se va dejando.
Pasaron dos o tres años sin competir, pero otra vez alguien que no recuerdo qien fue, empezó con tiempo la propaganda para hacer en las próximas Fiestas Patrias de ese año varias competencias deportivas, destacando las carreras de natación, pero la de cien metros fue la que más me entusiasmó y varios fueron los jóvenes que se inscribieron y se prepararon para tomar parte.
Mi hermano Héctor que también practicaba la natación, me pidió que le tomara el tiempo y no pocas veces nadé con él. Entonces empecé a notar que cuando yo me “jalaba”, podía adelantármele, pero en ocasiones no lo hice por no se qué razón.
También nadé con varios de los que iban a competir en esa tan alardeada competencia y con cierto gusto me di cuenta de que todavía yo podía ganar. De última hora, con cierto trabajo, me inscribí. Digo con cierto trabajo porque algunos que iban a tomar parte en esa justa acuática, alegaban que ya se había cerrado el plazo para las inscripciones, pero probando lo contrario, fui admitido.
La mañana del 15 de septiembre de ese año, mucha gente se dio cita en el hermoso paseo de Olas Altas, entonces la principal rúa de este puerto. Más de una docena de nadadores llegamos puntualmente a la cita y mi hermano Héctor se sorprendió cuando me vio en traje de baño.
¿Vas a competir?, me preguntó en forma ansiosa.
-Mira Héctor, deseo de corazón que tú ganes; por lo tanto te pido te pongas a la derecha de mí, porque yo deseo sinceramente que el vencedor lo seas tú. Si veo que alguien se te adelanta, entonces tendré que hacer mi máximo esfuerzo para ganar yo, le contesté inmediatamente.
-¿De manera que crees que tú me ganas?. ¡Pero si en los entrenamientos siempre te gané!.
-Has lo que te digo, que a mi no me importa ganar. Deseo que tú obtengas la medalla de oro. Yo ya tengo algunas, le dije en tono como si fuera una orden, a lo que él, vanidosamente me contestó:
-Te voy a ganar limpiamente, ya lo verás.
Se acomodó entre el grupo, dieron el silbatazo de salida y todos, como si fuésemos una sola persona, nos lanzamos en busca del triunfo. Yo estaba colocado en el extremo más adentro del grupo, por lo tanto en cada balanceo del cuerpo y entre el hueco que forma el brazo al salir hacia delante, veía la línea despejada sin que ninguna cabeza se me adelantara, cuando casi a la mitad de la distancia que habríamos de recorrer, vi menearse rompiendo la fila varios brazos, que comenzaban a adelantarse.
Fue la última vez que puse el corazón y esfuerzo en la competencia que habría de ser para mi la postrera dentro de la natación. Que lindo sentir cortar el agua, porque nadé tan limpiamente, sin ningún error, deseando ganar porque creía que mi hermano se quedaba atrás, ya que dos adversarios eran para mi los peligrosos.
Cuando salí a la playa, algunos aficionados se echaron sobre mí, abrazándome y felicitándome. Aún recuerdo al “Pollo” Solís cuando entusiasmadamente, me dijo: “Pepe los barriste; qué bárbaro, qué bonito nadaste y tu hermano Héctor no lo hizo tan mal. Le ganaste por tres metros y él terminó en segundo lugar”.
Qué mal me sentí. Gané a mi hermano, cuando tanto deseaba que él ganara.
La premiación, por la noche, fue en el Palacio Municipal. Los hermanos Malcampo, orgullosos, se llevaron las dos medallas: la de oro y la de plata.
 
 
Carlos “Chale” Salazar Cordero
Album del Recuerdo Año 1982
 
 
 
 

 
Para practicar la natación cuesta menos que todos los deportes y para desarrollarlo contamos con el más grande de los estadios: el mar.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
La muerte es el final de una etapa que habremos de recorrer en forma fructífera hasta donde nos sea posible. Si no existiera la fe que nos confirma la existencia de un mundo mejor en el que en definitiva todos nos encontraremos, no valdría la pena vivir.
Y hay que sentir las desgracias que a otros les suceden, como esa irreparable pérdida de casi toda la familia Lem, que tuvo la desgracia de sucumbir en el desplome de un edificio durante el terremoto registrado en la ciudad de México en el pasado mes de septiembre.
Siendo la familia Lem de Mazatlán, los habitantes de este puerto nos conmovimos al conocer ese fatal suceso.
Para ellos que se fueron en forma trágica y para otros amigos que nos abandonaron últimamente, Álbum del Recuerdo dedica ésta como siempre lo ha hecho, para despedir a quienes se van antes que nosotros; a todos los que fallecieron se les despide con tristeza y a sus familiares se les desea resignación a que tienen derecho.
Ernesto Zenteno Carreón, mi amigo Rafael Reyes Nájera (kid Alto) me lo presentó en la redacción del diario “El Sol del Pacífico” en octubre de 1951, cuando las oficinas y talleres de esa publicación estaban situados por la calle Aquiles Serdán, en la cuadra comprendida entre las de José María Canizáles y 21 de Marzo, o sea donde nació “El Sol” en el año de 1947 y que tuvo como directores, primero a Daniel Cadena Z. y después al licenciado Jorge González Guevara, éste último a quien vino a suplir en el cargo Ernesto Zenteno Carreón, quien nació en Puebla el 10 de junio de 1919 y se inició allá en el periodismo. Llegando a Mazatlán la fresca mañana de marzo de 1951 y tomó las riendas del periódico, entrando en funciones sin conocer a nadie en Mazatlán, más de pronto en unos cuantos meses, se hizo de muchas amistades y pronto se vio que traía ganas de quedarse por largo tiempo, pues se enamoró de estas playas y siendo hospitalario el carácter de los mazatlecos, fue fácil identificarse con el conglomerado porteño y aquí se quedó… ¡para siempre!, Ramón Verdín (Kid Verdín arriba del ring), que hace poco pasó a mejor vida.
La más bella de las fiestas mexicanas, la charrería, perdió hace poco a uno de sus más connotados exponentes: Manolo Osuna Sánchez. Desde los lejanos tiempos en los que fue fundada la Asociación de Charros de Mazatlán, el 22 de noviembre de 1933, el puerto ha sonado fuerte en la República, pues aquí han existido elementos que en competencias de importancia han sabido salir airosos para darle muchas glorias.
Aquellos Charros fundadores de la Asociación como lo fueron Silvano Pérez Ramos, Severo O. Montero, Amado S. Guzmán, Alfonso O. Tirado, Zeferino Conde, Genaro Galindo, Isidro S. Hernández, coronel José Osuna Páez, Armando Atienza, Germán O. Tirado y algunos más, todos ellos que un año antes había tenido juntas informales y competencias de la misma índole realizadas en el rancho “El Camarón” propiedad de la familia Montero, por fin llevaron a efecto la integración de la mesa directiva que habría de llevar las riendas del grupo y tras la fundación de la Asociación, desplegaron sus actividades con mucho entusiasmo. Fue así como el 2 de diciembre de 1933 celebraron su primera charreada en la desaparecida plaza de toros “Rea” que estuvo situada en la manzana comprendida entre las calles Fábrica, Febo, Casa Mata e Hidalgo, allí a un costado de la escuela y plazuela Ángel Flores.
Después llevaron a efecto charreadas en Villa Unión, El Pozole, El palmito, Chele y otros pueblos aledaños a Mazatlán, tomando mucha popularidad, por la que hubo la necesidad de construir un lienzo provisional en el rancho “El Camarón” inaugurándose éste el 3 de febrero de 1935.
Han pasado tantos años desde entonces y la Asociación de Charros de Mazatlán creció notablemente. Entraron nuevos socios y entonces construyeron nuevo Lienzo en terrenos atrás donde está el panteón número dos, poniéndose en servicio en febrero de 1938, a la vez que ya contaban con un lugar social llamado Centro Charro que estuvo ubicado en la calle Constitución 559, donde se reunían sus miembros a compartir la copa, charlar sobre su deporte favorito y comentar sobre diferentes tópicos de actualidad, pasando después a nuevo Centro Charro que estuvo situado por la calle Ciprés, donde también desarrollaban eventos sociales.
Vinieron a engrosar al grupo de los charros posteriormente otros elementos, llegando también con mucho entusiasmo como el de los fundadores de la Asociación, personas como Raúl H. Cárdenas, Ernesto M. Buchart, Federico Cuevas, doctor Daniel Cárdenas Mora, Alejandro Rodríguez, Rafael Tirado Canizáles, Edmundo González, José R. Valdez y tantas más, para que luego llegaran a formar filas Ricardo Medrano Fillippini, Juan Moreno Balderas, Manuel Osuna Sánchez y tanta gente joven más, que vitalizó al grupo charro.
Tan eso fue así, que posteriormente el Lienzo Charro que actualmente funciona en la colonia licenciado Benito Juárez, que fue inaugurado el 16 de febrero de 1963 por el entonces gobernador de Sinaloa, señor Leopoldo Sánchez Celis, quien puso mucho empeño para que los charros de Mazatlán contaran con un lugar adecuado para el desarrollo de su deporte.
Todo cambió desde entonces y los hombres del pial y el caballo entraron a las competencias nacionales de México.
Teniendo muchas facultades, Manolo Osuna Sánchez desde luego destacó y llegó a obtener el campeonato nacional de la actividad charra. Fue un dedicado en cuerpo y alma a su deporte favorito e inculcó a sus pequeños hijos para que siguieran el sendero de tan bella y tan varonil distracción, por lo que aquellos que eran pequeños vástagos de Manolo, hoy son completos charros mazatlecos.
Además de significarse como magnífico charro, Manolo Osuna Sánchez mientras fue Recaudador de Rentas en Mazatlán, ayudó mucho al Carnaval que año por año se celebra en estas playas, usando sus influencias para que se recaudara mayor cantidad de dinero entre comercio, industrias, bancos y particulares, y que nuestras fiestas resultaran brillantes y con la alegría característica de la gente porteña que trae en sus venas la tradición que dejaron sus antecesores.
Hace algunos meses, Manolo Osuna Sánchez, el charro campeón de Mazatlán, falleció de un paro cardíaco y tal suceso consternó a los habitantes de Mazatlán y a sus compañeros de la Asociación de Charros que lo siguen recordando con cariño, con más razón sus apesarados familiares, a quienes envío mi más sentido pésame.
Otros que también nos dejaron: Carmen Morales de Jáuregui, monseñor José . Barraza (falleció en Culiacán), José Guadalupe Zepeda, Victoria (Toya) Tirado, Hernán Carrillo (en Mexicali), María López viuda de Gómez, el periodista Porfirio C. Avena (en Culiacán), Miguel Torreblanca Campusano, Jorge Larrañaga Ramírez, don Luis Coppel (en Culiacán), Ramón Herrera Landa (murió aquí en Mazatlán el 12 de febrero de este año), Jorge Figueroa Motta, Magdalena Astorga viuda de Ibarra, don Jesús Rincón Gallardo, don José Zúñiga Pandero (periodista fallecido en Culiacán), Sebastián Haas (padre de mi estimado amigo, licenciado Alfredo Haas), Gabriel Castelo Osuna (fallecido en Guadalajara y sepultado en Mazatlán, hermano de mi entrañable amigo “Conejo” Castelo), Rodolfo Coppel Coppel , Ramón B. León (mis sinceras condolencias a Ricardo “Caballo” León), Ramón G. Zepeda (sucumbió en Los Ángeles, California), Adalberto “El Güerillo” Álvarez Jr., Roberto “Turistito” Ornelas, José Ángel Delgadillo Pérez, miembro del STIRT, sección Mazatlán), Francisco Lem Noriega, su esposa Victoria Ibarra de Lem, Jesús Medina Nieblas, Patricia Lem de Medina, Francisca León de Lem, Jesús Medina Lem (estos últimos seis que sucumbieron bajo los escombros de un edificio durante el terremoto registrado en la ciudad de México el pasado 19 de septiembre), Arturo Quintero España (destacado deportista de Mazatlán), Rosa Ferreriro viuda de Guzmán (falleció en México, D.F.), Antonio Camacho González (mi sentidas condolencias, amigo Gabriel Moreno), Bessie Collard, doctor Rodolfo L. Ocio, Rosario Valdivia, Julián Gutiérrez Aréchiga (murió allá en el norte), Luis Demetrio Limberópulos, Armonía Lombardía viuda de Correa y Sara Tapia (falleció en México, D.F.). De última hora nos enteramos que trágicamente fallecieron Alfredo “El Negro” Salas y su hijo, el chamaco Gustavo Salas Pereira.
Lloremos por todos ellos, que al fin el llanto es el descanso del alma.
 
Carlos “Chale” Salazar Cordero
Álbum del Recuerdo Año 1985

Asociación de Charros de Mazatlán

 

 

 
 
 
FILMADA EN MAZATLÁN
 
 
Eran los primeros meses del año 1930.
El clima en Mazatlán estaba ideal: ni frío, ni calor. Se prestaba el ambiente para realizar lo que uno deseara ejecutar, sin las molestias del clima caluroso o los vientos gélidos que en invierno a veces soplan en estas playas.
Todo se deslizaba con la quietud acostumbrada. Temprano, por las mañanas, sonaban los silbatazos de la Fundición de Sinaloa, de la Fosforecía y Maderería Felton Hermanos, de la Cervecería del Pacífico, del taller del Ferrocarril Sud Pacífico de México allá cerca de la Estación de Casa Redonda y de otros lugares donde había silbatos para señalar la hora de entrar a sus trabajadores para que desempeñaran sus cotidianas labores y también los empleados del comercio y los obreros de las zapaterías en Mazatlán, entonces pródigas en la elaboración de calzado, hicieran lo mismo. La vida transitaba en paz, como era costumbre en aquellos tiempos. Por las mañanas la temperatura era fresca en esos primeros meses del año de que hablo más antes y en el resto del día se sentía un agradable clima, como lo es en este puerto cuando está por llegar la primavera. Las amas de casa muy temprano barrían y regaban las calles frente a sus viviendas, esperando que las carretas del Municipio pasaran diariamente a recoger la basura para que lo fueran para que lo fueran a tirar en lo que entonces era la marisma y hoy es la colonia Montuosa. Los chamacos voceadores gritaban a todo pulmón anunciando la venta de los diarios matutinos “El Correo de la Tarde” y “El Demócrata Sinaloense” que contenían notas locales, nacionales y extranjeras, con sus secciones de sociales y deportivas, estas últimas cubiertas entonces por Roberto Tirado Castelo, cuyo seudónimo era “Nocaut” en el primero de estos dos periódicos citados; y Feliciano H. Borda “Boeing Gloves” en el segundo, más algunos comentarios esporádicos sobre el deporte que hacía en “El Demócrata” Eloy de Palma “Ring Man”, venido me parece que de Veracruz a morar en el puerto por algunos años. Todavía no aclaraba el día y los pescadores ya estaban preparando sus canoas en el Astillero o en la playa sur para salir mar afuera y realizar sus faenas para extraerle a las aguas marinas el producto, cerciorados de que llevaban los utensilios necesarios para la captura de los peces que después vendrían a vender en los lugares de donde partían muy de mañana y poder sacar el sustento diario para sus familias.
El ambiente era calmado, más de pronto como reguero de pólvora corrió en el pequeño mundo que era Mazatlán la noticia de que habían llegado los “gringos”.
-¿Llegaron los qué?, preguntó inquietada doña Pachita, aquella señora que en compañía de su esposo don Santiago, primero tuvieron una cantina llamada “El Varadero” en la esquina de las calles Guelatao e Iturbide (hoy conocidas como calles Ángel Flores y general Francisco Villa) pues después ese negocio se convirtió en refresquería en donde por cierto se expendían muy sabrosos ráscales y nieves de frutas naturales.
En efecto, a Mazatlán había arribado un numeroso grupo de norteamericanos que vinieron provistos de cámaras, reflectores, carros para registrar sonido, vestuario y guiones para realizar en este puerto la película “El Murciélago del Mar” cinta que llevaría la firma de la casa productora Metro Goldwyn Mayer y que vinieron a protagonizar en sus roles estelares Nils Ashter y la hermosa mexicana Raquel Torres, secundados por John Miljan y Charles Bickford, más otros artistas que hicieron roles especiales y naturalmente el director de la cinta y los productores de la misma.
El grupo de cineastas se hospedó en el hotel Belmar por el boulevard de Olas Altas, entonces la casa de hospedaje más elegante de Mazatlán y en donde a partir de la llegada de artistas, camarógrafos, director y productores que vinieron a filmar “EL murciélago del Mar”, no se escuchaba más que el idioma inglés, porque el numeroso contingente de norteamericanos predominaba sobre el reducido grupo de personas mexicanas que llegaban al Belmar, entre las que sobresalían los agentes viajeros.
Para entonces en Mazatlán había escasas personas que hablaban el idioma de Mr. Ronald Reagan. De los más conocidos que hablaban inglés eran don José Soto, dueño de la isla del mismo nombre y también de una flotilla de lanchas que impulsadas por motores de gasolina traían y llevaban de regreso a las embarcaciones que entonces fondeaban fuera del puerto, a los pasajeros que venían del país del norte en california, en calidad de turistas, a quienes el señor Soto los recibía e el muelle fiscal, para luego entregarlos a los dos guías que tenía contratados para que mostrara la ciudad a los visitantes y que también hablaban el idioma de las personas que de paso hacia el sur o de regreso a la nación del norte, tocaban este puerto en aquellos lujosos barcos llamados “Santa Elena”, “Santa Teresa”, “Santa Martha”, “Santa Rita” y tantos más conocidos como los “Santas”. Esos dos elementos que servían como interpretes eran Joaquín Topete y “El Chori” Ernesto Gómez y quienes cuando llegaron a Mazatlán los que iban a filmar la película, don José Soto los comisionó para que estuvieran al servicio de los hombres provenientes de Hollywood en misión de actividades cinematográficas.
Por principio de cuentas, el director de la cinta le dijo a Joaquín Topete que necesitarían cientos de nativos que sirvieran de extras, recomendándole que buscara muchachos que supieran nadar muy bien, porque se filmarían escenas donde la destreza acuática brillara intensamente.
El intérprete Joaquín Topete, quien era al mismo tiempo conductor de un taxi con sitio en el hotel Belmar, sugirió que pusieran avisos en los diarios solicitando personas que desearan servir como extras en la película “El Murciélago del Mar”, que se rodaría durante tres o cuatro semanas en aguas e islas de Mazatlán, poniendo horario por las mañanas para que fueran a registrarse al hotel de Olas Altas a fin de formar un grupo.
Ni tardos ni perezosos, al lugar acudieron infinidad de aspirantes a “artistas” de cine, por lo que luego se registró a quienes reunían las cualidades que el director de la película señaló y le dijo al intérprete Joaquín Topete que les dijera a los extras contratados que recibirían el mismo salario que se pagaba en la Meca del Cine cercana a Los Ángeles, California o sean diez dólares cada uno.
Pero como dice el refrán que “para que la cuña apriete, debe ser del mismo palo”, Joaquín Topete le señaló al mister que con megáfono en mano iba a dirigir la película, que únicamente les ofreciera dos dólares a cada desarrapado que se apuntó para hacer “bolón” en las tomas fílmicas que simulaban que estaban en los mares del sur, porque diez dólares era mucho dinero para aquella gente que hasta gratis se ofrecía tomar parte en el rodaje con tal de aparecer en la película, contestándole el director de la cinta un tanto molesto, que les dijera que les pagarían diez del más bajo valor de los billetes color cuero de rana, quedando así establecido.
Fueron seleccionados los extras entre los más oscuros de piel para dar realidad a la película y también tuvieron mucho cuidado al señalar a varios de los mejores muchachos que se deslizaban como peces en el agua. Entre los más aptos nadadores seleccionaron a Eduardo Carreón Beltrán “El Moya”, Miguel González Partida “El Águila”, Víctor Andrade “El Bitoque”, Miguel Quintero “El Chero” y Alberto Sarmiento “El Guáguaras”, todos ellos expertos en ese tiempo en natación y cosas del mar, pues unos se dedicaban al trabajo de “vicheros” en las lanchas “La Carlota” y “Dos de Junio” propiedad de don José Soto, “El Atún” de Domingo Ibarra, “El Tritón” de don Daniel M. Schober y tantas más, mientras que otros eran pescadores en las aguas que rodean a Mazatlán.
Una vez listo todo, comenzó el rodaje de la cinta “El Murciélago del Mar” en las orillas de El Astillero, donde se juntó gran aglomeración de curiosos mazatlecos, tanto para ver de cerca la actuación de los artistas consagrados, así como admirar la destreza de los mejores nadadores mazatlecos y el desenvolvimiento que tuvieran los incipientes “artistas” del celuloide o sea aquel conjunto de prietitos “patasaladas” que se habían inscrito como extras, que por principio de cuentas tendrían un salario de diez dólares que entonces rendían modesta suma al convertirlos en moneda mexicana, que en esa época no estaba tan devaluada, pues cada dólar se cambiaba a dos pesos y como ni se pensaba en que llegaría la inflación de los precios que ahora existe, era mucho ganar como pago por desempeñar un trabajo que hasta de “gorra” harían nuestros compatriotas, según dijo aquél intérprete que por lo que se vio, quiso cuidar la bolsa de los cineastas norteamericanos.
Por tres o cuatro semanas, la filmación de “El Murciélago del Mar” acaparó la atención de los habitantes de Mazatlán, mirándose a diario aquellas muchedumbres de curiosos que iban a ver filmar o buscar chamba. Escenas escalofriantes se desarrollaron a la orilla de la playa de El Astillero, en alta mar o bien en la Isla de la Piedra, la Isla de los Chivos o allá en las Tres Islas que están frente a Puerto Viejo y que admiramos por todo el paseo costero hasta llegar a la llamada Zona Dorada, donde están los más famosos hoteles, entre ellos el majestuoso Hotel Playa Mazatlán que fue el primero en edificarse en esos lugares de puerto y vemos también los restaurantes de lujo y los salones de baile que han llamado discoteques para imitar la costumbre norteamericana.
Cuando Nils Ashter, Raquel Torres, Charles Bickford, John Miljan y demás artistas, lo mismo que camarógrafos, técnicos de sonido, director, productores y otros que vinieron a filmar a Mazatlán aprovechando las bellezas de nuestro puerto, dijeron adiós, se sintió un dejo de tristeza entre la gente de esta ciudad, ya que se había familiarizado con los gringos que vinieron a dejar aquí buena derrama de los dólares que ahora nos los encontramos ni para usarlos como “cataplasmas” por la escasez de ellos y por el alto costo debido a que nuestros billetes han empequeñecido alarmantemente por causas de todos conocidas y por todos calladas.
 
Carlos “Chale” Salazar Cordero
Álbum del Recuerdo Año 1984
 
 
 
 

 
Ni tardos ni perezosos, al Hotel Belmar acudieron infinidad de aspirantes a “artistas” de cine, por lo que luego se registró a quienes reunían las cualidades que el director de la película señaló.
 
 

 
Una vez listo todo, comenzó el rodaje de la cinta “El Murciélago del Mar” en las orillas de El Astillero.
 
 
 
 
 
 
El domingo 29 de diciembre de 1940 había fallecido a consecuencias de la terrible cornada que le había inferido el toro “Cobijero” en una plaza de la ciudad de México, el fino matador Alberto Balderas llamado “El Torero de México” y esa noticia había consternado a todo el país y al extranjero, pues el diestro era una figura prominente dentro de la fiesta brava de todo el mundo.
Los comentarios sobre ese trágico acontecimiento fueron variados en todas partes. Aquí en Mazatlán se habló mucho de ese trágico suceso, para luego comentarse otro accidente funesto: la muerte de Ángel Cortés, el popular “Cachi” Cortés, que fuera primera base estelar del equipo de béisbol “Morelos, aquél conjunto rielero que tantas glorias diera a Mazatlán en los diamantes, allá por la década de los años 30’s.
Aquél 2 de enero de 1941, los habitantes del risueño ingenio de El Roble habían amanecido dispuestos a iniciar sus labores de trabajo con más entusiasmo que nunca; y aunque la mañana se inició fría, la gente se movilizaba para comenzar a obtener honradamente el sustento diario.
Unos, los profesores, emprendieron el camino hacia las escuelas para iniciar sus labores educativas, otros abriendo las puertas de los “tendajones” de su propiedad para vender comestibles de todas clases; más allá caminaban quienes irían al monte para traer leña o carbón para la venta; otros grupos encaminaron sus pasos hacia los campos de cultivo de frijol, maíz, tomate, cebolla, lechuga y tantos alimentos básicos más para la subsistencia del pueblo; los niños corrían a las casas de enseñanza para iniciar las labores escolares suspendidos por unos días por motivo del Año Nuevo, mientras que cientos emprendían el camino rumbo al ingenio azucarero que en El Roble tenían establecido los señores Jorge, Guillermo, Antonio y José V. Haas, aquellos prominentes hombres de empresa que tenían en el simpático pueblo una industria azucarera que por aquella época le dio resonancia nacional al lugar al que admiro mucho cada vez que tengo oportunidad de visitarlo, ahora que se está jugando la Liga Campesina de Béisbol.
El ingenio azucarero de El Roble era entonces el principal sostén económico del poblado y diariamente, en fechas laborables, albergaba dentro de su jurisdicción a un enjambre de personas que se desenvolvían en diferentes departamentos.
Román Cortés, el gordo Román, como fue conocido en Mazatlán aquél bonachón amigo mío que fuera por mucho tiempo store-keeper del equipo del Club Deportivo Muralla donde yo jugué varias temporadas, tenía en el puerto un taller de soldadura eléctrica y por tal motivo firmó un contrato en las oficinas que en este puerto tenía la empresa Haas Hermanos y Compañía, a fin de instalar en la fábrica de azúcar en El Roble una chimenea de gran altura que despidiera el humo que provocaran las máquinas que producían el dulce producto.
Arreglados todos los trámites legales, Román Cortés comenzó en la fábrica el levantamiento de la chimenea y para tal objeto estuvo llevando para allá a su hermano Ángel, quien ayudado por algunos lugareños en ese quehacer, fue dando forma a aquella gigantesca chimenea que a la postre fuera su tumba y la de algunos de sus ayudantes.
Ese 2 de enero de 1941, “El Cachi” Cortés, ya para entonces fue el encargado del trabajo, pues conociendo de la tarea de soldadura, ya no era necesario que fuera su hermano Román a proseguir la instalación de la que iba a ser fatídica chimenea, teniendo Ángel a su cargo a un personal integrado por sus ayudantes que fueron los siguientes: Rafael “El Indio” Figueroa, Francisco “Chico” Sánchez, Ignacio “El Chamarras” Jiménez y Carlos Castañeda Ibarra, alias “El Tlacuache”, más otros peones que con el tiempo lamentablemente se han olvidado sus nombres, todos ellos trabajadores de El Roble, más un muchacho de Mazatlán a quien solo se recuerda por el nombre de Mike, existiendo la casualidad de que solo ese día acompañaron a “El Cachi” Cortés en el trabajo dentro de la chimenea sus ayudantes “El Indio” Figueroa y “Chico” Sánchez y por causas que manda el destino, los demás fueron comisionados para que laboraran en otros departamentos, salvando la vida; y ahí está “El Tlacuache” Castañeda actualmente trabajando en El Cid, actuando como uno de los encargados de seguridad del lujoso hotel enclavado en la zona dorada, recordado todavía, a una distancia de 43 años, aquella tragedia que enlutara a varios hogares de El Roble y Mazatlán.
Nadie puede adivinar lo que nos reserva el futuro y ese 2 de enero de 1941, no fue la excepción.
Al entrar los cientos de trabajadores a sus labores cotidianas, después de haberse divertido en grande durante las fiestas de Navidad y Año Nuevo que acababan de pasar, todos iban contentos cantando las melodías que por esa época eran las de moda, como esa canción que se llama “Desprecio” y cuya letra dice:
Tu bien sabes que te quiero de verdad
que estoy enfermo de ti,
pobre de mí, pobre de mí
tengo triste y fatigado el corazón
y es tan grande mi sufrir
que no me cabe aquí en el pecho.
 
Poco a poco y sin sentir yo te adoré
y quien habría de pensar
que ibas a ser el todo de mi vida,
pero tú, ahora que te amo tanto,
como se adora a un santo,
desprecias mi adoración.
 
La cruz de mi calvario son tus brazos,
el tormento de mi alma tus ojazos,
y tú a mí no me quieres porque no quieres
llorar ya no tengo llanto,
sufrir ya no puedo más.
 
Para enseguida empezar a trabajar con la pujanza que da la juventud y continuar alegrando el ambiente entonando esa otra canción del momento entonces, que se llama “Mi Tormento” y así pasaron las horas dentro de un ambiente alegre y contagiante, en el que toda aquella gente se movía ágilmente para desempeñar su cometido en cada departamento. Camiones repletos de caña llegaban a los molinos. Las máquinas trituradoras daban buena cuenta de la caña que iba llegando, para seguir el procedimiento hasta convertirla en cuadritos de azúcar, de aquellos casi transparentes y blancos cuadritos que no hemos vuelto a ver.
¡Y llegó el momento de la fatal tragedia!
A la chimenea ya se le estaban dando lo que puede decirse, eran los últimos toques de soldadura y pintura, pues faltaba un tramo de ella para dar por concluido aquél contrato.
Pues bien, “El Cachi” Cortés iba soldando y tapando los agujeros que tuvieran los arpones de la chimenea, mientras que Rafael Figueroa y Francisco Sánchez se dedicaban a pintar siguiendo los pasos de “El Cachi”, quien iba ya muy cerca para salir de aquella trapa mortal que el destino había señalado que sería su tumba. Ángel procuraba no dejar un solo agujero por donde se pudiera escapar el humo, manejando la soldadura con maestría. Figueroa y Sánchez echaban brochazos para dejar bien pintada por dentro la chimenea. Como a las varillas de la soldadura se le forman algo así como sarro en las puntas cuando se deja de soldar, se infiere que “El Cachi” al tallar la varilla para hacer contacto con el paño de la chimenea, ocasionó que alguna de las chispas que lanzan por todos lados, tal vez prendiera parte de la pintura fresca y probablemente alguno o los dos botes de pintura que venían utilizando más abajo “El Indio” y “Chico” sirvieron para que de pronto se generalizara un incendio, siendo eso como a las tres y media de la tarde de aquél triste e inolvidable 2 de enero de 1941.
Los demás trabajadores que estaban en otros departamentos escucharon un fuerte ruido al provocarse el flamazo, vieron hacia la altura de la chimenea y notaron que estaba saliendo humo completamente negro, escuchando también los gritos de angustia que lanzaban los infortunados seres que estaban dentro de aquello que se convirtió en una hornaza terrible.
A los gritos de desesperación que lanzaban Cortés, Figueroa y Sánchez, acudieron algunos trabajadores para ver qué podían hacer para salvarlos y de pronto apareció “El Cachi” Cortés en la boca de la chimenea y enseguida tuvo la resistencia suficiente para bajar los 175 escalones que tenía por fuera la chimenea, no obstante las quemaduras que acusaba todo el cuerpo.
E”l Tlacuache” Castañeda recibió a Ángel y cuando lo llevaba abrazado por la cintura, “El Cachi” volvió la cara y le dijo: “De la que te escapaste “Tlacuache”, porque de ésta yo no me salvo”.
Subieron a Cortés a una guayina propiedad de los señores Haas Hermanos, le quitaron los zapatos que también traía completamente chamuscados, para luego emprender el viaje hacia este puerto, donde “El Cachi” y “Chico” Sánchez, quien también había sido auxiliado por otros compañeros, fueron internados para una rápida atención médica en el Sanatorio Mazatlán, solo que la ciencia nada pudo hacer a favor de ellos, ya que como a la una y media de la mañana del día 3, falleció Ángel y Francisco como media hora después.
En cuanto a Rafael “El Indio” Figueroa, él quedó completamente quemado dentro de la jaula que tenía por dentro la chimenea, quedando sus restos tan empequeñecidos que tuvieron que hacerse una caja especial para sepultarlo.
Fue así como murió Ángel “El Cachi” Cortés, uno de los más elegantes y seguros primeras bases que yo he visto en mi vida beisbolera, habiendo sido también uno de los fuertes pilares dentro de los diamantes del bien recordado equipo del Club Deportivo Ferrocarrilero Morelos.
Y para que usted vea que aquella chimenea fue una verdadera fatalidad, durante el ciclón que azotó a Mazatlán y a los lugares aledaños, el sábado 9 de octubre de 1943, los vientos huracanados echaron abajo a aquella obra como a las 10.30 horas, matando al ingeniero Francisco Gómez y al peón de albañilería Manuel Tirado.
Desapareció la trágica chimenea y con el tiempo también desapareció la fábrica del ingenio de El Roble, que fuera honra y sostén por mucho tiempo de los habitantes del poblado, cuna de mi estimado amigo David Vizcarra y sus apreciables familiares.
 
 
 
Carlos “Chale” Salazar Cordero

Album del Recuerdo Año 1984

 

 

 

 

 

 

 

 
 
Empezaba a despertar el día, pero en el cielo seguían parpadeando las estrellas y los pescadores, después de colocar los avíos, estaban empujando sus canoas hacia las aguas del estero.
Tres hombres, vistiendo pantalones y chamarras de mezclilla, uno alto y delgado, otro de regular estatura y el último chaparro, pero los tres morenos claros y portando armas de fuego, observaban el trajinar de los pescadores y dirigían miradas furtivas hacia la Isla de la Piedra, mientras el viento que había bajado de los cerros para recorrer la ciudad durante el silencio religioso de la noche, empezaba a retirarse hacia el mar abierto.
Los tres armados discutían en voz baja mientras, con movimientos nerviosos, limpiaban sus instrumentos de matar con los pañuelos rojos que antes lucieran en sus cuellos. Más de una hora los tres individuos permanecieron en la misma actitud, mientras la luz del crepúsculo matutino había terminado de envolver a la ciudad, abriendo paso a un sol descolorido y el viento tibio que paseaba calladamente por la playa.
Al fin el trío empezó a caminar hacia la orilla de la playa. Sus pasos eran firmes como si trataran de hacer polvo con sus pies, la grava menuda esparcida sobre la arena. Embarcaron en una canoa ligera y enfilaron hacia la Isla de la Piedra. La pequeña embarcación empezó a cabecear sobre las olas que iba formándose con las “barbadas” de los barcos de cabotaje que estaban iniciando sus viajes hacia altamar. Hacia el sur, allá en la lejanía, el agua parecía pintarse de rojo y una franja bermeja asemejaba estar dividiendo el cielo plomoso del verde esmeralda del océano.
Veinte minutos después, la canoa, gobernada a canalete y jalada por el remo de “pecho”, estaba atrancando en la franja de arena de la Isla y un grueso de gente, mujeres y hombres estaban dando la bienvenida a los tres hombres armados, alzando los brazos y palmoteando en forma regocijada. Luego de entregar la “bosa” a uno de los presentes, visitantes y visitados se dirigieron a una ramada en que varias mujeres preparaban alimentos. Una mujer alta y gruesa, empezó a obsequiar a los recién llegados con tacos de pescado y refrescos; y dirigiéndose al hombre que portaba el rifle 22 Salón, le dijo:
-Mire don Florentino, si matan a ese animal, yo le regalo dos mil pesos que ya tengo ahorrados.
-Pues lo que les prometemos es matar al tigre que usted me informó está acabando con el ganado y si es cierto está “cebado”, hoy mismo acabamos con él, pues con el puro “cuerno” se les saca de la madriguera. Haber Natalio, dame todos los datos que tengas sobre este asunto. El nombrado Natalio, hombre de anchas espaldas, largas piernas y brazos musculosos, se abrió paso entre los reunidos, dejó caer hacia atrás, colgado del barboquejo, su ancho sombrero de palma, dando oportunidad a que se dispersaran sus cabellos negros con mechones rojos que le daban a su cabeza redonda, semejanza a una estopa de coco y con voz ronca dijo:
-Ese tigre está “cebado” pues ya hasta con los perros está acabando. Nada menos hoy en la mañana mató a “La Guaca”, una perra recién parida.
-Bueno, pues está dicho: si es tigre el que está acabando con el ganado de ustedes, hoy mismo se muere –contestó don Florentino rebosando optimismo.
El sol empezaba a elevarse hacia el cielo azul claro y el viento estaba iniciando una nueva ronda por la Isla, para juguetear con los ramajes de los árboles y hacerlos cabecear con lentitud de ancianos. Don Florentino, sentado sobre un tronco de palmera, preguntó a los presentes, en dónde y cuántas veces habían visto al tigre, nadie dijo yo. Luego quiso saber el número de animales que había matado la fiera. Según las cuentas que hizo el presidente del Ejido, pasaban de cincuenta entre ganado vacuno, mular y porcino.
Onofre, hombre joven y Comandante de la Defensa Agraria, lamentó que el tigre hubiera escogido a su perra “La Guaca” para almorzar ese día y afirmó que él había seguido las huellas de la fiera y que no había duda de que el “cebadero” lo tenía en el predio “Las Agrias”, entre “La Higuera Cuata” y “La Camichina Vieja”.
-No hay duda –comentó don Florentino- se trata de un tigre “cebado”, que de no terminar con él, comenzará a atacar a la gente. Pero –agregó- por lo visto hasta con echar el “cuerno” para que se haga visible hoy mismo, pues con lo que haya tragado de la perra, no le es suficiente para el día.
El sol ya caía a pleno y la tierra caldeada se sentía como brasa viva. El viento había cesado y en la comba azul del cielo, sólo se veían volar en círculo, tres zopilotes.
Los tres cazadores re-emprendieron su viaje hacia el predio “Las Agrarias”, estimulados por los buenos deseos de los isleños y sintiendo en sus espaldas, las caricias de sus miradas.   La marea estaba de “subida” y la canoa se deslizaba ligera al impulso de los remos, pero en ambas riberas del estero reinaba el silencio, mientras el agua seguía saltando sobre las raíces de los mangles hacia su destino.
En el momento de atracar, una parvada de pericos pasó repartiendo graznidos en vuelo raudo hacia la Isla de Belvedere y dos calandrias revolotearon sobre el manglar, seguramente en busca de su nido.
Ya parados en la playa los tres cazadores se miraron entre sí. Luego dirigieron su vista hacia el malinal como si trataran de observar su campo de acción, comprobando que al fondo se levantaba una línea oscura de árboles somnolientos envueltos en sus zarapes de ramas inmóviles y a su izquierda, los pequeños cerros que les enviaban su saludo a través del viento saturado de evaporaciones del agua del estero.
En silencio, encendieron sus cigarros cuyas luces, por lo febril de las chupadas y el ligero temblor de las manos, daba la apariencia de que el miedo, la desconfianza o la indecisión, dominaba a los tres hombres.
Sin embargo, después de comprobar que en la playa y en las veredas había huellas de pisadas del “gato gigante”, don Florentino dispuso que “El Chato” Rigo trepara a la guásima que a unos cincuenta metros de la playa se levantaba entre el malinal, que su otro acompañante subiera a la enorme camichina que, a unos 200 metros al oriente movía con calma su verde ramaje como si saludara a Dios, en tanto que él, desde lo alto de “La Higuera Cuata”, echaría el “cuerno” tratando de invitar a tigre para que “asomara la cara”. Unos diez minutos duró la orquestación producida por los “cuernos” que los tres cazadores estaban accionando constantemente.
Pero pasaron las horas lentas como una noche con hambre. Los “bramidos” que brotaban de los “cuernos” solo se oían a intervalos de diez a veinte minutos, sin que el tigre diera muestras de estar dispuesto a que las balas del 22 Salón, la escopeta cuata y el 30-30 le perforaran la piel. Luego pasó más de una hora sin que se percibiera el ronco ronroneo del “cuerno”. El silencio era absoluto. Nada interrumpía la quietud del malinal que, de cara al infinito, impulsado por el aire, se había dedicado a hacer genuflexiones a ls nubes que estaban barriendo el cielo.
Los cazadores, por su parte, a pesar del esfuerzo por ver al tigre asesino de vacas, perros y cerdos y ya entumecidos de las piernas y brazos por el tiempo que permanecieron acuclillados sobre las ramas de los árboles, sólo seguían viendo el malinal gris y seco que se les antojaba cabello cortado a rape en el cráneo pedregoso del monte, esparcido sobre las tres hectáreas de terreno.
“El Chato” Rigo, considerando que no podría permanecer más en su incómoda postura, trató de cambiar su posición pero las piernas no le obedecieron, perdió el equilibrio y se precipitó en el vacío. Apenas repuesto del golpazo, se puso de pie en el momento que se abría una brecha en el malinal. Se parapetó atrás del tronco del árbol y desenfundando el rifle esperó, pues percibió que el aire le impregnaba el olfato de un hedor a sudor de caballo. En esa posición lo encontraron don Florentino y su otro acompañante que, igualmente agotados por la espera de la fiera, habían abandonado sus lugares de observación, dispuestos a poner punto final a la cacería y, tras de lanzarle un silbido imitando el graznido del cuervo, se unieron momentos después, convenciéndolos de que el malinal se entreabría impulsado por el viento que empezaba a rondar nuevamente por el lugar.
Ya trazado el plan de retirada, los tres cazadores enfundaron sus armas y se dispusieron a encender sus cigarros, prendiendo las cerillas e inclinándose para evitar la acción del viento. Pero de pronto, algo como un enorme tronco de árbol se oyó caer sobre la maleza. Fijaron la vista hacia el lugar en que creyeron oír el impacto y trataron de volver a desenfundar las armas, sin que sus brazos y pies los obedecieran, pues como embelesados al contacto del miedo, estáticos y francamente inermes estaban frente al tigre que, a unos cinco metros de distancia, caminaba arrastrándose por entre el malinal hacia atrás, pero mostrándoles todo su aspecto feroz, pues con las garras arañaba el breño, a la vez que les mostraba los enormes colmillos, el hocico deforme y babeante. Allí estaba la fiera buscada, mostrando la elasticidad de sus músculos; las manchas de su piel lustrosa, las orejas en rítmico movimiento, la cola ondulante y la mirada fija en el grupo de hombres que había inmovilizado con su sola presencia. Así se prolongó la escena hasta que la fiera, parándose sobre sus extremidades inferiores, saltó y se perdió entre el malinal que, al impulso de viento, seguía desnudándose en la intemperie, mientras el sol cruzaba, en rojo, las últimas miradas de ese día.
Media hora después, don Florentino repuesto de la sorpresa, desenfundó el arma y disparó hasta en tres ocasiones en dirección al lugar donde estuvo parado el tigre. Los acompañantes lo imitaron. Luego encendieron sus cigarros que les colgaban de los labios y puestos de acuerdo, respecto a que el hecho no fuera informado a los habitantes de la Isla, embarcaron en la canoa para emprender el retorno hacia la ciudad.
La tarde había caído fatigada. Sobre la Isla se estaban formando gruesas acumulaciones de nubes que pronto absorbieron los últimos vestigios de la luz solar. Eran masas de nubes sobre puestas, que a veces figuraban caras de hombres barbados y mujeres despeinadas. Las primeras gotas de la tormenta que anunciaban los relámpagos lejanos, empezaron a precipitarse sobre el agua del estero y sobre los frustrados cazadores.
Don Florentino aprovechó la inminencia de la lluvia e hizo bordear la canoa sobre la playa, ordenándoles a los isleños que al siguiente día se organizara una batida con todos los perros y unos tres hombres de la Defensa Agraria, para que “remataran” al tigre, si es que antes no había muerto, ya que seguramente lo localizarían entre “La Higuera Cuata”. “La Guásima” y “La Camichina”.
Dicho esto, la canoa y sus ocupantes prosiguieron su viaje hacia el puerto, dejando a los reunidos en la playa con sus cuerpos sudorosos y las manos en alto, en señal de despedida, gozosos por la “buena nueva” y la frescura de la lluvia que ya caía a raudales, iluminada por el rítmico festín de los relámpagos, que estaban rompiendo en jirones la oscuridad de la noche.
 
Mazatlán, Sinaloa, Marzo de 1983
Carlos “Chale” Salazar Cordero
Album del Recuerdo 1983
 
 

Los tres hombres dirigían miradas furtivas hacia la Isla de la Piedra, mientras el viento que había bajado de los cerros para recorrer la ciudad durante el silencio religioso de la noche, empezaba a retirarse hacia el mar abierto.
 

Allí estaba la fiera buscada, mostrándoles todo su aspecto feroz, pues con las garras arañaba el breño, a la vez que les mostraba los enormes colmillos, el hocico deforme y babeante
 
 
 
 
 
 
 
Hay acontecimientos que rasgaron la monotonía de nuestra prosaica existencia diaria, dejando profunda huella de dicha, dolor, risas y lágrimas, porque los recuerdos son la cosecha que a través de los años depositamos en nuestras almas y que a veces quedan allí tal vez olvidados, hasta que algo o alguien los hace nuevamente vivir.
Con esta gentil colaboración de María Guadalupe Hernández Sández, para Álbum del Recuerdo, nos trae añoranzas de nuestra lejana niñez y pasada juventud, por tres acontecimientos efectuados a fines del año 1982 y principios de 1983.
 
EL COLEGIO REMINGTON
 
Diciembre de 1982: Bodas de Oro del Colegio Remington. Padres, hijos y nietos reunidos para celebrar ese gran acontecimiento. Cuando cumplió sus Bodas de Plata, se editó una revista. Su portada se engalanó con una fotografía de la Sra. Beatriz Unger de Tarriba y sus pequeñas hijas Beatriz y María Rosa, alumnas del Zinder, publicándose artículos del Lic. Octavio Rivera Soto, Ramona S. de Hernández, Lic. José V. Haas, Ma. Ernestina Páez, Rosalina Sarabia de Farriols, Dr. Juan Rentaría, María Irene Wongpec, Amada R. de Betancourt y de quien esto escribe: María Guadalupe Hernández Sández.
Se recordó a las monjitas que fundaron el Colegio y a las altruistas damas y caballeros que las alentaron y ayudaron en su apostolado: Romanita de la Peña de Careaga, Armida Contreras, María Menchaca de Haas, Josefa Canalizo de Haas, Inesita Gavica, Carlotita Murúa, María F. de Unger, Lic. Luis Peña y Federico Unger.
Muchas fotografías de alumnas, ex alumnas, profesoras y de las actividades realizadas durante 25 años, fiestas, graduaciones, desfiles cívicos y religiosos, primeras comuniones. Un bello recuerdo de las Bodas de Plata del Colegio Remington.
En los festejos de los 50 años se hizo una exposisicón de fotografías, pero en los artículos que se editaron en diferentes diarios, no se hizo mención de las personas que han continuado la labor de aquellas primeras damas y caballeros.
El 24 de febrero de 1954 se formó el Comité pro-construcción del Edificio Escolar. La primera Mesa Directiva quedó integrada por las siguientes señoras: Gloria C. de González, Gloria A. de Patrón, Hortensia G. de Moller, Carmen A. de Mijangos, Gracia C. de Cevallos, Venancio A. de López, Delia Díaz de León de Salcido y Ramona S. de Hernández, quienes recibieron toda la cooperación y ayuda de las madres de familia, organizando festejos, rifas, etc. este grupo también realizó las gestiones ante la Secretaría de Educación Pública para que el plantel quedara incorporado a la Federación.
Tampoco se recordó a Don Juan Gavica Oropeza, a Don Lorenzo Rico Ramírez y a Don Federico Medrano jr., quienes hicieron las primeras aportaciones monetarias y material de construcción.

¡La gratitud, es un Don Divino!

PADRE UGO CATTENATI

 
Marzo de 1983: El Instituto Cultural de Occidente, recibe con todos los honores a su jerarquía, los restos mortales de su Fundador Padre Ugo Cattenati.
Luto, dolor, amor y recuerdos embargan los corazones de ex alumnos que conocieron y convivieron con este ilustre mentor forjador de varias generaciones de jóvenes que durante 33 años recibieron la savia de sus conocimientos.
Con un tierno homenaje póstumo, salieron del corazón de sus alumnos y amigos, sentidos versos, relatos, fotografías de él con los niños que ahora son hombres.
¡Recuerdos… Recuerdos!

En el Instituto Cultural de Occidente se le rindió el último homenaje. Salutación del Director José Pettenuzo, oradores don Gaspar Pruneda, presidente del Patronato de la Institución, Lic. Fernando Orrantia ex alumno, versos del poeta Carlos McGregor Giacinti declamados               por el joven Roberto Rico González. 

Después el adiós:

“Padre Ugo, los mazatlecos jamás olvidaremos tu paso por esta nuestra ciudad. Dejaste una huella imborrable; fuiste un gran maestro y un fiel amigo”.

 
REENCUENTRO DE LOS PREPARATORIANOS
 
Junio de 1983: Festejos organizados por un grupo de entusiastas ex alumnos de la antigua Escuela Preparatoria de Mazatlán, escuela que fue patrocinada por Pro-Cultura Regional, S.C.L. y fundada por los señores Ing. Manuel Bonilla, Antonio Frade Pagaza, Juan Rodolfo Fárber, Rafael Juan Millán, Jorge Tellaeche, Ernesto Lorda, Juan E. Gavica O. y Lic. Leonardo M. Álvarez.
Esta escuela funcionó el 3 de Enero de 1928 al 6 de Agosto de 1963, año en el que pasó a ser parte integrante de la Universidad de Sinaloa.
La idea de estos festejos fue de la Sra. Victoria Vargas de Beidle y el coordinador fue el Ing. Leopoldo Reyes Ruiz “Pepe Grillo”, quien publicó una columna titulada “Reencuentro” en un diario loca. Su estilo tan ingenioso y ameno me hacía sentir que la vida se detenía y que los personajes que nos presentaba en cada artículo volvían a la juventud y la felicidad de aquellos tiempos. ¿Cómo creer que esos simpáticos y despreocupados chicos son ahora serios y respetables señores profesionistas? ¡Oh dorada juventud! Qué dicha volver a vivir con los recuerdos de esos días felices. Los festejos fueron un gran éxito, llenos de bellas añoranzas.
Todas estas reminiscencias me llenan de melancolía al pensar que existieron en este mi bello Mazatlán dos escuelas que jamás tendrán aniversario ni reencuentros y que tal vez ni los que pasaron por sus aulas tengan un pensamiento para ellas.
Me refiero a las escuelas cuyos nombres más abajo citaré, cmo por ejemplo:
 
EL COLEGIO ALEMÁN
 
Hace más de 60 años se fundó en esta ciudad. Sus aulas ocupaban tres edificios de la calle Belisario Domínguez, al norte. Su director y varios profesores eran alemanes. Yo tenía 6 años cuando ingresé a dicho plantel y a pesar de mi corta edad, jamás he olvidado a su director; un señor impecablemente vestido de blanco de pies a cabeza, un gran puro en sus labios cubiertos de fino bigote rubio, un libro en su mano izquierda y en su mano derecha un lujoso bastón, no se por qué el bastón, pues su paso era firme y ligero, su porte distinguido y su sonrisa amable. No recuerdo su nombre ni se a quien preguntarlo, pues los que lo conocieron bien, o sea los miembros de la colonia Alemana, ya todos pasaron a mejor vida.
No duró mucho este Colegio, pues recuerdo que en 1932 que se fundó el Colegio Remington, ingresaron a él muchas de las alumnas del clausurado Colegio Alemán.
Ya estaba escrito por el destino que la existencia del Colegio Alemán en estas playas sería pasajera, pues en 1943 casi todos los alemanes que radicaban en esta ciudad fueron deportados. Ese año rompió relaciones México con Alemania, dándole su apoyo a los aliados durante la Segunda Guerra Mundial. El ataque a nuestros barcos petroleros en aguas del Golfo de México, fue la gota que derramó el vaso. Aquí en nuestro puerto se corrió el rumor de que un ciudadano alemán incendió el buque “Campeche”, propiedad de Transportes Marítimos Mexicanos, pero esos fueron rumores infundados.
Yo todavía recuerdo con cariño y gratitud a esa mi primera escuela y a su gallardo y amable director.
 
COLEGIO Y ACADEMIA COMERCIAL DEL PACÍFICO
 
Fundada por las Reverendas Madres del Instituto del Verbo Encarnado y del Santísimo Sacramento.
No sé la fecha de su fundación, pues mi relación con esa casa de estudios se debió a que allí reinició mi madre su profesión de profesora, impartiendo clases de español en los grados superiores. En esa época año de 1942 su directora fue la Reverenda Madre Maria de los Dolores Bejarano y sus colaboradoras de la misma Orden Reverendas Madres María de la Paz Venegas, Sor Elena y Sor Josefina. Sus apellidos no los recuerdo.
Este Colegio editaba cada año una revista llamada “Memorias, Nuestro Libro de Recuerdos”.
Tengo en mi poder el correspondiente al ciclo escolar 1942-1943. colaboraron en éste, a que me refiero: Guadalupe Laveaga Páez, Margarita Toledo Astorga, María Luisa Durán, Eva Puente C. y se publicaron muchas fotografías de alumnas en actividades de ese año escolar.
¿Porqué fue clausurado este Colegio? Tenía todo el apoyo moral y guachas veces material de los padres de familia. Allí estaban siempre presentes para cualquier problema los señores Rafael Laveaga, Dr. Estanislao Magaña, Heimuth Alexanderson, Roberto González P., Enrique González Lie, Dr. Alfonso Alatorre, Doña Guadalupe de Arce, Sr. Luis Zápari. Para la edición de su revista cooperaban los comerciantes más importantes de Tuxpan, Nayarit y de este puerto, así como muchos profesionistas.
Tal vez les faltó un poco de comprensión de las autoridades eclesiásticas, ya que en aquellos años aún estaba latente la persecución religiosa y para ellos estar incorporada a la Federación una escuela católica era un desafío a la cristiandad. Para el Instituto del Verbo Encarnado y del Santísimo Sacramento cumplir con la Patria era cumplir con Dios.
Fue una destacada labor la que desarrollaron todos, allá cuando el Mazatlán nuestro era otro, más pequeño y más ordenado.
¡Loor a estos mentores que dejaron una pequeña semilla en nuestras playas!
¡Nuestra gratitud y respeto!.
 
 
Carlos “Chale” Salazar Cordero
Álbum del Recuerdo Año 1984
 
 
 
 
 
No es para menos. Si nos ponemos a ver los precios que antaño se cobraban, tenemos que soltar la risa y hacernos preguntas como es que al correr del tiempo todo se haya convertido en carestía, al grado de ponernos a pensar qué irá a pasar dentro de unos diez o quince años.
Vea usted los precios que había en comestibles y otras cosas: el carbón costaba a $0.03 el kilo, lo mismo que el frijol, la fruta costaba $0.05 un montón, fueran manzanas, naranjas, uvas, etc.; cada pollo lo compraba usted con $ 0.25 y por la harina pagaba la ama de casa $ 0.10 el kilo, por la leche pagaba $0.03 el litro; maíz costaba $0.03 el kilo y la rebanada de melón valía $0.02 y $0.03 el kilo según su tamaño, los jabones costaban $0.02 la pieza y regalaban lejía, un vaso de nieve le valía $0.02; la carne costaba $0.08 el kilo de segunda y $0.12 la de primera, mientras que por $0.05 le daba a usted un buen “bonche” entre carne y hueso para que hiciera caldo, las sartas de mojarras le costaban $0.06 cada una y un pargo de regular tamaño se lo vendían en $0.10 y podría comer una familia compuesta de cinco o seis personas y así por el estilo, todos los comestibles eran baratos y muchas señoras iban de comprar al mercado muy de mañana, llevando en sus portamonedas dos o tres pesos y regresaban a sus hogares con una canasta bien llena y todavía sobraba para pagarle al muchacho “canastero” $0.10 por conducirle a su casa arriba de la cabeza su canasta bien provista de comestibles para todo el día.
En cuanto a las telas, costaban el cambray $0.10 el metro, el organdí $0.15 el metro, el “pungí” de seda natural costaba a $1.00 el metro, las telas de lana desde $1.50 el metro, los listones a $0.05 el metro, las tiras bordadas desde $0.10 el metro y $1.00 la pieza entera y así por el estilo seguían los precios de las telas con que se confeccionaban los vestidos en sus casas todas las damas que por lo regular sabían coser a máquina.
Por lo que se refiere a los artículos escolares, los lápices costaban $0.01 y los cuadernos $0.02 cada uno, los pizarrines se vendían a razón de dos por $0.01 y las pizarras costaban $0.10 cada una.
Usted podía rentar una casa chica por $5.00 y $8.00 pesos mensuales en las barriadas pobres y si ocupaba una vivienda que tuviera una sala, dos recámaras, cocina, cuarto de servicio, sanitario con wc conectado al drenaje y patio, le costaba de renta de $25.00 a $60.00 mensuales, dependiendo en qué lugar del centro de Mazatlán se encontrara edificada la vivienda. Ahora bien, si usted deseaba comprar una casa, con $10,000.00 se podía hacer de un palacete, sin salirse del centro de la ciudad.
Hubo mucho tiempo que quienes tenían automóvil podían darse la comodidad de cambiar cada año de modelo de carro, entregando a la agencia que les vendían el vehículo viejo y “algo a la mano”, para recibir el flamante automóvil que le gustara, sin más trámite que un plumazo al contrato y una buena dotación de billetes que entonces sí valían.
Y para seguir con la añoranza de los antiguos precios que ahora causan hilaridad, diré que entonces había tres sitios de automóviles de alquiler muy conocidos, a saber: Machado, Hotel Belmar y Hotel Central y en ellos trabajaban como choferes personas tan conocidas como Víctor Hernández alias “El Grulla”, Ramón Ponzo Peña, “El Chino”, Eliseo Segurota, Teófilo Macías, Modesto López, los hermanos Pascual y Ramón Soltero y tantos otros que escapan a mi memoria, cobrando la “dejada” en el perímetro de la ciudad a $2.00 y por hora cobraban $8.00. Estoy hablando de 1930, cuando ir al centro de la población no era una cosa fatigosa, sino un placer. Se caminaba despacio, sin recibir empujones, se cruzaba despacio, sin exponerse a atropellamientos, se gozaba mirando los aparadores de las zapaterías “La Perla del Pacífico” de don Juan D. Chávez, la de don Genaro Galindo o la de don Abundio Díaz, en donde podía usted adquirir un buen par de calzado por $10.00 $12.00 o $15.00 o si lo prefería caminaba algunas cuadras para admirar el buen gusto con que se adornaban los escaparates de las tiendas de ropa como la Nakakawa Hermanos, “El Palacio de Hierro”, la de los señores Adi Hermanos y si quería usted comprar ropa fina y de importación, entonces se iba a las tiendas de Drakato o la New Cork Store y como el dólar norteamericano estaba al tipo de dos pesos mexicanos por uno, usted podía comprar vestimenta traída de Estados Unidos de Norteamérica, Inglaterra, Francia o Italia, mientras que fruta fina cristalizada o frescas manzanas, uvas, chabacanos, peras, etc., procedentes del país del norte, la podía comprar en la tienda “La Pipa” de don Miguel Maxamín.
Era la época cuando muchachos de la clase media como Miguel y Gabino Puente, Bernardo González, Ricardo Filippi, Jorge Salazar, Pancho Valdez, David Urrea, Manuel González, Eduardo H. Torres y otros, se daban el lujo de llevarles serenata a sus novias contratando a la orquesta “Royal” de Manuel Gallardo que cobraba $10.00 por hora de actuación y llevarla para darles alegría a sus amores o bien cuando celebraban el día de su santo con música tan bien ejecutada y tan melódica como la que ejecutaba esa orquesta.
Y dejando 1930 para venirnos al año 1966, en cuanto a precios de comestibles todavía estábamos en la gloria, pues usted podía comer barato y lo que quisiera, pues no había escasez de alimentos y los precios eran controlados por el departamento de turismo en Mazatlán, así es que no se alteraban los costos de los comestibles de la noche a la mañana.
Vea enseguida los precios que regían en 1966 en la Cafetería XETK propiedad de don Luis Pantoja Parra, aquí están:
Cocktails fruta, adulón o camarón $5.00 y $8.00; sopa de verduras $4.00, crema de tomate, chícharos o espárragos $6.00; consomé solo $3.00 o consomé con pollo $6.00; ensalada de frutas $7.00; ensalada de camarón o atún $12.00; huevos tibios o cocidos $4.00; huevos fritos, revueltos o a la mexicana $6.00; huevos con chorizo, jamón o tocino $8.00; quesadillas (3), tacos suaves (3) de pollo, machaca, carne asada o chilaquiles $6.00 la orden; frijoles refritos $3.00; tamales de pollo o camarón $3.00 cada uno; tamales de elote (2) por $3.50; hamburguesa XETK $3.50; pierna al horno, milanesa de res o puerco $12.00; carne asada con frijoles caldudos $15.00, media orden de lo anterior $10.00; bistec ranchero $12.00; filete miñón con champiñones $18.00; filete de pescado frito $12.00; plato de camarón gigante al gusto $15.00; camarón guisado a la mexicana $12.00; sándwiches de jamón, queso o pollo $6.00; café americano $1.50 taza; café con leche o crema $2.00; té helado o caliente $2.00; vaso con leche $2.00; pastel de frutas, nata o queso $4.00; pastel a la moda $6.00; pastel de chocolate, nuez o vainilla $4.00; bolillos $1.00 cada uno; nieves Tres Marías $6.00; nieves con frutas o soda $5.00; rebanada de melón con nieve $6.00; nieves de fresa, chocolate o vainilla $3.00; leche malteada $4.50; jugo de naranja chico $3.00; jugo de naranja grande $4.00; jugo de lata $3.00; orden de papaya o toronja $3.00; orden de plátanos o melón $2.50; licuados $2.50; limonada $1.50; naranjada $2.00; refrescos embotellados chicos $1.00; refrescos embotellados grandes $2.00; agua mineral $2.00. Esos eran los precios que regían en 1966 y de propina usted dejaba veinte, treinta o cincuenta centavos y quien era espléndido o quería congraciarse con la empleada que le sirviera, como queriendo “apantallarla”, dejaba un billete de $1.00 y ya no sigo hablando de comidas, porque me están abriendo el apetito todos estos manjares que actualmente cuestan un ojo de la cara.
Y algunas cosas más…
Hay quienes dicen que antes vivíamos más pobres que ahora.
Bueno, creo que definitivamente en Mazatlán estábamos cobijados por más pobreza, porque muchos no teníamos ni calzones, como se estilaba decir entre quienes pertenecemos a la clase pobre.
No habiendo las ventajas que hoy existen para adquirir ropa, muebles para la casa, aparatos eléctricos y tantos objetos más, muchos de ellos que vienen siendo cosas de lujo de las que todos queremos tener; y todo ello que podemos adquirir en estos tiempos a crédito, las carencias en nuestras viviendas eran muy notorias antes.
Pero por la tranquilidad con que se desenvolvía la ciudad, la gente vivía feliz, con seguridad en sus casas y con la seguridad personal y eso debe contar mucho.
Ahora cualquier mortal trae en su bolsa billetes de a mil pesos y hasta de dos mil, cinco y diez mil pesos, pero como todo está tan caro y no existe la seguridad que antaño había, las cosas salen al parejo.
En fin, cada quien ve las cosas a su manera y se adapta a como mejor le convenga, porque ya sabe usted que hay nuevas generaciones de gente en Mazatlán y muchos jóvenes oyen hablar de los tiempos en el que en este puerto era apacible, más pobre que hoy si quiere, pero con vida tan tranquila que podíamos dormir a nuestras anchas y caminar por esas calles sin temor de ser asaltados a cualquier hora, como desgraciadamente se ve ahora precisamente por la multitud de habitantes que tiene esta ciudad debido a la enorme cantidad de seres que han venido al mundo.
 
Carlos “Chale” Salazar Cordero
Album del Recuerdo Año 1984
 
 

Por lo que se refiere a los artículos escolares, los lápices costaban $0.01 y los cuadernos $0.02 cada uno, los pizarrines se vendían a razón de dos por $0.01 y las pizarras costaban $0.10 cada una.

 
Usted podía rentar una casa chica por $5.00 y $8.00 pesos mensuales en las barriadas pobres y si ocupaba una vivienda que tuviera una sala, dos recámaras, cocina, cuarto de servicio, sanitario con wc conectado al drenaje y patio, le costaba de renta de $25.00 a $60.00 mensuales, dependiendo en qué lugar del centro de Mazatlán se encontrara edificada la vivienda. 
 
 
 
 
 
El Radio y la Televisión sepultaron para siempre, hace más de treinta años, a las inolvidables orquestas, corporaciones musicales integradas con verdaderos artistas que nos deleitaban con sus brillantísimas ejecuciones en serenatas nocturnas, en audiciones públicas que ofrecían magistralmente en las plazuelas y parques populares para deleite del pueblo y por qué no decirlo, también en saraos privados y en parrandas que eran muy frecuentes en aquellos tiempos y en las cuales entraban en escena los muy populares mazatlecos.
Días felices e inolvidables del viejo Mazatlán; de aquél hermoso puerto de las noches de luna en la Glorieta Germania del paseo del Centenario, en los paseos a la Isla de Soto y de los suntuosos bailes en el Casino Mazatlán, en el Círculo Comercial Benito Juárez y en el Club Deportivo Muralla.
Estas orquestas eran el escape a nuestros sentimientos pasionales y un medio tranquilizador de nuestras decepciones amorosas. Que hay pasión no correspondida, hay que calmar el dolor con las tonificantes melodías amortiguadoras de la intranquilidad; que hay disgustos con nuestras dulcineas caprichosas, a calmar los nervios y la desesperación al compás de una tonificante ejecución de los valses de Straus o los románticos sones yucatecos; naturalmente ayudados por unas cuantas cervecitas bien heladas del Pacífico. Todas las alternativas de la vida encuentran su bálsamo y la tranquilidad en una buena música y ésta la teníamos en todas las orquestas porteñas de aquellos tiempos.
Mazatlán contaba entonces con más de diez magníficas orquestas y dos bandas de tambora, una dirigida por José Sánchez (Cheché) y la otra por Aurelio González. Todos sus ejecutantes, por su diaria práctica, eran magníficos. Las orquestas se integraban de la siguiente manera: un violín, un bioloncello y un contrabajo o violón. Estos instrumentos de cuerda y los ejecutantes de instrumentos de aire eran: dos clarinetes, dos trompetistas, un trombón y un flautista. En algunas ocasiones eran reforzados por mayor número de ejecutantes.
Era tan grande el aprecio que el pueblo tenía por estas corporaciones musicales, que no había festival en que no concurrieran verdaderas aglomeraciones que aplaudían entusiastamente cada una de las ejecuciones, estimulando con sus atronadores aplausos a los ejecutantes.
Cabe decir que en la mayor parte de estas orquestas había un compositor. Yo recuerdo por ejemplo que la Orquesta del director Cirilo Rivas, tenía en su conjunto al inspirado y fecundo compositor Adolfo V. Rivera y la Orquesta de don Braulio Pineda a su propio director, a él mismo que fue el inspirado forjador del vals inmortal “Quejas del Alma” que es considerado como el mejor vals que se ha producido en Sinaloa durante todos los tiempos de la buena música.
Las orquestas más distinguidas en aquel entonces fueron las siguientes: la de Cirilo Rivas y las de Pánfilo de los Palos, Francisco Vidriales, Braulio Pineda, la de los Hermanos Hernández o sea, la orquesta del Hotel Belmar, la del profesor Manuel Gallardo, la de los Hermanos Argote y en los últimos años, la de Pepe Medina.
A continuación voy a referirme con sus datos biográficos a uno de los más grandes compositores: a Enrique Mora Andrade, compositor del vals “Alejandra” que ha recorrido todo el orbe en forma triunfal. Este consagrado músico y compositor nació en Mazatlán el día 14 de julio de 1876. Sus primeros estudios los realizó en la Escuela Oficial que fue dirigida por el maestro Eduardo Betancourt, con estudios solamente hasta el cuarto año o sea, la instrucción elemental. Después continuó estudiando en un colegio particular del cual era director el señor Antonio Urrea.
Por necesidades familiares se vio obligado a entrar a trabajar en la imprenta del señor don Ignacio Maldonado donde aprendió encuadernación, pero su hermano Eligio, director de la orquesta de los Hermanos Mora en la cual tocaban distintos instrumentos, tres de ellos lo convencieron, después de mucha insistencia, para que aprendiera música, en vista de que les hacía falta un violinista. Venciendo su resistencia y por presión de su hermano mayor, estudió solfeo y luego la ejecución del violín que afortunadamente dominó a la perfección. Al mismo tiempo que ingresaba como ejecutante, se dedicó a escribir música y a interpretar su imaginación creadora. En el año de 1886 empezó este modesto artista a dar a conocer sus primeras producciones con la mazurca “Angelita”, pieza que muy pronto se hizo popular y a las pocas semanas de habérsele conocido, se cantaba en todo el puerto con versos que le fueron puestos por un autor anónimo.
Este hecho, aparentemente sin importancia, constituyó para su alma sensible el mayor estímulo que pudo recibir para entrar de lleno al terreno de la creación artística.
Después compuso el vals “Emilia” que dedicó al señor Manuel Macías Gutiérrez, entonces agente de máquinas de coser, quien a su vez la dedicó a su esposa Margarita Rivas.
El popularísimo vals “Alejandra” lo compuso por orden del señor Rafael Oropeza, quien lo dedicó a la señorita Alejandra Ramírez, hermana del popularísimo “Chícharo” Ramírez que hace ya varios años abandonó este mundo. Alejandra Ramírez se casó con un agricultor de Culiacán de apellido Retes.
A propósito de este incidental compromiso para la composición del vals, se cuentan muchas versiones del incidente creador, pero el más generalizado es el siguiente: Oropeza era un joven muy alegre y muy simpático. Así fue hasta su desaparición física de este mundo. Estaba profundamente enamorado de Alejandra de quien no había obtenido el di para confirmar su noviazgo. En una ocasión que la orquesta de los hermanos Mora estaba tocando a unos parranderos en una cantina situada en la esquina de las calles del Oro, hoy Sixto Osuna y Tacaba, muy cerca de la casa de la mujer de sus sueños, llegó a ese sitio a escuchar la música romántica que estaba ejecutando magistralmente la orquesta. Iba un poco entrado en copas. Al ver Enrique, de quien era amigo, que ya tenía fama de inspirado compositor, le pidió que le escribiera un vals que deseaba dedicar a su musa Alejandra Ramírez.
Enrique aceptó el favor mediante el pago de cincuenta pesos que Rafael tendría que pagarle en esta forma: diez pesos e el mismo momento y veinte pesos en cada uno de los meses siguientes. Quedaron de acuerdo en ese trato y Mora le pidió que en ese momento fuera a la imprenta Parra que estaba en la esquina de las calles Guelatao (hoy Angel Flores) y Carnaval a comprarle papel pautado para escribir desde luego algo que ya tenía en su mente. Así lo hizo Rafael y en menos de diez minutos ya regresaba con el papel a la cantina.
Mora, que seguramente ya tenía en su inspiración la primera parte del inmortal vals, haciendo a un lado en su mesa las botellas vacías y las botanas, escribió en el papel lo que habría de ser el vals mazatleco que ha recorrido todos los rincones de la tierra y le prometió que dentro del término de diez días, la pieza estaría terminada. Se dice que Oropeza al terminar la escritura le dio veinte pesos más, quedando a deber veinte pesos que no vio en sus manos nunca el inspirado compositor.
Después del vals “Alejandra” compuso un vals que se llamó “La Voz del Amor”, que le mandó componer el súbdito inglés don Roberto Henderson y que dedicó a su esposa Carlota Muro; después el vals “Carlota” en honor de la señorita Carlota Félix Díaz. Posteriormente compuso “Un Noche en Villa Unión”, pieza que también gustó mucho al pueblo y que lo arregló en un baile que se celebró en aquella bullanguera y simpática población, tierra de Lalo Sánchez, también ya desaparecido. En plena fiesta Enrique sacó su pluma y en papel pautado a rayas, escribió la melodía que habría de apasionar a los lugareños. A esa fiesta fue invitado especialmente lo mismo que el pintor Manuel F. Rodríguez. No había pasado mucho tiempo cuando su mente creadora le inspiró una mazurca que dedicó al señor Abelardo Anaya.
“La Polea 1901” fue compuesta por él con motivo de iniciarse el nuevo siglo que se estrenó en un baile organizado por el señor Pantaleón Ezquerra y que se escenificó en la casa del señor don Arturo de Cima. Luego vino una Polea muy simpática que dedicó a La Paz, Baja California, con el nombre de “Pesca Libre”. Compuso también una marcha nupcial con motivo del matrimonio del señor don Manuel Gómez Rubio y Eloísa Ocón; y también otras muchas marchas y chotis.
Desgraciadamente el álbum que contenía todo el repertorio de la producción artística de ese músico sinaloense extraordinario, prestado a una persona para satisfacer seguramente su curiosidad natural, jamás lo devolvió, perdiéndose así un rico tesoro musical para el Estado.
Entregado Enrique Mora a la música, se pasaba horas enteras estudiando armonía y composición. Fue sinodal de las pruebas finales en la Academia de Música que atendían los señores Francisco Martínez Cabrera y Roberto Contreras, donde se enseñaba música y piano, precisamente porque fue juzgado como uno de los más conocedores.
Mora organizó también varias estudiantinas con señoritas de la localidad. Fue en el año de 1907 cuando compuso el vals “Alejandra” que lo inmortalizó.
 
Carlos “Chale” Salazar Cordero
Album del Recuerdo Año 1984
 
 

Días felices e inolvidables del viejo Mazatlán; de aquél hermoso puerto de las noches de luna en la Glorieta Germania del paseo del Centenario.
 

 

Las orquestas más distinguidas en aquel entonces también amenizaban los bailes en el Círculo Comercial Benito Juárez.

 

 

 

 
 
 
 
Ya se ha escrito mucho sobre la historia antigua de Mazatlán. El significado de su nombre; de su formación territorial y sobre su probable fundación. Cada persona que aborda estos temas da versiones distintas y para decirlo de una vez, nada hay seguro, vaya, ni se justifica la razón que tuvo el actual ayuntamiento para fijar la fecha de su fundación, tomando este acuerdo con base en la versión del cronista de la ciudad señor Miguel Valadés.
Recientemente salió a la luz pública un nuevo libro del escritor e historiador sinaloense licenciado Héctor R. Olea, que aborda también este tema con un sinfín de datos y noticias que no se conocían. Este libro se llama “Los Asentamientos Humanos de Sinaloa” y fue editado por la Universidad Autónoma de Sinaloa.
La fundación definitiva y permanente del puerto de Mazatlán se inició al ser creado su gobierno autónomo en lo político y militar por real orden del 23 de marzo de 1793. En el cuartel provisional establecido por el sargento Morales en el Cerro de la Nevería, se construyó, por disposición del gobierno, una casa o galería que era conocido por el nombre de Casa Blanca, que ocupaban seguido o con interrupciones, los guardacostas o presidenciales. Por ese tiempo, los habitantes del puerto vivían en un estado patriarcal, en su mayoría dedicados a la agricultura en sementeras de tierra adentro y a la pesca en el mar. Los estrechos senderos conducían al Cerro de la Cruz donde se establecieron, años atrás, los vigías nombrados por el visitador Gálvez. Por puerto Viejo o de San Félix, en un muelle provisional comenzaron a descargar algunos buques de cabotaje, mercancías destinadas a los comercios de San Sebastián y Real del Rosario.
A principios del siglo XIX, el intendente de Sonora, Alejo García Conde, designó teniente gobernador de Mazatlán, al capitán don José Esteban, quién pidió, en interesante documentación, que el “importantísimo puerto Viejo” o San Félix, fuera agraciado con la real beneficencia, por lo cual obtendría las ventajas a que aspiran sus moradores según gestión hecha con fecha 24 de junio de 1804. El Manchego capitán Esteban, calculó en el citado año, una población de dos mil almas, dispersas en noventa leguas cuadradas, siendo las dos terceras partes de mulatos libres y la una de españoles. Estimó también, que el supradicho puerto es con seguridad, después de Acapulco, el más seguro, capaz y útil de toda la costa.
El descubrimiento del mineral de Guadalupe de los Reyes, el 12 de diciembre de 1800, llevó a la región más de seiscientos gambusinos y también cobró auge el tráfico de cabotaje en el puerto Viejo, a pesar de que sólo había un muelle provisional y el establecimiento fijo del vigía en el año de 1814. La edificación del puerto de Mazatlán se inició por el rumbo de la playa poniente en 1818. A la llegada del obispo fray Bernardo del Espíritu Santo, apenas había en el puerto la Ermita del puerto Viejo, con paredes de varas blancas resplandecida de barro y techumbre de zacate que fue la primera casa de oración que tuvo el solar mazatleco.
Al estallar la Revolución de Independencia, las cuatro compañías de milicianos que se llegaron a formar, fueron convertidos en insurgentes por el comandante veterano José Esteban y el capitán de Fragata retirado, Gil de Angulo, que se unieron al teniente coronel José María González Hermosillo, enviado a la intendencia de don Miguel Hidalgo en abril de 1811.   Por desgracia, esta actitud patriótica de los milicianos de Mazatlán, a favor de la independencia, no fue comprendida y se impuso en todos aquellos dominios, la estrategia del realista García Conde.
El puerto de Mazatlán fue abierto al comercio extranjero por decreto de las cortes Españolas del 9 de noviembre de 1820, pero la medida no tuvo efecto por haber sobrevenido la revolución de Iguala. La junta gubernativa de México, declaró el 15 de diciembre del año siguiente, puertos de altura y a los habilitados por el referido decreto de las cortes y a mayor abundamiento, resolvió que Mazatlán quedaba comprendido en dicha rehabilitación por orden del 6 de febrero de 1822.
Don Bernardo Andrade, residente de San Sebastián en el año de 1821, construyó en la llamada Puntilla frente a la isla del portugués, sitio que desde entonces tomó el nombre de Astillero, el primer buque construido en Mazatlán con el nombre de “Luisa” y que surcó sus mares al mando del capitán Juan Gómez. En su casa apareció por primera vez, una exposición de mercancías extranjeras en 1823.
El comercio internacional obligó al gobierno a establecer una aduana en el presidio debido a gestiones de Vicente Ortigoza, originario de Tepic, quien hizo estudios en Alemania por la ayuda del Barón de Humboldt y escribió interesantes ensayos sobre economía política.
Al ser abierto el puerto al comercio extranjero, se cambió el fondeadero de Puerto Viejo a la ensenada sur y se le impuso el nombre de Puerto Ortigoza, pero no arraigó porque el autor de la iniciativa del cambio don Vicente Ortigoza, abandonó sus negocios en el puerto para irse a radicar a Guadalajara.
La primera oficina de gobierno local se estableció en el puerto, a cargo de don José María Ramírez, subalterna a la que ya existía en el presidio, bajo la dirección del señor Tomás Gómez. El gobierno federal organizó una aduana marítima, poniendo al frente de ella al señor José Maximino Magan el año de 1828.
El congreso constituyente del Estado de Sinaloa, acordó el nombre de “Puerto de los Costilla” en honor de los comerciantes españoles establecidos en San Sebastián, a ala población formada en el puerto de Mazatlán, por decreto del 4 de enero de 1832. Tampoco perduró esta designación.
El gobierno del Estado erogó también en el año de 1832, la cantidad de trescientos pesos para que se formara un dique o terraplén al pié del Cerro de la Cruz, con el fin de impedir la comunicación de las aguas, por un pequeño canal de la ensenada poniente con la bahía del sur, donde estaba establecida la Aduana Marítima. En esa forma, se inició la edificación por esa parte y el malecón construido recibió el nombre de Paseo de las Olas Altas.
En el año de 1831 se iniciaron las colectas para la construcción de la Iglesia vieja o de San José, en la falda oriental del Cerro de la Nevería; pequeño templo al estilo franciscano, sencillo y pobre de una sola y baja torre, techado con teja y sin atrio, del cual se echaron los cimientos seis años después en 1837 y se terminó de edificar en 1840. Se trata de la Iglesia chiquita.
El general don Francisco Duque, introductor de la primera imprenta al puerto de Mazatlán, ordenó durante su administración, la publicación del periódico oficial del Estado “La Gaceta del Gobierno de Sinaloa” bajo la dirección del impresor don Juan José Félix el 15 de agosto de 1841. El general Miguel Blanco, mandó construir en el Cerro de la Cruz, una pequeña fortificación debajo de la casa que ocupaba el vigía, defensa que sólo servía a la autoridad militar para colocar en ella artillería en caso de saludo a las embarcaciones. A esta batería se le conoció con el nombre de Fortín de la Paz, construida en el año de 1845.
Las Corbetas Siam y Portsmouth bloquearon el puerto de Mazatlán. El ayuntamiento activamente organizó la guardia nacional para hacer frente a la invasión norteamericana, formando varios batallones con los vecinos de la poblacón, pero al fin los invasores tomaron la plaza, debido a la conducta reprensible del coronel Rafael Téllez, el día 13 de noviembre de 1847.
El puerto de Mazatlán en 1850 contaba entre sus edificios notables con los siguientes: Aduana Marítima, un almacén, un muelle de piedra, la cárcel, el Hospital Militar, la plaza del Mercado, un paseo público, el puente “Antonio López de Santana”, un teatro propiedad de la señora Cleofás Vargas, cuatrocientas casas de palo y ladrillo; y trescientas casuchas de palo y zacate. La población estaba comunicada por tres garitas: una por Puerto Viejo, otra en el Astillero y la última en el Resguardo Marítimo, situada en el muelle. Contaba con dos carruajes particulares y uno para uso público; veinticuatro carretas y un carro militar. El puerto tenía una imprenta con un encuadernador y dos impresores. La población se abastecía de un ojo de agua situado en la calle de San Germán (que hoy es la calle Canizalez) y con 152 aljibes con una capacidad de 184,000 barriles de agua.
Nacieron en Mazatlán las siguientes personas, eminentes escritores y poetas conocidos en el mundo de las letras; y militares, el novelista y político Lic. Juan A. Mateos el 24 de junio de 1831; el periodista y escritor Martiniano Carvajal el día 2 de enero de 1886; el general Antonio María escudero, el día 31 de julio de 1864, el periodista Lic. Arturo Paz el 22 de junio de 1868; el político y magistrado Lic. Ignacio Noris el día 22 de septiembre de 1871; el general revolucionario Juan Carrasco en el pueblo de Puerta de las Canoas el 24 de junio de 1876; el escritor e historiador licenciado José Mena Castillo el día 30 de abril de 1883; el artista y periodista Adolfo M. Wilhelmy el 21 de septiembre de 1884; el escritor y periodista Alejandro Quijano el día 5 de enero de 1883; el escritor y diplomático Genaro Estrada el día 2 de julio de 1887; el general revolucionario que fue gobernador del Estado, Ramón F. Iturbe, en el pueblo de Siqueros el día 7 de noviembre de 1889; el general José Gonzalo Escobar, el día 10 de enero de 1892; el poeta y periodista Manuel Estrada Rousseau el día 25 de octubre de 1898; el historiador y periodista José C. Valadés el día 1º. de diciembre de 1901 y el segundo comandante del Escuadrón 201, general y piloto aviador Radamés Gaxiola Andrade el día 7 de abril de 1914.
 
Carlos “Chale” Salazar Cordeo
Album del Recuerdo Año 1982
 
 
 
 

 

 
Don Bernardo Andrade, residente de San Sebastián en el año de 1821, construyó en la llamada Puntilla frente a la isla del portugués, sitio que desde entonces tomó el nombre de Astillero, el primer buque construido en Mazatlán con el nombre de “Luisa” y que surcó sus mares al mando del capitán Juan Gómez.
 

 

El gobierno del Estado erogó también en el año de 1832, la cantidad de trescientos pesos para que se formara un dique o terraplén al pié del Cerro de la Cruz, con el fin de impedir la comunicación de las aguas, por un pequeño canal de la ensenada poniente con la bahía del sur, donde estaba establecida la Aduana Marítima. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 
 
El Poeta de Sinaloa, don Alejandro Hernández Tyler, quien hace poco más de un mes falleciera para privar a nuestro Estado de un personaje que diera realce a la cultura de nuestra entidad, me dio hace como cuatro o cinco meses la fatal noticia de la muerte de nuestro inolvidable compañero y amigo Miguel Angel Millán Peraza, sin imaginarse que él, un brillante poeta, escritor e historiador bien reconocido y admirado por todos, habría de seguirle tan pronto a aquél, en el viaje que inevitablemente habremos todos de emprender algún día.
Miguel Angel Millán Peraza desde Tijuana. B.C. me envió esta colaboración para el deleite de los lectores de Album del Recuerdo y así lo    recordamos.
 
“¡Cantan… siempre cantarán!” Mazatlán:
 
Petra Zamudio y José Canizales,
según la historia no escrita
con retóricos alardes…
tal como mandan los cánones;
aquí levantaron finca,
aposentaron reales…
y desde entonces vas figurando
como la tierra de carnavales,
como la tierra “donde hay venados”,
como la tierra de gente alegre,
como la tierra, la buena tierra
del “puerto alegre y confiado”.
José Canizales y Petra Zamudio,
con retórica o sin ella,
con historia o sin historia…
figuran con estos rumbos,
figuran con estas tierras:
como base, como arranque
de tus pecados y glorias.
 
Lo de “tierra de venados” en tu nombre,
aunque bella y muy autóctona premisa:
siempre ha sido de muy sonoros bemoles…
más no por ello en tu corta o larga vida
se han ausentado los nombres
de los hombres
que contaron y cantaron la alegría
de entenderte y de saberte hogar de dioses
de lo jocundo, que te caracteriza.
 
Puerto y región: en tu casco y sus contornos…
desde Nuño de Guzmán y sus iberos,
has sido asiento atrayente y jubiloso
de mil leyendas, de historias y de cuentos:
“Los Laureanos” campearon en sus tesoros
por tus sendas de herradura y sobre cerros;
“Los Pardos” presidiales –¡“tan espantosos”!-
traídos sin su venia en crueles barcos negreros;
del Padre de la Patria su voces de oro
con De Galicia trayendo su noble empeño;
“La Cordelliere” rugiendo con voz de trueno
y vomitando metralla por Puerto Viejo.
 
Manuel Lozada con su grito belicoso…
por El Rosario te trajo sus complejos
y Don Porfirio, con sus soñares de opio…
te anticipó los soñares de Madero.
 
En pleno siglo XX, siglo de ideas,
poco después de tener tu “Centenario”:
te estremeciste con voz de juventudes
cuando las glebas del “Compa” Juan Carrasco
con otras muchas glebas plantaron cruces
para las almas de revolucionarios.
 
Y prosigue el siglo XX con sus gajes,
ya con Porfirio y sus glorias, exiliados:
y tú, con tu confianza y con tus alegrías
que te hicieron reina mora de tus lares,
vives contando los días,
vives cantando los lances
que tus hijos y tus hijas
con sus amores y también con sus empeños,
te dieron la fama grande
y el prestigio, bien ganado,
de puerto en carnavales…
de “puerto alegre y confiado”.
 
Ayer, solamente ayer,
puerto azul de mis amores:
gozaste con notas de la lira
de José Angel Sánchez
y de Esteban Flores;
con las prosas y las poesías
de Dávila; José María;
con las letras atildadas y discretas
de Don Genaro Estrada
y de Manuel Estrada Rosseau:
ambos tan buenos y tan aplaudidos
que de la Patria fueron consentidos.
 
Ayer, tan sólo ayer,
mi Mazatlán querido, tan amado:
gozaste de la voz mocoritense
surgida de la pluma de González Rojo,
de la parca interpretación de Eutimio Gómez,
que no por parca sonó sin timbre de oro
ese mismo timbrar de oro de Alejandro
Raymundo McDougall, el playero…
que tuvo en su Edna Wosfkill
la suave inspiración, que es un tesoro.
 
Ayer, tan sólo ayer, oh, tierra amada:
cantabas los poemas de aquél Alfredo Ibarra,
que como Baltasar, el de Izaguirre y Rojo,
cantaron por tus Ellas… ¡y tus aguas!
 
Tan sólo ayer, tú con Sinaloa,
cargaron con Chuy Andrade y con Alma la de Acosta,
con Enrique Pérez Arce y Gilberto Owen,
con Gonzalo Martínez y Abelardo Medina:
para los subsiguientes -¡siempre tan jóvenes!-
dejaron noble ejemplo que el mundo les admira.
 
Con Sixto Osuna y Francisco Verdugo Fálquez,
con Alejandro Avilés y con Gabriel F. Peláez,
con Jesús E. Valenzuela y Florentino Arciniega
y Ledesma, con Alejandro Dosal y Juan L. Paliza,
con la dulce Isaura Peña y Francisco Medina,
con Vizcarra el concordense
y con Pedro Rosendo Zavala:
tú con Sinaloa desmentiste
lo de “torpe”… con que lo denigraban.
 
Con Margarita Ramírez y con Buelna
(don Eustaquio, buena gente)
y con tantas y tantas gentes buenas
como aquél orizabense
que se llamó Eloy de Palma;
como aquél Tirado Páez;
como los Zúñiga: los Luises…
gente buena, gente pura y sana;
todos los que con su vida,
Mazatlán, te dieron su alma
con un puñado de versos,
con sus prosas tan galanas…
Mi ciudad: ahora y siempre…
el estro cantará tus glorias,
el estro crecerá tu fama.
 
Ahora y siempre, por toda la eternidad,
la voz del estro ha de darte
flores del alma, ¡de paz!
flores de foro, de periodismo, de letras…
que por tu vida pasaron, tierra mía:
fueron comunión perfecta
cuando su vida ligaron con tu vida:
el poeta Amado Nervo,
el bravo Heriberto Frías,
los Alvarez, los Gastélum,
los Lamadrid, los Bonilla,
el buen Pancho Peregrina,
Valverde, Borda, los López,
Valle, Avendaño, Cevallos
y Dolores Cabanillas,
Pepe Peña, Chema Herreros,
Gonzalo Cabello “El Día”,
Valdez “El Conde de Fox”,
Chito Patrón y Chuy Haas,
José del Real y Meléndez
con “El Tarrona” y don Blas
y “El Piara” Roberto Sáinz,
Francisco Aguilar Peraza,
el poeta Enrique Elliot,
don Carlos Mateo Sánchez
y Gabriel W. Quevedo,
Liborio Giles con “Cronos”,
Luis Osorio y Madrigal,
José A. Chávez y Roberto Tirado,
Lupe Castro, la sin par;
Romanita de la Peña
gran dama a carta cabal,
todos haciendo tu historia,
todos haciendo tu gloria…
con su vida, Mazatlán.
 
En los días que están corriendo
tierra de mis mayores
y de mis descendientes
el estro de McGregor y de Zabre
te canta con donaires
y con esplendideces…
cual paisanos de
Alejandro Hernández Tyler
o de Enrique “El Guacho” Félix;
cual si fueran coterráneos
de Enrique León Alanis
(poeta de los “Venados”
a quien Dios tiene a su lado)…
o de aquél bardo feliz
llamado José Angel Sánchez
(que fue marino y poeta
y enfrentó mil tempestades
sobre tierra y sobre mares…
siempre con gran entereza);
o cual si hubieran nacido en tus playas.
 
Mazatlán, en tus playas que arrullaron
días niños de “Don Nadie”
de “Lucky Punch”, de “Kid Alto”…
y muchos más, como si fueran paisanos de
don Carlos Salazar.
 
En los días de hoy corrientes
el estro de “Ramonita”
y el de Elena Somellera
con el estro de Lucía:
cantan, siempre cantarán,
ellas haciendo tu historia,
ellas haciendo tu gloria,
con su vida… ¡Mazatlán!
 
 
Carlos “Chale” Salazar Cordero
Album del Recuerdo 1983
 
 
 
Mazatlán de Ensueño…
 
 
 

Cantan… siempre te cantarán, Mazatlán…!

 

 

 

 

 

 

 

 
 
Yo oigo tantos comentarios por ahí y la verdad, a veces me siento desconcertado.
Por ejemplo: oigo decir que ahora en Mazatlán estamos mejor que en épocas pasadas, porque –dicen quienes se consideran mejor enterados que yo– que en los actuales tiempos cualquier pobre tiene automóvil, viste elegantemente y en su casa cuenta con lavadora automática, refrigerador eléctrico, estufa de gas, aparato de televisión a colores y antena parabólica, ventilador de techo o de mesa o contando con más lujo, tiene aire acondicionado para dormir a pierna suelta, su sala está adornada con fino mueble, tiene estéreo para que sus hijos se deleiten tocando música a todo volumen cuando regresan de los colegios que cobran fuertes cantidades por los estudios de sus vástagos y en fin, hacen aparecer en sus charlas de café, cantina o en las pérgolas de plazuelas, como que son muy felices en los actuales tiempos, desdeñando a las épocas que quedaron muy atrás en los calendarios. Ellos, dicen, antes eran más pobres que ahora.
Yo soy un convencido de que gracias a la voluntad de Dios, he vivido muchas épocas para experimentar los tiempos y aunque actualmente vivo al ritmo que lleva el mundo, me parece que a veces exageran quienes se expresan elogiosamente de los tiempos que se viven ahora.
En primer lugar, si antes carecimos de todas esas ventajas que señalan como comodidad quienes las tienen ahora, se debe a que no había ni refrigeradores eléctricos, ni lavadoras automáticas, ni ventiladores de techo, ni se conocía el aire acondicionado, ni estufas de gas, ni los estéreos y ciertamente, quienes tenían automóviles eran los llamados ricos, pero hay que ver que ahora todo se consigue a crédito en las tiendas, muchas veces sin dar enganche; y antiguamente no había ese sistema del fiado que provoca ahora que quienes presumen que todo lo tienen en casa que es de su propiedad –con sus excepciones, naturalmente– están “hasta las manitas” endrogados y hacen miles de maromas para poder dar los abonos mensuales a los comercios que les dan créditos, escondiéndose en ocasiones para no encontrarse con los cobradores.
Siendo así: ¿Dónde está esa mejor vida que pregonan algunos? ¿Dónde están aquellos que cambiaban modelo de automóvil año con año?
Hay que recordar que en aquellos años, que algunos suponen fueron peores que ahora, los pobres nos dábamos el gusto de comer camarones, ostiones, carne de buena calidad, pescado de todas las especialidades, gallina, pan blanco y de dulce, mantequilla de primera calidad –citaré la marca de “Goleen State” que venía en latas color rojo– y ahora, ya ve usted, más ricos (?) que antes, comemos carne más dura que el alma de un usurero, los camarones, los ostiones, los callos de hacha es un lujo comerlos y nada más los vemos comer; y se ha llegado al grado de que como los mariscos cuestan un ojo de la cara, se está acostumbrando a la gente ingerir como alimentos botetes, caracoles, almejas, cangrejos, culebras y otras corrientes especies del mar, que antes no osábamos comer, porque no había esa necesidad como ahora por el alto costo de la vida.
Los que dicen ahora que estamos mejor, se olvidan de los cientos de miles de pobres que hay en Mazatlán.
En cuanto a las costumbres que hay ahora en Mazatlán, digo que no son los tiempos los que las han hecho cambiar, sino las gentes.
Teniendo esta aglomeración en este puerto –vaya usted a caminar a cualquier hora del día hasta el oscurecer, por las aceras de la calle Aquiles Serdán, entre Melchor Ocampo y Zaragoza– donde el tránsito de los peatones en las rúas citadinas es más que imposible.
Y dentro y fuera del mercado Pino Suárez; y caminando por la acera este de la calle Benito Juárez, hasta llegar a las oficinas de correos y telégrafos, llegar a pie es un verdadero triunfo.
Yo se que al tener más habitantes Mazatlán, que hace, digamos cuarenta o cincuenta años, tiene que haber más incomodidades. Perfecto que quienes vivimos tiempos mejores en este puerto, tengamos que sufrir por las aglomeraciones y el ruido que provocan éstas.
Pero fíjese usted que con motivo de que hay más muchedumbres habitando Mazatlán, se han perdido dos cosas muy importantes: la buena conducta entre sus moradores y aquella tranquilidad espartana que tuvimos la gente ordenada de antes; y ahora vivimos en desasosiego por la falta de seguridad personal.
Y algunas cosas más:
No deja uno de recordar las épocas pasadas de Mazatlán, allá cuando los rateros se dedicaban únicamente a llevarse ropa de los tendedores de las viviendas o se robaban algunas gallinas o patos, no así los marranos porque éstos chillaban y despertaban al vecindario.
Era cuando uno les mandaba poner media suela y tacones a sus zapatos o suela entera y eso que el calzado no tenía los altos costos de hoy; cuando don Vidal García usaba un chaleco con monedas de oro de $2.50 a manera de botones y rentaba mesas y sillas, manteles, cuchillería y loza para las fiestas caseras y vendía tinas para abastecerse de agua por las noches en los domicilios; cuando las boticas de Luis Montemayor, don Jesús Alcalá Gómez, Jesús I. (El Chaca) Escovar, Jesús V. Sarabia, Alejandro Romero, don Benjamín Chávez, José V,. Sarabia, Jovito Domínguez y otras, vendían medicinas preparadas por ellos mismos y los médicos las recetaban sin que costaran una fortuna; cuando María Partida vendía en su casa ubicada por la calle Ángel Flores, casi esquina con la de Martiniano Carvajal, aquella sabrosa cena compuesta con pollo a la plaza, asado, gorditas y unas tostadas así de grandes por diez centavos cada una, en tanto que el plato de gallina o asado le costaba a usted cuarenta centavos y cinco centavos una taza de café o un refresco.
Sí, era cuando estaban en el apogeo de su juventud Francisco (El Chaca) del Águila y Arnulfo (El Borbotón) Arias y se bebían en una tarde entre los dos, diez cartones de medias de cerveza Pacífico en el balnearito de la playa sur de Fernando Lew y todavía se iban a la carpa “El Retiro” de Manuel Saldaña, ubicada en la plazuela Ángel Flores, a ingerir más ambarina, oyendo en la “rockola” las canciones de moda en 1940, como aquellas: “Pobre de Mí”, “Serenata tropical”, “Mi Tormento” y otras; era cuando la pandilla de los desesperados muchachos de la novena “La Fortuna”, al mando de Joaquín L. Cañedo, habían hecho furor en la rama de aficionados, luchando en los diamantes dos años antes, estando integrado por “El Perico” Jiménez, Chuy Silva, Cirilo Villa, “El Gallinas” Arámburo, “Fidelillo” Arias y otros.
Tiempo quél que se fue sin sentir por culpa mía; y en los caballeros traían prendidos en sus corbatas fistones con monedas de oro de a cinco, diez o veinte pesos o bien un granate, mientras que en los comercios se vendía el café marca “Oro” y dentro de algunos frascos las amas de casa encontraban una moneda de oro de a cinco pesos, luciendo luego una sonrisa que mostraba una dentadura de oro, porque entonces el preciado metal era una cosa común y corriente.
Era cuando José García Chávez, conocido como “El Negro Diente de Oro”, manejaba una lancha de gasolina y llevaba a los barcos turísticos anclados en la bahía del puerto, a los pasajeros que encontraban “corteros” identificados como Alfredo Manzo, “El Juguetes”, Teófilo Richarte, Pancho Bandilla, Francisco “El Minduris” Montes, “El Chori” Portugués, padre e hijo conocidos como “Black Ball”, Rafael “El Negro” Cuevas, Claro López., Felipe “El Guaca” Durán, Faustino “El Chalecos” Duarte, José Díaz, Faustino López o bien los traía a tierra al arribo de las embarcaciones norteamericanas que llegaban a Mazatlán muy seguido.
¿Cómo no ha de recordar uno aquellos tiempos en los que aunque se ganaba menos dinero, éste alcanzaba bien, por lo barato que estaba todo?.
Fíjese usted en las tarifas telefónicas que había entonces en llamadas de larga distancia: hablar tres minutos en el día a Acaponeta $ 5.00; a Acapulco $16.00; a Celaya $13.00; a Ciudad Juárez $16.00; a Concordia $2.50; a Culiacán $7.00; a El Roble $2.00; a Escuinapa $3.50; a Hermosillo $15.00; a El Rosario $3.00; a Guadalajara $11.00; a Monterrey $14.00; a México, D.F. $16.00; a Veracruz $18.00 entre otras llamadas en territorio nacional y en lo que respecta a Estados Unidos de Norteamérica, ponga atención, porque por el mismo tiempo de tres minutos diurnos, usted pagaba a: Calexico $34.40; a Chicago $43.75; a Dallas $40.65; a El Paso $33.75; a Long Beach $37.50; a Los Ángeles $38.15; a San Diego $36.25; a San Francisco $40.00; a Washington $46.25; a Nueva Cork $26.25 pagado en moneda mexicana y por allí va el cuento, advirtiendo que los usuarios del servicio de Teléfono de México protestaban entonces porque a esas tarifas se les agregaba el 20 por ciento del Impuesto Federal, pero si se hubiesen imaginado hasta dónde iríamos a llegar, hubiesen salido de esas oficinas en silencio, pues ya sabe usted que en esta vida, lo mejor es callar.
Y por hoy es todo, sirviéndome de este final para recordar a los amigos que colaboraron en Álbum del Recuerdo a través de su trayectoria (20 años) y que ya desaparecieron, como Miguel Ángel Millán Peraza, rafael Reyes Nájera, Gabriel W. Quevedo, don Melchor Pescador, profesor Filiberto Patiño Escamilla, señora Ramona S. de Hernández, profesor Rafael Carlos Quintanilla, Enrique León Alanis, doctor Luis Zúñiga y otros que lamentablemente pudiera olvidar; y a quienes aún viven, como Roberto Tirado Castelo, Hermes Escobar Muñoz, Licenciado Fernando Bañuelos, Pepe Malcampo, licenciado I. Alfonso Gastélum jr., Luis Félix Rivera, Luciano Gómez Llanos, Leonardo Ramos, Prometeo Tirado Páez, Roberto Riveros, Hugo D. Hernández, J. Jesús Arreola, Ricardo Filippini y Manuel Ulloa, quiero manifestarles que nada pudiera haber hecho yo en Álbum de Recuerdo sin sus escritos y que quede bien claro aquí que sin la ayuda moral y económica que me brindó el H. Ayuntamiento de Mazatlán, por conducto de su Presidente, arquitecto Quirino Ordaz Luna, esta edición de aniversario de mi revista no pudiese haber salido a la luz pública, debido al alto costo de su manufacura… Muchas gracias a todos y hasta pronto, D.M.
 
Carlos “Chale” Salazar Cordero
Álbum del Recuerdo 1985
 
 
 

 

 

 

 

 
 
Que bonito es recordar otros tiempos.
Hace unas noches, estuve en el malecón de Olas Altas y vinieron a mi mente los hechos boxísticos de otra época.
Puesto un pie sobre el pequeño muro que tiene el malecón, del que fuera en otros tiempos nuestro máximo paseo, situada la barbilla sobre la palma de mi mano derecha, cuyo brazo se apoyaba encima de la rodilla que descansaba sobre el rompe-olas, mientras el mar con su flujo y reflujo de aguas que iban a chocar contra las piedras, soporte del muro, hacía un ruido aceptable, en tanto que en las afueras de los restaurantes de lujo, los turistas hacían vida parisina, cenando, bebiendo cerveza o café o simplemente ingiriendo una limonada para charlar un rato, mientras que del Hotel Belmar salía una familia visitante a caminar por el malecón y recibir las suaves brisas marinas, yo escudriñaba el pasado para traerlo al presente.
Cuán lejos quedó aquella noche del mes de julio de 1928 cuando en la Quinta Echeguren, entonces un palacete hermoso y bien situado allá arriba, cerca de donde hoy está el colegio Pacífico, se le ofreció un elegante banquete al general de división Alvaro Obregón, en ocasión de la visita que le hiciera al puerto de paso hacia la capital de la República, donde más tarde, unos pocos días a lo sumo, José de León Torral le arrancara la vida en “La Bombilla” de San Ángel Inn, cuando el militar sonorense se había acercado al lugar donde habría de recibir las riendas del gobierno de México por segunda vez, pues estuvo en Mazatlán en calidad de Presidente de la República electo, a pesar de esa cantinela que se llama Sufragio Efectivo, No Reelección.
Qué retirado había quedado aquél tiempo en el que Luciano Gómez Llanos jr. se había consagrado a la tarea de introducir el box en este puerto, echando mano de muchachos “que sabían jugar la mano”, más que elementos que conocieran a fondo el duro deporte de las orejas de coliflor.
Cuánta distancia había en esa noche fresca y amenazante de lluvia, en la que yo permanecía ensimismado sobre lo que hace mucho pasó, pensando en el deporte del box en sus comienzos, cuando vino Kid Corbalá a revolucionar el ambiente incipiente, formado por escasa clientela que gustaba de ver romperse la boca a dos gladiadores con guantes acojinados.

 

Qué tiempo tan largo había pasado desde que aquél mes de septiembre de 1927 cuando un ciclón azotó inmisericorde mente nuestras playas y yo tuve que dormir en mi casa como galo sin gallinero, mientras que las fuertes olas enviaran las aguas del mar sobre el pavimento del boulevard Olas Altas e inclusive, metiera a aquéllas junto con grandes peñascos hasta el lobby del Hotel Belmar, ante el azoro de huéspedes y miedo de don Luis Bradburry que creyó que a causa de este meteoro su local con rico estilo español iba a ser víctima y capaz de echar por tierra hasta el último ladrillo con que había sido construido el entonces recién inaugurado local.

En fin, cuanta oportunidad tuve esa noche de adentrarme en aquél tiempo en el que Mazatlán vivió grandes noches de box en el ya entonces vetusto “Teatro Rubio”, usado por Gómez llanos a manera de arena improvisada.
Allí Kid Corbalá fue tumbando una a una aquellas moles de seres humanos que el sagaz promotor le ponía enfrente, para que cubriera las estelares sabatinas.
Pronto Kid Corbalá ganó pleitos y más pleitos, destacando con adversarios que e realidad no reunían la capacidad y el pegue del pequeño peso pluma, oriundo de Guaymas, Sonora.
La afición mazatleca hizo de su idolatría a Emilio Q. Corbalá (ese era su nombre de pila); y el muchacho se dejó querer. No habiendo más puños demoledores que los de él, Kid Corbalá paseaba su figurita de atleta de los cuadriláteros por calles y paseos del puerto, en tanto que por las noches era asediado por las muchachas asiladas en los prostíbulos como “Las Tres Luces”, “Salón Rojo”, “As de Oros” y tantos más que estaban en las entonces orillas de Mazatlán, ahí en el barrio de las calles Duranguita y Barrio Nuevo.
Vino Julio López, un poderoso púgil capitalino que sabía más que Kid Corbalá y echó a rodar todo aquél orgullo convertido en pedantería del que estaba como amo y señor del boxeo mazatleco, noqueándolo en cuatro rounds en el también improvisado ring que se levantó en lo que fue Exposición Comercial, Industrial, Agrícola y Ganadera que se instaló a instancias del Dr. Rafael Domínguez en 1925 en donde hoy está el Paseo Oriente.
Se acabó Kid Corbalá y llegó otro que iba a ser el ídolo de los aficionados mazatlecos. Eduardo Castellanos “Kid Milo” regresó de la frontera y vino a situarse como el que habría de dar la bienvenida a aquellos ligeros y welters como Jorge Manzón, Nate Goldbaum, Kid Allen, Kid Bello, Luis Arizona y tantos más que vinieron en son de guerra a estas playas, retando al mazatleco.
La vida disipada se llevó a Kid Milo.
Pero llegó Joe Conde, un mocoso con figura y estilo, con personalidad y escuela que habrían de revolucionar a los aficionados que divididos en partidarios y enemigos del muchacho apodado “El Dandy”, por su atildado boxeo y su elegante modo de vestir en la calle, llenaron el viejo coliseo de la calle Carnaval.
Ya se ha narrado en otras ocasiones las hazañas de Joe Conde aquí, mismas que le valieron su contratación por los promotores de la capital de la República, a donde fue para quitarles los moños a los que por la época cortaban el bacalao en la arena Nacional de las calles de Iturbide de la ciudad de los Palacios, empezando por desnucar a Chucho Nájera, protegido de quienes hacían el boxeo profesional en aquellos lares.
La escuela de Joe Conde rindió sus frutos en Mazatlán y pronto salieron muchachos que siguieron sus pasos. Germán Bastidas y Carlos Arreola (Charles Arr) fueron los que más le aprendieron a “El Dandy” y este último tuvo facultades que lo podrían haber llevado a ocupar un buen sitio en el panorama nacional y quizá internacional, de haberlo él querido.
Preliminaristas había a raudales.
Kid Federico, Kid Lencho, Kiki Mora, Pancho Tolentino, Ramón Verdín, Kid Salvilla, Pelón Ontiveros de la primera hornada y muchos de los cuales llegaron a cubrir peleas estrellas en el medio local posteriormente.
Después salieron otros como Tirso Rubí, Joe Becerra (el mismo destrampado Loco Becerra que ahora hace de promotor de box en Mazatlán, sin mucho éxito porque la afición de ahora está aletargada), Joe González, Mike Rubí, Monkey Partida, Manny Loya y tantos más que se me han olvidado por el momento.
Terminó aquella época del box que puede llamarse con justicia, época de oro, para que después vinieran tiempos que daban muestras de devolvernos aquellas noches inolvidables de pugilismo, hechas a base de entusiasmo y mucha enjundia por aquél Chano Gómez Llanos que tuvo la suerte de contar con elementos nativos del puerto que se convirtieron en ídolos indiscutibles de la afición mazatleca.
 
Carlos “Chale” Salazar Cordero
Album del Recuerdo Año 1973
 
 
 
 

 

 
Hace unas noches, estuve en el malecón de Olas Altas y vinieron a mi mente los hechos boxísticos de otra época.
 
 

 

Llegó Joe Conde, un mocoso con figura y estilo, con personalidad y escuela que habrían de revolucionar a los aficionados.

 

 

 

 

 

 

 
 
Todos los que vivimos en carne propia las acciones de la revolución, tenemos más de un pasaje para comentar, interesante resulta la anécdota que nos relata mi gran amigo Luis Félix Rivera, acontecida en su lejana infancia.
Corrían los aciagos días de la Revolución y el puerto estaba sitiado por las tropas de un General. No cito nombres por no recordarlos, ya que mi edad en ese entonces fluctuaba entre los 9 o los 10 años y a esa edad hasta la Revolución nos parecía una distracción, ya que cuantas veces era sitiada la ciudad, dejábamos de ir a la escuela; y dejar de ir a la escuela era nuestra afición, aunque esa distracción no dejaba de tener sus peligros, ya que en ocasiones atisbábamos por entre las rendijas de las paredes de madera de nuestras humildes viviendas, los encuentros callejeros de las tropas leales del gobierno, que los denominaban “los pelones” y los revolucionarios que era gente del pueblo, obreros, jornaleros, campesinos, gente de la clase media y hasta intelectuales que simpatizaban con la causa.
Pues bien, ya que comenzaba el traqueteo de ametralladoras y fusiles, nuestras mamás nos hincaban al borde de las camas de “lías” o catres y rezábamos hasta horas, rogándole a Dios que aquello terminara, ya que durante el rezo recibíamos regaños y uno que otro jalón de cabellos que nos daban nuestras jefas por no tomar en serio, ni lo que rezábamos, ni lo que estaba pasando.
Sólo esperábamos que ambos bandos tomaran un “descanso” para que aquello se pusiera quieto, ya que al suceder esto, la gente se volcaba a la calle a buscar qué comer o a conseguir agua para beber; lo que muchas veces se tornaba imposible, por encontrarse bloqueadas todas las entradas y salidas de Mazatlán.
Pero cuando la quietud se prolongaba demasiado, empezaban a llegar al mercado vendedores de diferentes comestibles, a sabiendas que lo que traían era “pan caliente” y en un santiamén terminaban y el mercado quedaba otra vez desierto.
Pero los que no tenían ni cinco, se tiraban a ver qué les daba la Divina Providencia y en ocasiones perdían la vida al ser alcanzados por alguna “bala perdida”.
Algunos sitios duraban hasta un mes, por lo que se agudizaban las necesidades y hasta personas con dinero en mano no conseguían alimentos.
Ese día en la noche, mi hermano Eduardo (q.e.p.d.) y un servidor, no probamos alimento. Nos acostamos con la esperanza de que “algo” divino o inesperado sucediera en cuestión de comedera, pero nada.   Nos quedamos dormidos y amanecimos hambreados. Todavía no aclaraba cuando nos levantamos y nos dirigimos al mercado a buscar “algo”.   Nos sentamos a mediados de una escalinata de seis peldaños, que le servía de banqueta a una gran tienda de ropa atendida por chinos y estaba situada en la esquina de lo que hoy es Canizales y Benito Juárez.  Hoy hay una tienda de calzado. De pronto, miramos que un carrito lechero se paró frente a una casa; el lechero se bajó, levantó la persiana de la ventana y dejó dos litros de leche; y enseguida siguió su camino.
Aprovechando que la calle estaba desierta, sigilosamente nos fuimos acercando a la ventana, mi hermano levantó la persiana y yo cogí los dos litros de leche. Le pasé uno a él y los ocultamos bajo la camisa y emprendimos la carrera hasta la casa.
Nuestra madre nos regañó pero la “convencimos” de que nos la habían regalado.
Como rara vez bebíamos leche y ésta resultó sabrosa, otro día, hicimos la misma operación.   Esperamos que llegara el carro y ya que llegó y el lechero dejó la leche, nos acercamos a la ventana, mi hermano levantó la persiana y yo al querer coger la leche, por dentro, me sujetaron fuertemente la mano. Grité y mi hermano corrió.
De adentro de la casa salió un soldado, quien me sujetó por el brazo que tenía libre, soltándome el que me sujetaba por dentro.
Enseguida me introdujo a la casa, llevándome hasta el corral. Y desenfundando su pistola, le dio órdenes a un enano fornido, bigotudo y feo que me empujara contra la pared, diciendo: “lo vamos a fusilar por ratero”.
Al oír aquello le presenté más resistencia al enano y empecé a llorar fuertemente, por lo que alarmó a los moradores de la casa, que salieron en paños de dormir; y entre ellos una señora chaparrita de color blanco, llamada Conchita, quien se dirigió hacia mí y me rescató de manos del enano, preguntándome amablemente el porqué el día anterior me había robado la leche, diciéndome que su esposo el General Juan Carrasco, estaba muy enojado y había dado órdenes de que si capturaban al ladrón, lo fusilaran inmediatamente.
En mi defensa le dije que mi padre (q.e.p.d.) Eduardo Félix Barraza, era maquinista del barco “Benito Juárez” y que a dicho barco lo habían detenido los Revolucionarios y estaba en Salina Cruz y por lo tanto no recibíamos ayuda de él.
Y mi madre (q.e.p.d.) Juana Rivera de Félix, le ayudaba en los quehaceres domésticos a la señora Adelina de Siordia; y que yo no era ningún ladrón, que había cometido esa falta orillado por el hambre que hacía días veníamos padeciendo.
El soldado y el enano, le porfiaban a la señora que yo tenía que ser fusilado, porque eran las órdenes del General y que tenían que cumplir con su deber.
La señora se impuso y yo fui encerrado en un cuarto para tilichis viejos, mientras venía el General.
Por otro lado, mi hermano ya le había avisado a mi madre y ésta ya había platicado con la señora del General Juan Carrasco.
Cuando llegó el General, me sacaron del cuarto y me llevaron a su presencia (ya estaban allí mi madre y mi hermano) y el General Carrasco entre serio y bromista me dijo: “¿Con que tú me dejaste sin leche, bribón?”, ¿Qué será bueno hacer contigo?”.
“Bueno, te dejaré que vivas, para cuando crezcas les des duro a los que causan tu pobreza”.
Me dio una buena nalgada y me azolivianó hacia el zaguán. ¡Qué gran hombre!.
Y así fue como me iban a fusilar.
Nota: las palabras dichas por el General y lo sucedido, han perdurado en mi memoria, porque ya grande, mi madre me lo recordaba.
 
Carlos “Chale” Salazar Cordero
Album del Recuerdo Año 1982
 
 
 
 

 

 

Atrincherados en el Panteón – 1910 -

 

 

 

 
 
Feliciano Somoza y Luciano Berúmen Aguirre eran dos inquietos jóvenes allá por el año de 1929. Ellos eran extras entonces de la Unión de Estibadores y Alijadores del Puerto de Mazatlán pertenecientes a la Confederación Regional Obrera Mexicana, conocida por las siglas de CROM.
Durante el mes de marzo de 1929 estalló una revuelta o sea la llamada revolución de los Renovadores de México, encabezada por varios generales de mucha jerarquía, como lo fueron Román Yocupicio, Francisco R. Manzo, José Gonzalo Escobar, Roberto Cruz, Ramón F. Iturbe y otros más, por lo que en esta región se sintieron desde luego las consecuencias del descontento de los revolucionarios en contra del gobierno constituido en la República.
Mazatlán, plaza importante, fue asediada de inmediato por los rebeldes encabezados por el general Ramón F. Iturbe. Habiéndoseles unido algunos cabecillas de la región, como Juan “El Zarco” Osuna, Isidoro “Chilolo” Tirado y otros, por lo que el puerto fue sitiado y a sufrir hambres, tal como aconteció en la revolución de 1914 cuando estuvimos incomunicados, sin agua y sin qué comer y expuestos a recibir una “bala perdida” disparada por la gente inconforme apostada en los alrededores del puerto.
Día y noche, los rebeldes estuvieron haciendo fuego desde la isla de la Piedra o bien desde el entonces monte que había en el lado norte de Mazatlán, terrenos que ahora están poblados completamente.
Dentro de la ciudad, se encontraba la guarnición de la plaza y el ejército estaba diseminado en el cerro de la Nevería, loma de El Gato y loma Atravesada, por lo que los revolucionarios eran repelidos en sus ataques, impidiéndoles que tomaran el puerto mientras llegara refuerzo del centro de la República.
Hacían falta armas y municiones para sostener el ataque de los revolucionarios, por lo que el general jefe de la Guarnición de la plaza pidió a las máximas autoridades de México le enviaran urgentemente pertrechos de guerra.
Efectivamente, la Secretaría de Guerra mandó el transporte Progreso con armamento, pero resultó que el barco no podía fondearse en la bahía normal, por la proximidad que está de la isla de la Piedra, donde los rebeldes tenían uno de sus centros de ataque.
En vista de eso, el capitán del Progreso recibió órdenes de ir a fondear frente a las Piedras Blancas para que desde ahí se descargara todo el armamento que traía para que los federales pudieran resistir el sitio en el que estaba envuelto Mazatlán, evitando así que fueran balaceados por los descontentos.
Ya fondeado el Progreso en lugar seguro, faltaba un lanchón para poder desembarcar el armamento, pero había que encontrar quienes se arriesgaban a llevar ese lanchón, atravesando la zona peligrosa o sea el que entonces se llamaba Pozo donde fondeaban las embarcaciones de cabotaje, ahí debajo de donde está la Batería Sur.
Un medio día, los señores Guillermo Coppel y el capataz de lanchas de Alijo, don Bruno Torres, mandaron llamar a sus casas a los jóvenes Feliciano Somoza y Luciano Berúmen Aguirre para que fueran a armar la lancha número 17, ocurriendo los muchachos al llamado sin saber los motivos por lo que no enviaron a ese trabajo a los socios de la Unión de Estibadores, ya que ellos eran solo extras de esa agrupación.
Ya listo todo, Somoza y Berúmen abordo de la lancha “2 de Junio” piloteada por aquellos motoristas conocidos por los Martillos, padre e hijo. Al pasar frente a la Batería Sur, los revolucionarios apostados en la isla de la Piedra comenzaron a dispararles, zumbándoles las balas en los oídos, siendo tiroteadas la embarcación donde iban Somoza y Berúmen y el remolcador, pero escapándose milagrosamente de ser tocados por las balas porque dieron vuelta en el Vigía, donde entonces había entrada por mar hacia las Olas Altas, porque no había escollera.
Llegaron los muchachos al transporte Progreso y desde luego recibieron el armamento para que lo condujeran a tierra, por lo que Somoza y Berúmen pusieron manos a la obra, depositando en su lancha rifles 30-30 mauser, parque, pistolas, bombas para ser lanzadas desde aviones, ropa para la tropa, etc., llevando el cargamento hasta casi la orilla del mar de Olas Altas, ahí frente al Hotel Freeman, donde pescadores y soldados ya habían llevado de la playa sur algunas canoas para desembarcar los pertrechos de guerra desde la lancha hacia la orilla, habiendo sido dos viajes para llevar todo el armamento hasta la arena y de ahí llevarla a la Guarnición de la plaza.
Cuando regresaron al muelle fiscal, Somoza y Berúmen y los Martillos fueron tiroteados nuevamente, pero otra vez tuvieron suerte y no recibieron ningún impacto de bala aquellos muchachos de 18 años de edad cada uno y que debido a su juventud, no mostraron miedo alguno, ni cuando el jefe de la Guarnición de la plaza, un general adusto e imponente, los interrogó sobre si ellos eran miembros de la Unión de Estibadores, contestando ellos que sí, aunque en realidad eran trabajadores extras del muelle.
Lo que les pagaron por su trabajo fue un sueldo de $ 15.00 a cada uno o sea a razón de $ 7.50 por cada viaje que hicieron transportando el armamento del Progreso a casi la orilla del mar en Olas Altas, peo en realidad lo que valió la paga fue la osadía de ellos de cruzar una zona peligrosa, porque pudieron haber quedado cadáveres si los rebeldes logran hacer blanco en sus cuerpos.
Posteriormente, Feliciano Somoza y Luciano Berúmen Aguirre, los dos muchachos que se arriesgaron, sin pensarlo, a hacer ese trabajo peligroso, fueron llamados por los directivos de la Unión de Estibadores y Alijadores de Puerto de Mazatlán para que protestaran como socios y a fines de 1929, ellos ya eran miembros de esa respetable agrupación de la CROM.
 
Carlos “Chale” Salazar Cordero
Álbum del Recuerdo 1985
 
 
 
 
 
 

 

 

 

 

 

 
 
El 17 de julio de 1928, José León Toral cegó la vida del general Obregón, asesinándolo en el Restaurant “La Bombilla” que funcionaba en la Villa de San Ángel, del Distrito Federal.
El acontecimiento motivó que los correligionarios de don José Vasconcelos, encabezados por los licenciados Octavio Medellín Ostos y Raúl Pous Ortiz, lo invitaran para que aceptase su postulación como Candidato a la Presidencia de la República, afirmando que “había llegado la oportunidad para poner fin a la dictadura militarista, reemplazándola por un gobierno democrático encabezado por un elemento civil”.
Una comisión de mexicanos residentes en ciudades del Estado de California, en los Estados Unidos de Norteamérica, presidida por el señor Gabriel Garfias, se presentó en el domicilio del Lic. Vasconcelos, sito en Lemon Grove Avenue, de Los Ángeles, California, para hacerle entrega, el día 27 de octubre del año mencionado, de novecientos dólares, 100,000 “botones” con el retrato de él y 200,000 volantes de propaganda. Por la noche de ese mismo día, lo entrevistaron los generales Filiberto Villarreal y Pablo Gutiérrez, para tratar de persuadirlo de que no tratara de conquistar el poder por medio de la elección, afirmándole: “Vamos a estar contigo Pepe, aunque nos lleve el carajo”…
Exiliados políticos mexicanos que residían en San Francisco, San Diego, Los Ángeles, Santa Fe, San Antonio, Caléxico y otras ciudades del Estado de California, le estuvieron enviando exitativas para que iniciara desde luego la lucha política tendiente a conquistar la Presidencia de la República Mexicana.
Esas demostraciones de simpatía y partidarismo, hicieron al Lic. Vasconcelos, concebir una buena idea de su potencial político, dando por iniciada su campaña el día 10 de noviembre con el discurso que pronunció en la ciudad de Nogales, Sonora, afirmando: “Vuelvo a la patria para rescatar el principio de “Sufragio Efectivo, No Reelección”, por el cual Francisco I. Madero encendió la fogata de la Revolución que costó cientos de miles de vidas de campesinos y obreros”.
Los días 11 y 12 de noviembre fue aclamado en Hermosillo y Guaymas, Sonora, que interrumpían sus “vítores” para gritar: “Muera Calles, Viva Toral y viva Vasconcelos”.
Después de visitar durante los días del 20 de noviembre al 12 de diciembre, Ciudad Obregón y Navojoa, los ranchos y centros de trabajo de ambos Municipios, fustigando a los comerciantes que controlaban las Plantas Eléctricas y abogando porque no se dieran más concesiones para Plantas de energía Hidroeléctrica, entró al Estado de Sinaloa, recorriendo los municipios de El Fuerte, Choix, Ahome, Guasave, Mocosito y Angostura los días del 14 al 22 del mes referido y, el 23 el Lic. Vasconcelos y su comitiva, llegaron a Culiacán.
Una valla de soldados y gendarmes evitó que los simpatizantes del Candidato se acercaran al andén del ferrocarril. No obstante, unos tres mil campesinos, centenares de obreros y un nutrido grupo de estudiantes, se reunieron en la Plazuela “Rosales” y, desde el kiosko, Vasconcelos se dirigió a los asistentes para fustigar a los caciques que, dijo, seguían disponiendo de vidas y haciendas en aquellos lares.
 
EN MAZATLÁN
 
La mañana de navidad de 1928 y acompañado por ochocientos hombres a caballo, el Lic. Vasconcelos llegó a este puerto. Don Miguel Ángel Beltrán encabezó a los organizadores de la recepción. Los jinetes habían sido reclutados por “El Chicuras” Ignacio Lizárraga en el rancho de “La Mora Escarbada” y lugares aledaños.
Detrás del desfile ecuestre de campesinos de calzón ancho y camisa blanca, rancheros vestidos de “charros”, con sombreros anchos y botonaduras de plata a lo largo de sus pantalones, caminaban los particulares también espontáneos que simpatizaban con el Lic. Vasconcelos, predominando los empleados de casas comerciales, obreros de diferentes industrias y una abigarrada multitud de jóvenes que ya podían votar (21 años arriba), mismos que habían sido motivados porque Vasconcelos era conocido como el “Maestro de las Juventudes de Latino América”, levantándose tremenda polvareda a lo largo de la calzada, entonces sin pavimentar, que conducía a la antigua estación del ferrocarril Sud Pacífico de México.
Más atrás, se desplazaban hacia el puerto carros-plataformas colmados de flores y unos mil campesinos lo seguían a pié.
En mantas y pancartas se leía: “Con Madero ayer, con Vasconcelos hoy”.
El candidato hizo intentos de hablar para agradecer el fastuoso recibimiento, pero las bandas de música se lo impedían al ejecutar a todo pulmón el pregón en boga y que la multitud coreaba, diciendo: “Me importa madres que Calles no me quiera”. En el cruce de las calles Zaragoza y Aquiles Serdán, desde un camión de la fábrica de Cigarros “El Guerrero Mexicano”, el Lic. Vasconcelos logró hacerse oír y terminó su discurso afirmando:
“En esta ciudad ni la cosas ni las gentes están cortadas con patrón. La Iglesia tiene enfrente un hermoso montón de piedra y se alza como un concierto de alegres colores en irrupción. Así estalla también, múltiple, el color de las plantas de jardines públicos. Mazatlán es español y castizo. Mazatlán es español y castizo. Mazatlán, es orgullo de México”.
Después de dos días de regocijo general de una multitud que, según la prensa de aquellas fechas, nunca había sido superada, el Lic. Vascncelos, prosiguió su gira política visitando las ciudades más importantes del país, siendo delirantemente aclamado en todas ellas, a excepción de la capital jalisciense, en donde debido a la presión que el gobernador Margarito Ramírez, ejerció en contra de los Vasconcelistas y, según la crónica de María Antonieta Rivas, en contra del propio candidato, el Lic. Vasconcelos fue hostilizado.
En efecto, la periodista mencionada que supo sumar a Salvador Novo, al filosofo Manuel Ramos y al dramaturgo Xavier Villarrutia al anti-reeleccionismo de 1929, reseña que el ex ferrocarrilero convertido en Gobernador de Jalisco, a través del diputado Nicolás Rangel Guerrero y del oficial mayor de la Cámara de Diputados, reclutó unos trescientos borrachitos; los proveyó de “incensarios” de barro repletos de estiércol seco o de jitmates y naranjas “podridas”, para que agredieran al candidato hasta obligarlo a refugiarse en la Escuela de Derecho, desde cuyas escaleras pronunció un discurso ante más de diez mil gentes que se habían reunido para sumarse al vasconcelismo y protestar en contra de la represión brutal de parte del gobernador tapatío.
El 5 de julio el Lic. Vasconcelos fue designado Candidato oficial del Partido Antirreelecionista a la Presidencia de la República, provocando comentarios favorables a lo largo y ancho del país, respecto a que el día de las elecciones, sería arrollado el Partido Nacional Revolucionario (PNR).
No obstante, en esa fecha, o sea el día 17 de noviembre de 1929, todas las ciudades del país quedaron bajo el control del ejército y… a las 17:00 horas, la prensa y la radio dieron a conocer que Pascual Ortiz Rubio había triunfado y que se habían computado a su favor 1,500,000 votos.
 
Carlos “Chale” Salazar Cordero
Album del Recuerdo Año 1984
 
 
 
 

 

Polemista y ensayista, ideólogo y esteta, abogado y filósofo, revolucionario que después    se volvió reaccionario, educador, viajero, candidato a la presidencia, autobiógrafo…

José Vasconcelos no se deja encasillar en categorías. Su influencia directa sobre México     se hizo sentir más que nunca durante su labor en la Secretaria de Educación en los primeros años de la década del veinte y en su campaña, de noviembre de 1928 a noviembre de 1929, por la presidencia de México.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 
 
Era la época en la que todos andábamos en Mazatlán muy bien vestidos. Jóvenes y adultos presentábamos una apariencia personal atractiva, sobre todo en los bailes que se efectuaban en los diferentes centros sociales del puerto. No importaba a qué rango perteneciera usted para poder portar un traje elegante y las damas, hacían lo propio vistiendo con delicadeza y buen gusto. Todos vestíamos muy bien, aun siendo pobres.
Eran los primeros meses de 1933.
El clima se prestaba para lucir las mejores ropitas de invierno que uno tuviera. Entre las muchachas de la alta sociedad destacaban Gloria y Venancio Arregui, Bertha Rufo, Beatriz Blancarte, Adelita Bohner, Amelia Ernestina Duhagón, Alicia Haas y algunas más, entre las cuales estaba la atractiva figura de María Teresa Tirado, una bella muchacha de porte señorial y quien precisamente por eso, había sido lanzada como aspirante a Reina del Carnaval de este año.
El partido que luchó para llevar al triunfo a aquella beldad y que fue integrado por elementos de la talla del caballeroso don Federico Partida, Leo Suárez, don Ramón C. Cevallos y algunos más, trabajaron incansablemente y cuando se efectuó el cómputo final en el Teatro “Rubio” para elegir a la Soberana de Carnestolendas, el público que abarrotó todas las localidades del vetusto coliseo de la calle Carnaval, prorrumpieron en estruendosa algarabía cuando los jueces declararon Reina del Carnaval de 1933 a María Teresa Tirado, quien al presentarse al recinto escuchó dianas en su honor y una ovación prolongada y entusiasta de los miles de personas reunidas aquél medio día de una fecha de febrero del año citado más arriba.
Declarada Reina del Carnaval María Teresa II, la juncal señorita fue colocada en un carro descubierto y seguido éste por una banda de música que entonó los “Papaquis”, automóviles también descubiertos en donde viajaban las personas del partido que la había llevado al Solio Carnavalesco por elección popular, gente grande y menuda a pié y los encargados de ir lanzando los cohetes cuyo estruendo se oía entonces en todo el puerto, que en esa época era chico, el desfile salió para recorrer las principales calles céntricas de la ciudad, siendo aclamada la hermosa María Teresa Tirado por la muchedumbre que se había apostado en las aceras de las banquetas, balcones de las casas y en el malecón de Olas Altas que era por esos tiempos el paseo de moda en Mazatlán, para culminar el desfile en los salones del Círculo Comercial Benito Juárez, ubicado allí frente a la Plazuela Machado, inolvidable sede que fue por muchos años de los Carnavales de antaño, terminando el acto con un banquete ofrecido por los directivos de ese centro social y por los miembros del Comité de Carnaval integrado por personas de reconocida honradez y conducta intachable.
Año de 1933, época en la que los entonces jóvenes Gabino Puente, José Collard, Helmuth Alexanderson, Roberto (El Gallo) Zepeda, Justo Ornelas, Mauro Cárdenas, Joe Conde, Guillermo Collard, Humberto Barros Izábal y otros, eran los prototipos de la moda en Mazatlán. Vestían elegantemente y fumaban “Lucky Strike”, aquellos cigarrillos con caja de “carita” que traían las embarcaciones norteamericanas conocidas como Santas de la compañía Grace Lines o sean “Santa Teresa”, “Santa Elena”, “Santa Cecilia”, “Santa Paula” y otras más que visitaban a este puerto periódicamente trayendo turismo y fondeaban, por s gran calado, mar afuera, allá entre la isla de los “chivos” y el cerro de “El Crestón”, cerca de la “Piedra Anegada”.
Inolvidable año de 1933, porque entonces varios deportistas teníamos formado el Club Deportivo Anáhuac y sus salones estaban por la calle Hidalgo, entre las de Teniente Azueta y Aquiles Serdán, ocupando una humilde casa allí.
El Club Deportivo Anáhuac contaba como con cien socios y su directiva la formábamos así: Presidente: Maximiliano Ruiz Vadillo; Secretario: Carlos Salazar; Tesorero: Juan G. Chiquete y vocales: Miguel Chavira, José Gámez, Manuel Milán Ávila, Guillermo (Tell) Medina, Ramón Villarreal y Alberto Guerrero.
Era la época en la que las canciones de Agustín Lara sacudían la monotonía de Mazatlán. Por donde quiera se oían cantar aquellas melodías como “Señora Tentación”, “Como Dos Puñales”, “Te Vendes”, “Arráncame La Vida”, “Farolito”, “Carita de Cielo” y tantas más que el inspirado músico-poeta veracruzano lanzaba al mercado como lanzar “churros” calientitos.
Habiéndonos enterado de la exaltación al Solio Carnavalesco de la hermosa María Teresa Tirado y teniendo amistad quien esto escribe con los futbolistas de la familia Tirado, sus primos, como “El Mocho” Alberto, Poncho, Germán, Carlos, “El Güero” Germán, así como el hermano de ella, “Cotorrita” Roberto, me valí de algunos de ellos para ser presentado a la ya electa Su Graciosa Majestad María Teresa II, quién habría de presidir los tradicionales festejos de Mazatlán en ese mes de febrero y hablando con ella y sus familiares, la invité para que nos acompañara en uno de los festivales dominicales que se organizaban en el Club Deportivo Anáhuac, aceptando desde luego estar con nosotros.
Días antes de la presentación de María Teresa en ese centro deportivo, citamos a una junta extraordinaria de socios y al Comité femenil de festejos, formado por las señoritas María Arrenquin (Reina del Club), Cuca Cervantes, Tana y Lolita Carrillo, Carmen Cortés y otras, para preparar un baile que fuera postinero.
Poniéndose las ideas a la consideración de la asamblea, se llegó al acuerdo de contratar a la orquesta “Royal” del profesor Manuel Gallardo para que amenizara esa grandiosa festividad, no obstante de que el conjunto orquestal citado cobraba entonces a 15.00 pesos la hora.
También se comisionaron a las muchachas para que adornaran los salones con esmero, procurando hacer el ambiente Carnavalesco, dado que a la siguiente semana darían principio las festividades que entonces constaban de cuatro días solamente; Sábado de Mal Humor, domingo de coronación y desfile, lunes dedicado al marido oprimido y martes de despedida del Carnaval, con otro desfile de carros alegóricos por el centro de la ciudad y paseo de Olas Altas, con las acostumbradas visitas de la Reina y su séquito a los centros sociales como el Círculo Comercial Benito Juárez, Casino Mazatlán, Club Deportivo Muralla, Hotel Beldar, Club Deportivo Morelos, etc.
También se llegó al acuerdo de que quien esto escribe, en su calidad de Secretario del Club y considerado apto para hacer el brindis de honor a SGM María Teresa II, se encargara de esta delicada misión, aceptando yo de buen agrado, pues la verdad es que siempre me ha gustado hablar en público y mientras más grande sea la concurrencia, mejor.
Se llegó la fecha y a eso de las once de la noche llegó María Teresa Tirado al baile, acompañada por las señoritas que serían sus damas de honor durante su reinado, personas del Comité que la promovió para que triunfara, por los señores miembros del Comité del Carnaval 1933 y algunos simpatizantes y familiares de la preciosa invitada de honor.
Se le hizo valla desde la entrada al Club y se le llevó a un improvisado trono, en medio de aplausos, dianas y los consabidos “Papaquis” tocados por la orquesta del maestro Gallardo.
Instalada cómodamente en su palco SGM María Teresa II, hubo un toque de atención y yo encaminé mis pasos al centro del salón, para situarme frente a aquella deslumbrante belleza Mazatleca y luego improvisar mi salutación.
Vestido con un traje azul marino oscuro, zapatos negros bien lustrados, camisa blanca de manga larga, corbata azul con pequeñas bolitas blancas, pañuelo blanco en la bolsa delantera del saco, haciendo juego con corbata y con el traje que portaba, yo era un joven galán de 25 años de edad (nací el 14 de noviembre de 1908) y aunque yo no era lo que llaman ahora un “carita”, mi porte sí era apuesto por estar delgado, aunque mi cuerpo era atlético en razón a mi participación dentro de los deportes.
Haciendo una respetuosa reverencia ante el trono donde estaba la Reina electa del Carnaval y fijando ella sus negros ojos sobre mi persona, para oír qué le diría, empecé mi alocución así:
“Graciosa Majestad”.
Quisiera tener la fraseología de un brillante poeta para deciros las palabras adecuadas a su real belleza.
Quisiera tener las campanas de Dolores para echarlas a vuelo hoy que su graciosa majestad nos honra con su presencia.
Quisiera bajar los ángeles del cielo para que con sus liras amenizaran este momento que me embarga, porque tener frente a mi a una reina como vos, significa pensar que estoy soñando.
No encontrando frases más exquisitas; no teniendo campanas que tocar y no disponiendo de los querubines que hicieran una dulce fiesta en este momento, quiero que vos, Graciosa Majestad, acepte mi sencillo lenguaje para darle la más cálida bienvenida y reconocer el hecho de haberse dignado de estar con nosotros en este humilde recinto, para engalanarlo con su radiante belleza.
Deseo, Alteza de todos mis respetos y admiración, que reciba vos el agradecimiento de quienes integramos este centro social y deportivo por haber aceptado estar aquí y espero que durante su efímero reinado, reciba vos la aclamación unánime de todos sus súbditos, tal como ha acontecido en este lugar.
¡Salud, bella Majestad!
Al terminar de hablar, acudí hasta donde estaba sentada María Teresa II y besé el dorso de una de sus delicadas manos, en medio de dianas y aplausos de todas aquellas personas jóvenes y adultas que habían abarrotado los salones del Club Deportivo Anáhuac en aquella noche dominical del mes de febrero de aquel añorado año de 1933.
Cuando la invité a bailar, con gusto accedió a mi petición, agradeciéndome María Teresa mis palabras, diciéndome “fueron muy sinceras y llenas de expresión”, pronunciándolas con una dulce sonrisa y una mirada penetrante que aun conservo en mi mente, a pesar de que han pasado cincuenta y dos años de haber tenido la dicha de verla frente a mí y haber bailado con una bellísima Reina del Carnaval como lo fue ella y quien actualmente vive en Guadalajara, Jalisco, hasta donde le envío un cariñoso y fuerte abrazo.
 
Carlos “Chale” Salazar Cordero
Álbum del Recuerdo 1985
 
 
 

María Teresa Tirado, porte señorial, de ojos negros y mirada penetrante, fue una de las más bellas Reinas del Carnaval de Mazatlán en la época romántica del puerto.
 

Aún conservo en mi mente su dulce sonrisa, a pesar de que han pasado cincuenta y dos años de haber tenido la dicha de verla frente a mí y haber bailado con una bellísima Reina del Carnaval, como lo fue María Teresa II.

 

 

 

 

 

 

 
 
No es raro encontrar ahora los precios más altos a como estaban ayer. De la noche a la mañana, usted experimenta esa sensación de molestia y desconsuelo porque amanecieron otros precios diferentes y entonces usted se pone a calcular su presupuesto, al que tiene que hacer rendir a como dé lugar, ya que el alza en costos de todo sube y sube como una espiral de humo que gana hacia lo remoto para perderse en el infinito.
Se ha puesto la cosa tan mal, que la gente regala únicamente afecto y muchos, para no regalar algo, no dan ni el saludo. Hay tanta austeridad en las cosas, que si antes se le ponía al cepillo para limpiar los dientes buena cantidad de pasta, ahora se le sitúa una miseria del dentífrico para hacer rendir el envase. Antes se invitaban las familias mutuamente para que fueran a comer a sus casas y los compadres se desmedían para agasajarse con bebidas y comidas, pero hoy cada quien come lo que puede adquirir con unos billetes devaluados hasta su máximo. Cuando llegaba el día de santo de alguien, se “echaba la casa por la ventana” con tal de que todos sus amigos disfrutaran del festejo del “mono” en turno. Recuerdo que Juan V. Hernández, el popular Juanito dueño de la tienda de ropa “La Flor de Mayo”, el 24 de junio de cada año, hacía grandes fiestas en el campo de tiro “Mazatlamini” con mucho que beber y comida en bastedad, además de que amenizaba el convivio una magnífica corporación musical, atendiéndosenos a todos sus amigos con esplendidez. A Rodolfo “Popo” Marín lo festejaban los miembros del grupo “Bolchevique” en “Alfalfa bar”, como era conocido el negocio que regenteaba el agasajado el día de su santo, corriendo la cerveza Pacífico y saboreando todos ricas botanas. Los amigos de Guillermo Collard año con año se reunían en “La Chiclera” para mostrarle su afecto y aprovechaban la ocasión para dar cuenta de un sabroso cochito al horno, acompañado de frijoles puercos y muchas tortillas y beber cerveza y vinos importados en cantidades inimaginables, tocando en el festejo una banda de música, que arrancaba gritos eufóricos de todos los muchachos de entonces, que lanzaban en honor del festejado, convivios que empezaban a medio día, duraban hasta la tarde y terminaban ya entrada la noche. Y así como los más antes nombrados, los de nombre Luis, Pablo, Francisco, Miguel, José, Pedro, Fernando, Roberto, etc., hacían unas fiestas rumbosas que solo han quedado en el recuerdo. Se ganaba menos dinero, pero no había la estrechez que ya se ha advertido de unos años para acá, pues ahora vamos con el maestro peluquero para que nos arregle el poco cabello que tenemos cada dos meses, recordando que en aquél tiempo, los caballeros iban a que les cortaran el pelo cada semana, dándose el lujo muchos, de ir a las peluquerías de postín como “El Harem” de Jesús (Chuy) Uriarte o a “El Rizo de Oro” de Herminio “El Minuto” Torres, que eran, para decirlo pronto, los más renombrados hombres de la navaja y las tijeras que había en Mazatlán en cuanto a arreglar cabezas de hombres se refiere, porque para cortar melenas a las muchachas no había otro como don Ruperto Gómez.
Eran los tiempos en los que las personas que tuvieran una cuenta bancaria compuesta de $150,000.00 eran las ricas de Mazatlán, con más razón si poseían terrenos urbanos y casas para rentar.
Pero era que todo era barato entonces, pues fíjese que con $8.00 o $10.00 una familia de mediana categoría iba al mercado y llevaba para su casa comestibles para toda la semana y la gente pobre se daba lo que ahora es un lujo: comer cualquier día sopa de arroz con camarones y en Semana Santa podían comer ostiones empanizados, capirotada, torrijas, ensalada y tantos postres adecuados a la vigilia. Todo era barato, pues mire usted que el plato de menudo con pata costaba veinte centavos y quien no podía darse esa satisfacción, pedía se le sirviera el plato con solo caldo y granos y pagaba tres centavos a la señora menudera. Los aseadores de calzado cobraban veinte centavos por ese servicio en la plazuela República o en el mercado Pino Suárez y los chiquillos que andaban por las calles ejecutando “boleadas” cobraban solo diez centavos. Por las calles vendían “coyotes”, cocadas, pirulis de goma, bolas de ponteduro, tajadas de coco, pepinos, pedazos de sandía, de piña y cochitos de harina a centavo cada cosa. Las empanadas, los cles, las campechanas y coyotas, valían a dos centavos cada una, en tanto que por uno o dos centavos casi le llenaban las bolsas del pantalón de “ruido de uñas” (cacahuates), elotes cocidos o tatemados a dos centavos cada uno, los mangos a tres por dos centavos y una bolsa de ciruelas por la misma cantidad y si iba usted a la huerta de Casa Blanca de la familia Tellería, se traía un canasto de mangos o ciruelas por cincuenta centavos y además el viaje que se hacía a pié hasta donde hoy es el fraccionamiento del mismo nombre, allí donde está el nuevo edificio del Seguro Social, era como un paseo fuera del puerto.
Los timbres postales para mandar una carta por tren o camión costaban diez centavos, en tanto que otra sarta de mojarras veinte o treinta, un pargo colorado igual, mientras que la culebra marina y los botetes se tiraban a la basura o de vuelta a las aguas marinas si uno las pescaba y dejaré para otra ocasión emncionar los risibles precios de antes, pero que iban de acuerdo con lo poco que se ganaba en los empleos que se desempeñaban, allá cuando traer en los bolsillos un billete de a cien pesos, equivalía a andar rico.
 
Y ALGUNAS COSAS MÁS
 
Aquellas costumbres que había en Mazatlán, han quedado atrás porque es natural que las cosas vayan cambiando, para bien o para mal.
Por ejemplo, antiguamente pasaba usted por el frente de alguna vivienda y oía los fuertes cuartazos que las madres les daban a sus hijos por malcriados o porque hubiesen hecho algo malo, oyéndose la gritería de los muchachos que imploraban “ya no me pegues mamacita; no lo volveré a hacer”, aunque los Sábados de Gloria, en plena Semana Santa, las madres sin haber cometido alguna falta sus vástagos, los agarraban a cintarazos, dizque para que crecieran… En todas las tiendas, sobre todo en las de los chinos que había por todos los rumbos de la ciudad, daban “pilón” a los chamacos por cada compra que les hicieran… La policía municipal usaba la “Perica” para llevar a la comisaría y después a la cárcel, a los borrachos impertinentes que hacían escándalos en la vía pública, a los rateros o a quienes armaban pleitos entre si, una vez que se les pasaban las copas… La sociedad acudía a la explanada del Mercado Pino Suárez que estaba al costado poniente de ese local, por la calle licenciado Benito Juárez a saborear rico pollo a la plaza, asado, gorditas o tostadas con aquellas señoras que hacían sabrosa cena todas las noches, en donde en ocasiones algún grupo musical o un bien acoplado trío de guitarreros amenizaban las cenas o bien se dejaba escuchar alguna banda de música tocando las melodías de la región, presumiendo quien traía la tambora poniéndose el sombrero de lado y en la mano saludando con una botella que contenía la exquisita cerveza Pacífico, nada más… La cancha licenciado Benito Juárez, por estar en el centro de la población, se llenaba cada vez que se efectuaban encuentros de boxeo, se escenificaban juegos de básquetbol, volibol o algún acto cultural, siendo insuficientes las graderías de madera con que contaba el local, por lo que la gente se apretujaba en la parte alta y en los pasillos… Cada vez que se llegaba una fecha en la que debiera celebrarse el aniversario de un día de fiesta nacional, a las seis de la mañana, doce del día y seis de la tarde, se dejaban escuchar 21 cañonazos (salvas de pólvora) allá arriba del cerro de la Nevería, para darle mejor tono a lo que se festejaba, ondeando desde muy temprano nuestra Enseña Patria… Y por hoy es todo, esperando recordar en otro número de esta revista, Dios mediante, algunos pasajes más de la vida de antaño en este bello Mazatlán.
 
Carlos “Chale” Salazar Cordero
Álbum del Recuerdo Año 1984
 
 
 

Los timbres postales para mandar una carta por tren o camión costaban diez centavos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 
 
Es triste, en verdad, saber que quienes fallecieron, no volverán jamás.
A veces me pongo a meditar sobre ello y me entristece saber que así es. No se vaya a pensar que yo no comprendo o no quiera admitir que la muerte es cosa natural. Lo que pasa es que yo no puedo resignarme fácilmente a que los familiares o los amigos se vayan para siempre; que al partir de este mundo ya no tengamos la oportunidad de platicar con ellos; que no habrá más tiempo para convivir con quienes por largo tiempo estuvimos muy cerca, muy unidos en razón de lo bien que llevamos la vida con los demás.
Yo siempre he respetado a la gente. Todo el tiempo le he dado a cada quien el lugar que merece, brindándole una amistad franca y sincera y siempre he sido correspondido con lo mismo. Creo tener esa particularidad que me ha dado muy buenos frutos, para satisfacción propia. Quienes me han tratado saben que no miento cuando digo que he insinuado –he exigido, muchas veces- un respeto mutuo, evitando la más ligera broma que pudieran hacer, para que no me la den.
Por eso, a través de tantos años de existencia, he hecho cientos de amigos que han sabido comprenderme y me han distinguido con una amistad duradera, gracias a ello es que cuento todavía, gracias a Dios, con la estimación de gente que conocí hace 40, 50, 60 o más años y durante todo ese tiempo –en escasas ocasiones y no por mi culpa- he tenido con alguien alguna pequeña diferencia que ha empañado por corto lapso los lazos amistosos que hemos tenido, pero una vez aclarado algún mal entendido que haya habido, volvemos a ser amigos.
Ante esa circunstancia, el fallecimiento de un viejo amigo me consterna absolutamente, sin dejar de reconocer que la despedida que se le hace para siempre a la gente joven, también me conduele.
Soy muy sentimental, lo reconozco y lo manifiesto.
Contrariamente de quienes parece no importarles el dolor ajeno, aquellos quienes ni siquiera la muerte de un familiar los consterna, yo siento gran pena por el fallecimiento de alguien, con mayor alcance si se trata de una persona a la que conocí en mi dorada juventud y me unió a ella una amistad estrecha siempre.
No soy pusilánime; nunca lo he sido, pero si me considero un ser comprensivo que sabe aquilatar la amistad y comprender por lo que otros pasan cuando se les va para siempre un ser querido.
Por eso siempre he destinado en Álbum del Recuerdo una sección como ésta en la que se recuerda a quienes nos han ganado la delantera en el viaje hacia el más allá, esperando, que quienes me lean sabrán apreciar el contenido de este mensaje que lleva sinceras condolencias a los familiares de los que se fueron y nos dijeron hasta luego, porque por allá los habremos de alcanzar, algún día.
 
PROFESOR MANUEL GALLARDO
 
Conocí al profesor Manuel Gallardo aquí en Mazatlán allá por los años 20’s.
Maestro ejecutante del violín, el profesor Manuel Gallardo vino por primera vez al puerto formando parte de una orquesta que acompañaba a una compañía artística que recorrió desde Guadalajara todo el litoral del Pacífico hasta Nogales, Sonora.
Oriundo de una población del Estado de Jalisco, el profesor Manuel Gallardo se unió a ese conjunto musical que le dio la oportunidad de visitar estas playas, de las cuales se enamoró de inmediato.
Terminada la gira artística mencionada, el profesor Manuel Gallardo regresó a Mazatlán para establecerse definitivamente, allá por el año de 1923, si mal no recuerdo.
Capaz y emprendedor, el profesor Manuel Gallardo desde luego se puso a trabajar para integrar un conjunto musical entre los mejores elementos que entonces existían en Mazatlán, formando la orquesta “Royal” cuyo nombre adoptó el creador porque ese grupo fue contratado por los señores Panas, Demos, Azcona y Cía., propietarios del Circuito del Pacífico que operaba cines en Nayarit, Sinaloa y Sonora, desde Tepic hasta Nogales, para que diera audiciones en el Teatro “Royal” (hoy cine Diana) durante las funciones en las que se exhibían películas mudas y por las noches, sobre la marquesina que tenía el Teatro “Royal” en el frente, también tocaba ese conjunto musical ante una aglomeración de gente que se reunía diariamente. Por cierto, el Teatro “Royal” fue inaugurado en el mes de diciembre de 1924 con la película “Cenizas de Pasión” interpretada por la bella artista Norma Talmadge.
Profundo conocedor de la música, el profesor Manuel Gallardo seleccionó a Ramón Patrón y José Rubio (saxofones), Tirso Rivera (banjo), Cecilio “Chilo” Castañeda (trompeta), José Arellano (trombón de vara), Juan Mérida (bajo), Manuel Covantes (piano) y Fermín “El Molacho” Peraza (batería) y con él ejecutando el violín y dirigiendo la orquesta “Royal” se constituyó en el mejor conjunto musical en Mazatlán en la época del jazz, del tango, del foxtrot, del vals y de tanta música romántica más que entonces había y que si hubiera habido en ese tiempo la técnica que ahora tenemos para grabar en acetatos, todavía hubiesen sido más brillantes aquellas interpretaciones de esa orquesta que con el tiempo se hizo muy famosa e el Noroeste de México e inclusive, en la capital de la República triunfó cuantas veces fue llevada por el Coronel Rodolfo T. Loaiza, siendo este personaje Senador de la República por Sinaloa o Gobernador del Estado, sonando muy fuerte el nombre de Mazatlán allá en la ciudad de México, no obstante de que entonces allá había orquestas muy buenas tocando en los distintos salones de baile, posteriormente, el profesor Manuel Gallardo hizo algunos cambios entre sus elementos. Salieron de la orquesta “Royal” los señores Manuel Covantes y Juan Mérida y entraron los hermanos Eugenio y Fidel Franco (tuba, tomando el lugar del violón) y el entonces jovencito Salvador López Sánchez, quien vino a incorporarse a ese grupo musical desde su nativa Guadalajara y que todavía anda por allí ejecutando el piano y el órgano en la Catedral Basílica de la Purísima Concepción, donde toca música sacra durante algunas misas o bodas de gran boato.
Rivalizaban entonces con la orquesta “Royal” los conjuntos de Javier Vidriales, el quinteto de los Hermanos Argote y el también quinteto de los Hermanos Hernández que tocaba en el hotel “Belmar” del paseo Olas Altas a la hora de las comidas, las cenas o en bailes de gala que de vez en cuando se organizaban en ese hotel, como cuando en octubre de 1927 nos visitó la hermosa estrella mexicana Lolita del Río con motivo del estreno del cine “Royal” de la película “Ramona” que la llevó a la fama internacional en esa época.
Las orquestas de don Pánfilo de los Palos y de don Cirilo Rivas, que habían sido las triunfadoras aquí en Mazatlán, antes de la llegada del jazz, habían desaparecido y solo quedaban los conjuntos musicales arriba señalados, pero en realidad el de más fama era el que conducía el profesor Manuel Gallardo y que era el que amenizaba en los centros sociales de primer orden en Mazatlán, como lo fueron entonces el Círculo Comercial Benito Juárez y el Casino Mazatlán, amenizando también, de vez en cuando, en el Club Deportivo Muralla y en bailes particulares donde podían pagar el alto precio que por hora cobraba la orquesta “Royal” que era exclusiva, después de actuar en el Teatro del mismo nombre, del Circulo Comercial que la tenía contratada para amenizar sus bailes semanales y durante las fiestas del Carnaval, festejos anuales que han sido tradicionales y le han dado al puerto una bien ganada fama como lugar de la alegría.
Terminada la época de las orquestas, el profesor Manuel Gallardo se dedicó a dar clases de solfeo en las escuelas locales, radicando para siempre en este puerto, donde fundó la Estudiantina de Mazatlán y el grupo Juventudes Musicales de Mazatlán, cuyos miembros, encabezados por el licenciado Raúl Rodríguez Ley y los profesores José Guadalupe López Sánchez, Cristóbal Vallejo, Francisco García Meza y Daniel Herrera, le prepararon un homenaje con motivo de haber contribuido durante más de 50 años a difundir la cultura y a brindar la enseñanza musical a la población de estas playas de las que se enamoró profundamente, pero el insigne maestro no gozó en vida de ese merecido homenaje porque falleció poco antes de la fecha señalada para hacerle ese reconocimiento que se efectuó en el Teatro del Seguro Social.
Habiendo conocido al profesor Manuel Gallardo en los años 20’s, saque usted su conclusión cuántas veces quien esto escribe platicó con el destacado maestro de la música. Cuando nos encontrábamos en las calles porteñas, en casas bancarias, cafeterías, plazas de toros, etc., él me preguntaba sobre el béisbol y los grandes astros de las Ligas Mayores; yo en cambio le hacía preguntas sobre la fiesta taurina y los grandes toreros de todas las épocas.   Mientras él sostenía el estuche con su violín debajo del brazo y yo mi portafolio en igual manera durante las charlas en algún lugar de las rúas citadinas, charlábamos de lo que cada quien conocía a fondo. Quién sabe qué tantas veces hablamos sobre lo mismo y también rememorábamos cuando en algún baile donde él y sus muchachos tocaban, me veía bailar conduciendo a alguna muchacha, deslizándonos por la pista con esa soltura que la juventud tiene para moverse cadenciosamente al compás de cualquier melodía que se toca.
Pasaron los años y nunca el profesor Manuel Gallardo y yo nos perdimos de vista, hasta que la parca truncó su vida y se condujo su cuerpo al cementerio donde yace para siempre.
Hoy, solo el recuerdo me queda.
 
Carlos “Chale” Salazar Cordero
Album del Recuerdo Año 1984
 
 
 

 

La Orquesta “Royal” del profesor Manuel Gallardo era el que amenizaba en los centros sociales de primer orden en Mazatlán, como lo fueron entonces el Círculo Comercial Benito Juárez, el Casino Mazatlán y el Club Deportivo Muralla.